MIAMI, Estados Unidos ― Sulmira Martínez Pérez, conocida en las redes como “Salem de Cuba”, es una mujer joven que lleva más de tres años encarcelada por el simple hecho de haber escrito lo que pensaba. Fue detenida el 10 de enero de 2023 en La Habana, después de publicar mensajes críticos en Facebook y de llamar a la gente a protestar de forma pacífica. Desde entonces, el régimen la mantiene presa.
En febrero de 2026 se conoció que había sido condenada a cinco años de prisión por los supuestos delitos de “propaganda contra el orden constitucional” y “desacato”. La Fiscalía había solicitado una sanción conjunta de 10 años de prisión. Su familia aún no ha recibido una copia oficial de la sentencia. Y lo más grave: según su madre, ya reunía los requisitos temporales para que se valorara la concesión de la libertad condicional.
Sulmira no está presa por robar ni por agredir a nadie, ni por un delito común. Está presa por hablar. Por usar las redes sociales para decir lo que millones de cubanos piensan, pero no se atreven a escribir. El régimen convirtió su derecho a expresarse en un crimen contra el “orden constitucional”. Ese orden no es otra cosa que el monopolio del Partido Comunista.
Pero el castigo no se detiene en la cárcel. Norma Pérez también es víctima de la represión. Le niegan la posibilidad de trabajar formalmente. Cuando intenta sobrevivir vendiendo de forma informal café y cigarros, las autoridades la multan y le impiden ejercer esa actividad. No la dejan vivir. No la dejan respirar. El régimen no solo encarcela a la hija: asfixia económicamente a la madre.
Esta es la realidad de las familias de los presos políticos en Cuba. No basta con quitarles a sus hijos, a sus esposos o a sus hermanos. El sistema se ensaña también con quienes quedan fuera de la cárcel: niega el empleo, multa por cualquier intento de ganarse la vida, vigila, hostiga y aísla socialmente. El mensaje es claro: si alguien de tu familia se atreve a pensar diferente, toda la familia pagará el precio.
Norma Pérez no es un caso aislado. Cientos de madres, esposas, padres e hijos de presos políticos viven la misma situación. Mientras sus seres queridos languidecen en las cárceles por haber ejercido su derecho a la libertad de expresión o a la manifestación pacífica, ellos deben enfrentar el acoso cotidiano, la precariedad y la imposibilidad de sostenerse. El régimen convierte el derecho a la protesta en una condena colectiva.
A Sulmira la trasladaron a un campamento penitenciario en el cual las condiciones son inhumanas. Cada denegación prolonga su permanencia en prisión. La “justicia” cubana no es un poder independiente. Es un instrumento de control. Y el castigo se extiende deliberadamente a la familia para multiplicar el dolor y el miedo.
Este caso no es aislado. Es la forma en que el comunismo cubano se defiende de la verdad. Mientras Sulmira siga presa, el régimen demuestra que solo puede sostenerse mediante la coerción y el silencio forzado. Una mujer joven que está pagando con años de su vida el precio de la libertad de expresión.
Organizaciones independientes como el Observatorio Cubano de Derechos Humanos y el Instituto Cubano por la Libertad de Expresión y Prensa la reconocen como presa política y exigen su liberación inmediata. El proceso en su contra estuvo marcado por aplazamientos, opacidad y arbitrariedad. Más de tres años de prisión provisional. Una condena que llegó después de un juicio lleno de irregularidades. Y ahora, la negación reiterada del beneficio de libertad condicional.
Sulmira debería estar libre desde hace rato. Su encarcelamiento prolongado y la negación arbitraria de la libertad condicional no son errores de un sistema defectuoso: son la esencia misma de ese sistema. Para imponer el silencio a su favor, el régimen castiga también a quienes se atreven a acompañar a los que hablan.
Cada día que Sulmira pasa tras las rejas es una afrenta a la dignidad humana. La presión internacional y la denuncia constante deben mantenerse hasta que ella y todos los presos políticos recuperen su libertad y hasta que sus familias dejen de ser castigadas por el solo hecho de no abandonarlos.









