abril 6, 2026

Quema de basura en Cuba: el desesperado grito de protesta de un pueblo abandonado a su suerte

La quema de desechos, que hasta hace poco era una reacción ocasional de algunos vecinos, hoy es un elemento casi perenne en el paisaje urbano.
Quema de basura en una esquina de La Habana
Quema de basura en una esquina de La Habana (Foto: Periodista en Cuba)

LA HABANA, Cuba — Para nadie es un secreto que la acumulación de desechos sólidos en toda la Isla ha llegado a extremos inverosímiles. Este asunto es desde hace décadas asignatura pendiente para el desgobierno castrista, pero en la actualidad ha alcanzado dimensiones de crisis sanitaria. Ello se debe en esencia a que, como reflejo del absoluto abandono gubernamental, en una gran cantidad de municipios y localidades del país el sistema de recogida de basura ha quedado inoperante, lo cual se traduce en que la basura ya no se recoge, o se recoge incompleta y esporádicamente.

Por solo citar un ejemplo, en La Habana, que acoge –cientos más, cientos menos– a alrededor de dos millones de habitantes, se generan diariamente entre 23.800 y 30.000 metros cúbicos de basura. Aparejado a ello, de un parque de más de 100 camiones recolectores únicamente 44 se encuentran operativos. Por si fuera poco, la histórica falta de combustible imposibilita los recorridos. En ocasiones se acude a estrategias alternativas como el empleo de vehículos de tracción animal o las destructivas excavadoras, que año tras año van carcomiendo la cara visible de nuestros barrios. Con todo, la mayor parte del volumen generado permanece sin recoger en las calles capitalinas.

Y así como escasea el combustible y los vehículos, la falta de personal también es un factor determinante. Al respecto es necesario comprender, en primer lugar, que los salarios de los barrenderos y trabajadores de limpieza y servicios comunales en la isla oscilan entre 3.000 y 3.500 pesos cubanos (el equivalente de 30 huevos y poco más). La diferencia, de acuerdo con criterios oficiales, estaría en dependencia de la provincia, las condiciones de trabajo y la extensión de las jornadas. Para mayor riesgo, estos empleados se ven obligados a trabajar casi siempre sin equipamiento, sin medios de protección y sin recursos básicos mínimos, pues muy rara vez les suministran guantes, calzado y vestuario específicos, escobas y otros insumos imprescindibles. Otro tanto sucede con los carritos de barrendero, de los cuales el Estado solo ha sido capaz de producir 40 de una planificación de 1.000.

Así pues, para una labor tan arriesgada, ingrata y además mal pagada, no es de extrañar que no haya demasiada avidez en el mercado laboral. El Gobierno del país ha intentado históricamente suplir esa escasez utilizando reclusos. En el presente, al no dar abasto tampoco la fuerza de trabajo cautiva, los mandamases echan mano de sus acostumbradas campañas maratónicas encaminadas a recabar brazos para la tarea. Hasta tal extremo ha escalado la crisis que no les ha quedado otro remedio que movilizar a sus uniformados, a la vez que arengan a la población a sumarse a la recogida.

Como respuesta ciudadana, la quema de desechos, que hasta hace pocas semanas era una reacción ocasional de algunos vecinos, hoy es un elemento casi perenne en el paisaje urbano. Simultáneamente, otros gritos de protesta acompañan estas fogatas improvisadas. “¡Tenemos hambre!”, “¡Necesitamos medicamentos!”, “¡Pongan la corriente!”, “¡No tenemos agua!”, son algunos de los reclamos más frecuentes de una población necesitada de todo lo imprescindible para vivir dignamente. El fuego frecuentemente interrumpe el tráfico, con lo cual se dificulta también el acceso de las fuerzas represivas.

No obstante, ese desesperado recurso, si bien no deja de servir como protesta cívica toda vez que visibiliza tanto el peligroso problema como el descontento popular que provoca, resulta enormemente nocivo. Más allá del mal olor resultante y de la molestia del hollín que penetra en las casas, al inhalar las micropartículas de plástico y demás sustancias tóxicas contenidas en el humo, estas ingresan al organismo a través de las vías respiratorias, se alojan en los pulmones, y de ahí pasan al torrente sanguíneo. Como resultado, el individuo se ve afectado por una serie de problemas graves de salud como pueden ser enfermedades respiratorias y cardiovasculares, e incluso cáncer. Valga resaltar que el fenómeno afecta con mayor frecuencia a los niños, pues estos hacen más inhalaciones por minuto que los adultos.

Empero, cuando se quiere se puede. O como dicen algunos: hay que “engrasar la rueda” si se quiere llegar a alguna parte. Así, dueños de mipymes y otros comerciantes con “influencia” han logrado – no es difícil imaginar mediante qué métodos – que les quiten el basurero de la esquina cuando estorba a sus negocios. En buena hora, dirían algunos. Sin embargo, al profundizar en ciertos casos es posible comprobar con desencanto que lo que para ellos es la solución no ha sido más que endilgar el problema a otros, pues en lugar de erradicar el basural lo que ha ocurrido en la práctica es que se lo ha trasladado hacia otra cuadra o esquina, donde por lo general no hay contenedores. Es decir, que en realidad los basurales no desaparecen, sino que cambian de ubicación, con lo cual el problema se esfuma de la vista del emprendedor en cuestión, pero sigue perjudicando a otros vecinos.

Paralelamente, conseguir “inversión extranjera” es algo en lo que el castrismo tiene vasta experiencia. Así pues, este rubro les resulta tan bueno como cualquier otro para pasar el cepillo a gobiernos y administraciones internacionales. El desprevenido “punto” elegido en este caso es Portugal, para un proyecto tan ingenuo como ambicioso que incluye entre sus objetivos “activar todos los camiones y contenedores disponibles”, “revisar la frecuencia de recogida” según las características de cada localidad, así como “una fiscalización más rigurosa y la aplicación de multas” e “incentivos salariales para los trabajadores de Servicios Comunales”. Ver para creer.

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