PUERTO PADRE.- Una columna debí emplear hace pocos días para explicar cómo y por qué el libro La isla de los esqueletos, recién publicado, al explorar hechos reales desde la ficción desborda los estrechos límites geográficos de la isla de Cuba. Ahora esta historia confirma aquella reseña.
Ahora debemos volver al tema porque uno de aquellos lectores que me hizo preguntas tempranas por haber comprado el libro en Amazon antes de su presentación formal, y es un lector excepcional, Humberto Castelló, concienzudo periodista que fuera director de El Nuevo Herald por más de siete años, ahora me sugiere que escriba “una reflexión comparativa y convocatoria” del artículo “Las Brigadas Internacionales y la debilidad del antifascismo”, publicado por El País, el pasado viernes 18 de septiembre, en ocasión del 90 aniversario del “ejército de voluntarios más famoso de la historia”.
Antonio Cazorla, autor del artículo, quien es catedrático de Historia Contemporánea de Europa en la Trent University, Canadá, afirma en ese texto: “A los antifascistas de las Brigadas Internacionales les tocó desigual suerte. Muchos ocuparon puestos importantes en las nuevas dictaduras comunistas de Europa del Este; y no pocos serían luego víctimas de las purgas que allí se produjeron.” Y, precisamente, ese fue el caso de no pocos cubanos quienes de buena fe, y con pluralidad de ideologías, fueron a combatir en la Guerra Civil Española.
Resulta que en una de las narraciones de La isla de los esqueletos, en el cuento El albergue vacío, retratado ya desde el epígrafe por los versos de Rimbaud, “se sigue el camino rojo para llegar al albergue vacío…el cura se habrá llevado la llave de la iglesia”, cuento desde la ficción luces y sombras de las Brigadas Internacionales a través de la historia personal de un amigo de mi padre, que combatió en la Guerra Civil Española, y luego, habiendo sido comunista él mismo, en las montañas del Escambray contra el comunismo, por lo que murió víctima del presidio político castrista.
Entonces, dando por muy buena la sugerencia de Humberto, cumplo con esa “reflexión comparativa y convocatoria” —aunque lo de la Memoria Histórica que me sugiere irá en otra columna— y comparto con los lectores este pasaje del “cuento” El albergue vacío de *La isla de los esqueletos*, que dice de las luces y sombras de las Brigadas Internacionales, en un soliloquio de uno de los más de 1400 cubanos que entre 1936 y 1939, pelearon en España por la democracia y la libertad, como Hemingway dice, distinguiendo lo que es el marxismo:
“¡Todos eran grises, asombrosamente, vestidos con toscos uniformes grises! Aún el de las **P. P. P** en la espalda, un negro alto, delgado, de gestos parcos y mirada digna, permanecía junto a sus camaradas como un ataúd, arracimado.
Poco después llegaron tractores con carretas, y como lo habían hecho los negros y luego los verdes transformados en rojos, también los amarillos convertidos en grises partieron a los cañaverales, a cortar caña. Al subir a la carreta, cual conjunción inexplicable, asocié la imagen del doblegado con la del negro de las **P. P. P**; aunque ya no llevaba en la espalda las letras delatando su condición de penado beligerante, tal parecía que esa carencia, lejos de aligerarlo, lo lastraba, encorvándolo, como había visto al doblegado, trasero arriba y cabeza abajo; pero, el encorvamiento del **P. P. P** no era placentero, como el del doblegado, sino de una tristeza sobrecogedoramente atroz.
Cuando las carretas con los grises se perdieron entre los cañaverales, volví a casa, tan lastrado como el **PPP**. No sabía por qué, pero intuía que aquellos hombres que habían perdido la libertad, acababan de perder otro patrimonio relacionado con ella, y me sentía como al regreso de los corrales, cuando me exigían colaborar en la castración de los marranos. Porque… ¿qué se siente o debe sentirse si le cambian el color a alguien en nuestra presencia…? Acaso… ¿No es como si también transformaran el color de uno…? Encerrado en mi habitación tenía al alcance de la mano un paquete de libros, brillantes, olorosos, con la textura de los objetos llegados de otro país, pero el bibliófilo habitante de mi esqueleto había permutado, quizá, para ir a residir en algún ignoto claroscuro. Todo lo que necesitaba era la llegada de la tarde, no para devorar el cerdo asado en agasajo de mi cumpleaños, sino para proseguir mi labor de espionaje desde el escondite de los naranjos. ¿Quiénes eran los amarillos transformados en grises? ¿Por qué se encontraban presos? ¿Por qué de la noche a la mañana —y no es frase hecha sino la realidad del suceso — dejaron de ser amarillos para transformarse en grises? Para mi fortuna, el negro **PPP** indirectamente vino en mi ayuda, digo, hasta donde un monólogo puede servir de ayuda.
A media tarde volvieron los grises al barracón. Yo los esperaba, trepado ahí, en ese naranjo. En realidad a su regreso los grises no eran grises sino negros. Pero esta nueva transformación no despertó mi curiosidad, como la de los verdes llevados a rojos en sustitución de los negros, o la de los amarillos llevados a grises de la noche a la mañana. No, la conversión de los grises en negros no avivó mi curiosidad porque era mecánica, abiótica, quizá hasta socioeconómica, pero no ética. No se trataba del mero cambio de una raza a la hora de ejecutar una tarea; ni del hecho de que un grupo de hombres se sintieran abochornados por la sustitución de un uniforme amarillo por otro gris, no; ahora los grises eran negros por obra y gracia del tizne de la caña quemada que habían cortado, y en eso, no mediaban las ideas, al menos, las malas ideas, claro está, si obviamos el trabajo forzado a que fueron sometidos aquellos cautivos.
Por esa razón, un nuevo acontecimiento vino a sorprenderme, tal vez, para el día de mi cumpleaños darme una de las mayores sorpresas de mi vida. Al bajar de la carreta, los grises se apresuraron, para hacerse de un lugar en el baño colectivo del barracón; pero el **PPP** permaneció en la carreta, como si se tratara de una atalaya, observando los alrededores con mirada de cazador cetrero; al cabo, encorvándose al modo de los paracaidistas, saltó a tierra, encaminándose hacia acá. Ves ahí, donde crecen calabazas, ahí, entre los escombros…, ahí se levantaba el barracón, esos son sus cimientos; él pasó por el lado del aljibe, sobre el que ahora se levanta mi cabaña, dirigiéndose hasta aquí; este era mi escondite, sobre ese naranjo; por la dirección de sus pasos pensé que me había descubierto, al acercarse veía sus ojos y… ¡Tenía una mirada… del carajo, infundía miedo!, creí que él estaba loco y yo enloqueciendo; hasta pensé saltar del naranjo y escabullirme, pero, no, no llegó a descubrirme, se detuvo ahí, bajo ese árbol; bueno, ya no es un árbol, ahora es un tocón, pero fue un almendro. ¿Sabes que el almendro es el árbol vigilante, el que nos indica la llegada de la primavera…? Óyeme… ¡Qué coincidencia…! ¡Se sentó en esa piedra, bajo el almendro! Sí, en esa, la única de ese tamaño que hay por todo esto y todavía permanece aquí, la misma donde al morir el íncubo se sentaba horas y horas el doblegado; siempre sentado ahí, mirando al cielo. Y eso mismo fue lo que hizo el **PPP**: sentarse ahí a mirar el cielo, como si no existiera nada más a su alrededor, sólo sus ojos y el cielo.
En esa pose de mahatma permaneció no sé qué tiempo, como si fuera una prolongación de la roca que le servía de asiento, hasta que se hizo una pregunta y comenzó a hablar consigo mismo.
— ¿Qué te dijo Hemingway en el Hotel Majestic de Barcelona? Recuerda, ¿qué te dijo…? Había testigos, no puedes mentir, no te engañes a ti mismo. Vamos… ¿Qué te dijo Hemingway en el Majestic? Recuerda. Las palabras que te dijo eran tan hermosas y feas, tan blandas y duras, que no podían quedar olvidadas sobre una mesa del Majestic como una copa de vino mediada. Vamos… Hazlo, no temas. ¿Qué te dijo Hemingway en presencia de Paul Roberson, el cantante negro, y de Nicolás Guillén, el poeta negro, a ti, un negro temerario e idealista, vamos, qué te dijo? Me dijo…, me dijo…, es que yo luchaba por la libertad y la felicidad sin importarme el lugar y… Sí, ya lo sé, no se estaba en el KOMINTERN sin estar convencido de eso, había que ir a cualquier lugar, la frontera era el Universo, y tú habías cargado tabaco y ron y azúcar y habías ayudado a sostener una escuela en Sitges, no lejos de la playa, habías conducido la camioneta con la maestra y libros para los niños víctimas de la guerra, y habías matado, para eso eras experto en demolición y en operaciones encubiertas, por algo eras francotirador, por algo te habías graduado en Frunze, todo eso lo sabemos porque lo hemos sudado y sangrado, pero, di, vamos, di qué te dijo Hemingway en el Majestic, necesitas convencerte de eso, para saber si podrás soportar lo que te espera, necesitas recordar lo que Hemingway te dijo, es necesario que lo recuerdes, ahora, ahora que te han castrado. ¡Yo castrado…? Sí, doblegado tu honor. Bueno, correcto, no te han castrado, te han apaleado, pero vamos, dilo, di qué te dijo Hemingway. Es… es que no estoy seguro. Ah… no estás seguro. Y de qué no estás seguro, vamos a ver, porque últimamente…, sí, en los últimos tiempos te veo como un conejo acosado, tal parece que tienes hurones en tu cueva, a ver, dime, ¿de qué no estás seguro? No estoy seguro si él me lo dijo o fue que lo leí. Pues claro que te lo dijo y también lo leíste, él acostumbraba a experimentar sus ideas antes de escribirlas, experimentó con ustedes, los que estaban a su alrededor; y lo leíste luego en la primera edición de *Por quién doblan las campanas*; pero eso no tiene que preocuparte, sabes… Hemingway era discípulo aplicado de Mark Twain, decía que toda la literatura norteamericana partía de un libro llamado… *H Finn*, y Mark Twain gustaba de confrontar las historias con los personajes antes de escribirlas. ¡Acaso dudas que leyeras en *Por quién doblan las campanas* lo que Hemingway experimentó contigo…? Vamos, no seas tonto, dilo, Hemingway fue aupado y execrado por escribir ese libro, y ahora estás entre patriotas y ladrones y te conviene recordar por qué fuiste a España y luego a Guamuhaya y permaneces entre gentes que amas y odias, te conviene confirmar quién eres antes de proseguir tan escabroso sendero; vamos, qué dijo Hemingway que tanto disgustó a Guillén e hizo reír a Roberson. Por cierto, ¿qué dijo Roberson de la cara que pusiste cuando Hemingway te dijo lo que te dijo? Paul Roberson me dijo que tenía cara de poema inconcluso. ¿Y qué dijo Hemingway para que pusieras esa cara de himno? Dijo… Me dijo… Tú no eres un marxista real, crees en la libertad, la igualdad y la fraternidad. Crees en la vida y en la búsqueda de la felicidad. Eso me dijo, antes de yo ir a Majadahonda y él al Eresma. ¿Y crees en eso? No sé. Estuve en la Guerra Civil; en España lo di todo porque el Guernica sólo fuera un recuerdo, al menos le oí decir eso a Max Aub que a cuenta del Gobierno le hizo ese encargo a Picasso; pero Max está muerto y Picasso también, si no Max Aub podía ser eterno, recorriendo el mundo, haciendo encargos a cuenta de la Historia para que Pablo Picasso no gastase su vida nunca, pintando un Guernica infinito, intercontinental; así es que… no sé, estuve en la Sierra Madre cuando lo creí necesario y también frente a mis compañeros de la Sierra Madre, en Guamuhaya; creo en la libertad cuando la igualdad se ejerce y no es sólo un mito, cuando cada cual puede hacer y decir lo que le plazca sin agredir a sus semejantes, y creo en la fraternidad si todos nos sentamos a la mesa y los editores de cartillas de racionamiento trinchan de las suyas, y creo en la vida y en la búsqueda de la felicidad mientras sea posible explorar esos términos, sin tener que escalar un muro. Sí. Creo en eso. —dijo el **PPP** y, dando alaridos, apretándose la cabeza con las dos manos como si temiera le fuera a estallar, se puso de pie, echando a correr.
Los ennegrecidos grises, que esperaban su turno para entrar al baño, corrieron al encuentro del descompuesto **PPP**, pero fue inútil; antes de alcanzarlo, se interpusieron dos guardias que, tomándolo cada uno por un lado, lo introdujeron al barracón, como si fuera una brazada de heno, produciéndose al instante un silencio absoluto, misterioso. Me preguntaba qué estaría ocurriendo con el **PPP** dentro del barracón, cuando uno de los guardas se asomó a la puerta gritando:
— El médico… El médico…
El médico, que también era un amarillo **P** y se encontraba en el baño, salió a todo correr, descalzo, enredado en una toalla y con una incipiente enjabonadura cubriéndole la espalda. Pero el médico no permaneció mucho tiempo dentro del barracón; al pasar de regreso sólo dijo:
— Trombosis coronaria.”









