LA HABANA.- Sabiéndose en la mira del presidente Donald Trump, que ha dicho que se va a encargar de Cuba cuando termine la guerra con Irán, es de suponer que los mandamases de la continuidad castrista estén sumamente ocupados en urdir planes de contingencia para enfrentar un eventual ataque militar norteamericano.
Asustados como están y predecibles como son los mandamases, uno de esos planes pudiera ser una recogida masiva de desafectos al régimen, como la que hicieron a mediados de abril de 1961, en vísperas de la invasión de Bahía de Cochinos (o Playa Girón, como la llama la Cuba oficial).
El 16 de abril de 1961, cuando aún no había terminado el discurso de Fidel Castro en el sepelio de las víctimas de los ataques aéreos a varios aeropuertos del día anterior, donde proclamó el carácter marxista-leninista de su régimen, ya la Seguridad del Estado había iniciado las redadas.
Varios miles de personas consideradas “contrarrevolucionarias” o propensas a actuar en contra de la Revolución fueron arrestadas y encerradas en la Ciudad Deportiva, sus cercados terrenos aledaños y en otros campos deportivos del país, donde permanecieron incomunicados y vigilados por soldados y milicianos con armas largas.
El régimen, habiendo recibido informes de que una fuerza expedicionaria de exiliados apoyados por la CIA se preparaba para una invasión, con aquella redada masiva se propuso cortar el apoyo a los invasores y a las organizaciones anticastristas que operaban en la clandestinidad.
Los sospechosos, de ambos sexos y de todas las edades, que fueron “preventivamente recogidos” fueron aquellos cuyos nombres aparecían en listas confeccionadas por el G2 y los Comités de Defensa de la Revolución: personas que habían tenido alguna vinculación con el derrocado régimen de Batista, propietarios expropiados y personas que, según los chivatos de los barrios, se mostraban “irritados, descontentos y se pronunciaban públicamente en contra de la Revolución”.
Ninguno de los detenidos fue puesto en libertad hasta varios días después de que el 19 de abril fuera derrotada la invasión. Todos, marcados como “contrarrevolucionarios”, seguirían siendo chequeados, con más o menos seguimiento, por el G2 y sus chivatos.
Hoy, al presentir la inminencia de un ataque norteamericano, a los mandamases de la continuidad, en medio de su espanto, les pudiera dar por repetir aquella razzia represiva de abril de 1961.
De hecho, varios disidentes aseguran que recientemente oficiales de la Seguridad del Estado les han advertido que “los desaparecerán en cuanto caiga la primera bomba yanqui”.
Solo que hoy, cuando la irritación contra el régimen crece por días, se les haría muy difícil a los mandamases de la continuidad castrista hacer una recogida de desafectos. Serían demasiados, miles y miles.
Para empezar, los abarrotados establecimientos penitenciarios y todas las instalaciones deportivas del país, bastante deterioradas en su mayoría, no alcanzarían para albergar a todos los que se supone que recogerían. Porque los menos serían los abiertamente opositores o los que la Seguridad del Estado considera “personas de interés operativo”. Los más serían los hombres y mujeres que no ocultan su malestar y se pronuncian en duros términos en contra del régimen y sus dirigentes, lo mismo en las redes sociales que en una parada de guagua o sonando los calderos durante un apagón.
De la magnitud del descontento popular ya tomaron nota los mandamases el 11 de julio de 2021.
La otra cuestión es cómo se las arreglarían para alimentar a los detenidos. Tal vez eso no preocupe demasiado a los mandamases, pero deberían tener en cuenta ese viejo axioma de que el hambre es muy mala consejera.
¿Pueden ustedes imaginar cómo reaccionaría una multitud hambrienta y hacinada que ha sido encerrada en un estadio o una granja de trabajo forzado solamente por sospechas?
Y eso me lleva a otra consideración, que, no me malinterpreten, ni por asomo pretende ser clasista.
Los sospechosos de desafección que encerraron en 1961 se portaron bien y no causaron mucho problema, no tanto por la vigilancia de los milicianos, sino porque eran en su mayoría personas educadas y decentes, “burgueses y aburguesados”, como se decía en la jerga revolucionaria de entonces. Pero la mayoría de las personas que encerrarían hoy, con tanta pérdida de valores como hay en la sociedad cubana luego de que fuera erradicada la moral burguesa y no encontraran otro tipo de moral para sustituirla, constituirían una turba vociferante, pendenciera, incontrolable, aun para los esbirros de las Boinas Negras, si no están dispuestos a masacrar.
Los mandamases, si se ven en aprietos, lo que, tal y como están las cosas, puede ser en cualquier momento, deben pensarlo muy bien y varias veces antes de ordenar una redada masiva preventiva.










