Entre apagones, miseria y remesas de Miami: así sobreviven los últimos fidelistas

Repitiendo continuamente que “con Fidel estas cosas no pasarían”, aferrados a su dogmatismo y a sus prejuicios anticapitalistas y antiburgueses, apenas consiguen ocultar su repugnancia por las desigualdades e impurezas del capitalismo de compadres.
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Pobreza en Cuba. (Foto referencial: CubaNet)

LA HABANA.- En cuanto se enteró de que Supermarket 23 y Katapulk entregan balitas de gas en Cuba a quienes se las paguen sus familiares en el exterior por 29 dólares, Mireya, de más de 80 años, jubilada de las FAR y militante del Partido Comunista, no dudó en pedirle a su hijo, que vive en Miami, que le comprara una.

A comienzos de diciembre fue la última vez que llegó el gas a su barrio y pudo comprar una balita, luego de pasar dos días haciendo cola. Desde que se le acabó, hace más de cinco meses, Mireya tiene que cocinar, cuando no hay apagón, en una hornilla eléctrica.

Aunque no le perdona haber “traicionado a la revolución” al irse del país, Mireya considera que es una obligación de su hijo ayudarla a enfrentar sus vicisitudes: cocinar, alumbrarse con una lámpara recargable cuando quitan la luz y tener saldo en el teléfono.

Lo que no esperaba Mireya era el disgusto que tendría, a propósito de la balita de gas, con una vecina y amiga suya, a quien hasta entonces consideraba “una compañera revolucionaria”. La mujer dijo que era “un abuso y un descaro de esta gente que no hubiera gas para distribuirle a la población y sí para venderlo en dólares y seguir explotando a los parientes en Miami”.

En vano trató Mireya de aplacar la indignación de su amiga explicándole que “el país tiene necesidad de recaudar dólares para poder seguir manteniendo los logros de la revolución”. Por el contrario, la mujer, enfurecida, terminó insultándola y gritándole que gente como ella merecía todo lo malo que estaba pasando.

Aunque cada vez le cuesta más encontrar argumentos, Mireya sigue firme e inconmovible en su defensa de lo que llama “la revolución”, a pesar de reconocer que “esta ya no es la revolución de Fidel”. “No me ciego, veo los errores, pero hay que defender las conquistas de la revolución y el socialismo”, explica a quienes la confrontan.

Todo lo justifica culpando al bloqueo y a “los errores de unos cuantos”, y hace cuanto puede por denunciar “lo mal hecho”, ya sea en su cuenta de Facebook, ante el núcleo del Partido, la delegada de la circunscripción del Poder Popular o en las cartas que suele enviar a algunos ministros o al Consejo de Estado.

Para ella, “lo mal hecho” —o lo que denuncia, más bien chivatea— son los vecinos que amontonan basura en la calle, los baches sin reparar, los altos precios del agro, las personas que montan con sacos y barriles en las guaguas obstruyendo la puerta o quienes venden por las casas las medicinas que no hay en las farmacias.

Especial encono siente contra los dueños de negocios particulares por los altos precios de sus productos. Les ha advertido a varios que los denunciará para “que les quiten las licencias y les cierren el negocio si no aceptan, como es lo orientado, los pagos por Transfermóvil”.

Mireya es una de los millares de fidelistas de la vieja guardia que, aunque insatisfechos con el rumbo de los últimos años y pasando las de Caín, se niegan a dar su brazo a torcer y siguen defendiendo testarudamente al régimen.

A ellos aludió certeramente, días atrás, mi amigo y colega Iván García en su blog, cuando se refirió a “esa turba aleccionada por el difunto Fidel Castro, más comunista que sus propios dirigentes, a pesar de que ahora sobreviven con una pensión miserable y el librero repleto de clásicos de la literatura del realismo socialista soviético”.

Sucede que muchas veces esa defensa de los viejos fidelistas, más que servir al régimen de la continuidad, le significa un lastre.

Repitiendo continuamente que “con Fidel estas cosas no pasarían”, aferrados a su dogmatismo y a sus prejuicios anticapitalistas y antiburgueses, apenas consiguen ocultar su repugnancia por las desigualdades e impurezas del capitalismo de compadres instaurado por el tardocastrismo.

Así, aunque evitan pasarse de rosca con las críticas, se la pasan escogiendo a los pocos ministros que, según afirman, “tienen los pies puestos en la tierra y excepcionalmente hacen bien su trabajo”. Casi todos coinciden en mencionar a Inés María Chapman, Manuel Marrero y Eduardo Rodríguez Dávila.

Aunque les decepcionen, muestran conmiseración y condescendencia respecto a los papelazos de Miguel Díaz-Canel en entrevistas y actos públicos, como cuando agitaba una banderita cubana de papel para saludar a una multitud que desfilaba por el Malecón el Primero de Mayo y que apenas reparaba en él ni era tan numerosa como hubiese deseado.

Aunque solo crean en la versión oficial del NTV y el periódico Granma, se molesten con “los memes contrarrevolucionarios” y consideren falsas la mayoría de las informaciones de comunicadores independientes que ven en redes sociales, es grande el desconcierto de los viejos fidelistas cada vez que descubren que los medios oficialistas les ocultaron algo o les dieron una noticia contradictoria y poco convincente.

Dicen sentir preocupación porque sea el nieto de Raúl Castro el encargado de conversar con el gobierno norteamericano, y no es raro escucharlos expresar —ellos, tan idealistas, que siempre negaron denodadamente que la élite viviera con privilegios— lo mal que les caen, por sus ridiculeces, Sandro Castro, Lis Cuesta, Aleida Guevara y Mariela Castro.

Tienen muy pocas esperanzas sobre la mejoría para el año 2050 que les anuncian y, aunque no les guste demasiado el término, se resignan a la “resistencia creativa” que propugna Díaz-Canel, a sabiendas de que significa seguir sobreviviendo, como se pueda, en este retroceso a la comunidad primitiva al que nos ha conducido la testarudez de no querer arriar un banderín que hace mucho está en ripios, desteñido y a media asta.

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