LA HABANA, Cuba ― Cuentan los historiadores que cuando Carlos Manuel de Céspedes recibió la noticia de su deposición del cargo de presidente de la República en Armas por decisión de la Cámara de Representantes, no hubo en él una reacción de ira ni un gesto de futura venganza ante tal hecho.
Céspedes conocía de antemano la maniobra para deponerlo y consideró nulo el acuerdo de la Cámara. Aun así, decidió no promover una resistencia que pudiera provocar un enfrentamiento entre cubanos: el 26 de octubre de 1873 escribió que, “obediente a la Constitución y las Leyes, no sería causa de que se derramara sangre cubana”
Se trató indudablemente de una actitud de desprendimiento patriótico que anteponía los intereses de la revolución, en especial la unidad que se había fraguado en Guáimaro, a sus aspiraciones personales como gobernante.
Sin embargo, no siempre en nuestra historia hemos presenciado hechos que denotan semejante altruismo. Con frecuencia asistimos a intentos de reelección presidencial, alargamiento arbitrario de los mandatos, e incluso gobiernos dictatoriales que alteraron el ritmo institucional de la nación.
Ahora mismo atravesamos una situación en la que la camarilla gobernante se obstina en permanecer en el poder, ignora las carencias y los sufrimientos de la población y actúa en contra del espíritu cespedista que debería observar.
La prensa oficial se hace eco de muchas de las calamidades que afrontan los cubanos: la niña que llora cuando está viendo los muñequitos por televisión y se va la corriente; las intervenciones quirúrgicas que terminan haciéndose con la iluminación de los teléfonos móviles; el medicamento que le falta a un paciente; o los padres que apenas duermen para espantarles los mosquitos a sus hijos en las madrugadas signadas por el apagón.
Pero la propaganda castrista no reconoce la responsabilidad gubernamental ante tales anomalías. Lanza todos sus dardos contra el “bloqueo” de Estados Unidos, al que culpa de todas las privaciones que atormentan al cubano de a pie.
El Gobierno atribuye buena parte de la crisis a las sanciones estadounidenses y a las nuevas restricciones que afectan el suministro de petróleo. Esas medidas son reales, pero no anulan su responsabilidad por el deterioro de la infraestructura, la insuficiente inversión y las decisiones económicas que agravaron la crisis.
Sin embargo, la cúpula castrista podría adoptar dos decisiones de fondo que contribuirían a mitigar esta crisis. La primera sería cambiar el modelo político que mantiene en la Isla: eliminar el unipartidismo, garantizar el regreso de los exiliados y convocar elecciones verdaderamente libres.
Si la cúpula no quiere emprender reformas auténticas, le quedaría la opción de dejar el poder y reconocer que es ella misma la que impide la felicidad de los cubanos.
Una apertura política no acabaría por sí sola ni de inmediato con los apagones, la escasez de medicamentos o el deterioro del transporte, pero sí podría abrir el camino a reformas económicas, nuevas inversiones y mecanismos efectivos de rendición de cuentas
Sin embargo, el castrismo insiste en permanecer en el poder. Su actuación se limita a repetir consignas que instan a la no “rendición frente al enemigo”, y a la resistencia del pueblo. Claro, no son los mandamases del Partido los que soportan los apagones, los que carecen de medios de transporte, ni los que enfrentan la hambruna que se extiende no solo a los más vulnerables.
El contraste con Céspedes no está solo en el discurso, sino en la relación con el poder: mientras aquel acató su deposición para evitar una lucha entre cubanos, el sistema vigente impide que la ciudadanía sustituya a la dirigencia mediante elecciones plurales y competitivas.
Es que la manida frase de “Nosotros entonces habríamos sido como ellos; ellos hoy habrían sido como nosotros”, con la que el castrismo pretende demostrar que en Cuba únicamente ha habido una revolución, de Céspedes a Fidel Castro, no solo se demuestra con palabras. Es preciso actuar del mismo modo en que lo hicieron nuestros libertadores, en particular el Padre de la Patria.









