HOLGUÍN, Cuba ― “Los cárnicos están cada día más caros”, dice María Hernández, trabajadora estatal holguinera. Su salario entero se le va en sobrevivir, agrega, y, aun así, la proteína animal queda fuera de su alcance.
En Holguín, el precio de la carne ha alcanzado niveles sin precedentes. Para buena parte de la población, ponerla en la mesa es desde hace años un deseo inalcanzable. El aumento aprobado por el régimen cubano, que elevó este año el salario mínimo mensual a 3.210 pesos, y el incremento parcial de las pensiones aplicado desde septiembre de 2025 resultan insuficientes frente a una inflación que la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI) situó en junio en el 18,27 % interanual.
Los números lo confirman: con una pensión mínima de 3.056 pesos, una libra de pollo, que cuesta 700 pesos, absorbe el 22,9 % del ingreso mensual. Para quien percibe el salario mínimo de 3.210 pesos, esa misma cantidad representa el 21,8 %. Un cartón de 30 huevos cuesta 3.300 pesos, una cifra superior tanto a la pensión mínima como al salario mínimo mensual.

El desbalance dietético reaviva temores de que se repitan las secuelas de la hambruna de los años 90: neuritis óptica y neuropatía periférica. “Si esto sigue así, vamos a repetir otra vez lo mismo del Período Especial: gente perdiendo la vista, con neuropatía, y recién nacidos sin fuerza en el cuerpo”, teme Carmen Pupo.
El Gobierno cubano ha reconocido errores estructurales en la producción de cárnicos: planificación centralizada fallida, gestión deficiente de insumos, trabas burocráticas y desmotivación del productor son causas que siguen generando desabastecimiento.
En consonancia, Luis Pérez sostiene que ni el campesino ni los dueños de las mipymes merecen el reproche ciudadano. “La culpa de que los precios estén por las nubes la tiene el Gobierno por décadas de ineficiencia y planes que nunca funcionan”, sentencia. “Como el Estado no produce nada y tiene las carnicerías vacías, los particulares venden el precio que les convenga”, argumenta.

Un productor porcino que pidió ser identificado solo como Lorenzo admitió que la gente los acusa de querer enriquecerse, pero añadió: “Tengo que vender caro para recuperar la inversión de los piensos, las consultas del veterinario y las medicinas que apenas aparecen, y hasta para pagarle a custodios porque los ladrones están ‘acabando’”.
Los apagones también inciden en la escalada de precios, ya que las mipymes, por temor a que se dañen los cárnicos, no ofrecen directamente estos productos y prefieren venderlos solapadamente al por mayor a revendedores. “Luego, esos mismos revendedores nos arrancan la cabeza cobrando a más de 2.000 pesos el paquete de salchichas, a 700 pesos la libra de pollo y a 550 la de picadillo”, advierte Zaida López, quien camina por la calle Real del reparto Pueblo Nuevo, donde el mercado informal ofrece a lo largo de toda la vía una amplia variedad de cárnicos a precios prohibitivos.

Los números respaldan buena parte de este intercambio de culpas. Una canasta básica de proteínas que incluye una libra de picadillo, una de pollo, una de carne de cerdo, una de ovejo, una de chorizo especial, 30 huevos y 10 salchichas costaría 9.800 pesos.
Mientras el régimen publica sus estadísticas, nadie parece tener el control de un mercado en el cual el salario, la pensión, el peso cubano y el dólar informal chocan todos los días con las ofertas de cárnicos a precios prohibitivos.
El holguinero Marcos Hierrezuelo lo dice sin rodeos: “El Gobierno no produce, el particular cobra lo que le da la gana y, tanto él como el revendedor, se aprovechan de la situación. Al final el que paga los ‘platos rotos’ es el pueblo, que ve cómo la carne está cada día más lejos de la mesa”.
“Uno ya se acostumbró a mirarla como si fuera una pieza de museo”, cierra Hierrezuelo, con la resignación de quien ya no espera respuestas: “Los cárnicos se ven, pero no se tocan”.


