PUERTO PADRE.- “Por la presente declaro que la ocupación de Cuba por los Estados Unidos y el Gobierno Militar de la Isla han terminado”, dijo el general Leonardo Wood, jefe del gobierno interventor, al traspasar el mando a Tomás Estrada Palma, primer presidente electo de la naciente República de Cuba. Era el mediodía del 20 de mayo de 1902, y este miércoles se cumplen 124 años de aquel suceso trascendental en nuestra historia, que, para comprenderlo a primera vista en sus raíces y en sus frondas, exige remontarse antes a la Resolución Conjunta (Joint Resolution) del Congreso de Estados Unidos para Cuba, de abril de 1898.
En el preámbulo de la Guerra Hispano-Cubano-Americana, y como fruto de acciones de agentes cubanos liderados por el propio Estrada Palma para ejercer influencia diplomática, de inteligencia y hasta económica —que en algunos casos recuerdan cohechos sobre poderes públicos estadounidenses—, la Resolución Conjunta (Joint Resolution) para Cuba, aprobada por el Congreso de Estados Unidos el 19 de abril de 1898 y firmada un día después por el presidente William McKinley, frenó el anexionismo existente en diversos niveles y por distintos motivos dentro de las sociedades cubana, estadounidense e incluso mexicana. Fue una defensa de la independencia de Cuba, del mismo modo que hoy la Ley Libertad (Helms-Burton) es un freno para el régimen castrocomunista y una esperanza de democracia para los cubanos.
La primera cláusula de la Joint Resolution establecía que “el pueblo de la Isla (de Cuba) es, y de derecho debe ser, libre e independiente”. El apartado dos expresó “que es el deber de los Estados Unidos exigir, como por la presente exige, que el Gobierno de España renuncie inmediatamente a su autoridad y gobierno en la Isla de Cuba y retire del territorio de ésta, y de sus aguas, sus fuerzas militares y navales”. La tercera disposición decretó “que por la presente se da orden y autoridad al presidente de los Estados Unidos para usar en su totalidad las fuerzas militares y navales de los Estados Unidos y para llamar al servicio activo la milicia de los diferentes Estados hasta donde sea necesario para llevar a efecto esta resolución”. Y, finalmente, el cuarto precepto fue el tiro de gracia para el anexionismo y los propulsores anexionistas al acreditar:
“Que los Estados Unidos niegan tengan ningún deseo ni intención de ejercer jurisdicción, ni soberanía, ni de intervenir en el Gobierno de Cuba, si no es para su pacificación, y afirman su propósito de dejar el dominio y gobierno de la Isla al pueblo de ésta, una vez realizada dicha pacificación”.
Luego de 30 años de lucha —1868-1898— sin conseguir derrotar por sí sola al colonialismo español, Cuba obtuvo la independencia no de manos de España. España yendo contra sus propios actos, ya había aconsejado a Gran Bretaña que no permitiera que la independencia de las Trece Colonias se debiera a fuerzas externas, sino a ella misma; propuesta que, tozudamente, España no siguió con Cuba, negando la independencia a los cubanos, que solo fueron libres cuando, bloqueados todos los puertos de la Isla y hundidos en Santiago de Cuba los desguarnecidos navíos del almirante Cervera frente a la escuadra del almirante Sampson, se produjo el detonante para su rendición y cesó la dominación española el 1 de enero de 1899. Poco más de dos años después, al concluir el gobierno militar estadounidense, a las 12 meridiano del 20 de mayo de 1902, fue entonces posible que, por la Joint Resolution, “el dominio y gobierno de la Isla” pasara a la “¿soberanía?” del pueblo cubano.
Entrecomillé y escribí entre signos de interrogación la palabra “soberanía”, porque todavía hoy debemos preguntarnos: ¿qué tan soberanos somos los cubanos en sí mismos, entiéndase, en nuestro fuero interno democratizador, como para aunar mando, autoridad, gobierno, influencia, facultad, capacidad y dominio que, aunados en nación, y no en mero montón de gentes vocingleras, nos hagan capaces, por nosotros mismos y sin intervenciones foráneas, no solo de ganar independencia, sino —lo que todavía es más importante— de sostener en todos los cubanos, pero más que en todos en uno mismo, la libertad?
Lo pregunto —y no vamos a entrar a analizar, porque no es el caso, si el casus belli (motivo de guerra) entre Estados Unidos y España, la explosión del acorazado Maine, fue una operación de bandera falsa o un accidente fortuito— porque sí es el caso que, en 30 años, de 1868 a 1898, en Cuba dieron su vida por la libertad cientos de sus mejores hijos, aunque la historia solo recoge o encumbra los nombres de los más ilustres: José Martí, Carlos Manuel de Céspedes, Ignacio Agramonte, Antonio Maceo… una crecida de sangre, sudor, lágrimas, propiedades y multimillonarias sumas de dinero que no bastaron para arrancar —ya que no la dio— la independencia de España.
Así llegó la intervención de Estados Unidos en Cuba, invasión que, al mando del general Shafter y compuesta por 815 oficiales y 16.072 soldados, partió de Tampa, Florida, el 14 de junio de 1898, según dicen algunos mirándose al ombligo y no a los puños, cuando ya “los cubanos estaban a punto de ganar la guerra al ejército español”, formado en esa fecha por 278.447 hombres, entre soldados regulares y voluntarios, armados con el mejor fusil de infantería de la época, el Máuser modelo 1893, frente a las fuerzas insurgentes cubanas, integradas por 53.744 hombres heterogéneamente armados.
Recordemos que la Joint Resolution, en su cuarto precepto, dijo: “Que los Estados Unidos niegan tengan ningún deseo ni intención de ejercer jurisdicción, ni soberanía, ni de intervenir en el Gobierno de Cuba, si no es para su pacificación”, y afirman su propósito de dejar el dominio y gobierno de la Isla al pueblo de ésta, una vez realizada dicha pacificación.
Entonces, y en honor a la verdad histórica, hay que decir que la segunda intervención militar de Estados Unidos en Cuba, ocurrida tristemente entre 1906 y 1909, no fue obra del gobierno del presidente Theodore Roosevelt ni del “imperialismo yanqui”, como dicen muchos. Roosevelt fue reticente, por no decir contrario, a realizar esa intervención, efectuada a partir de la petición de un hombre probo, pero consumido por la adulación de un entorno arribista que nubló su pensamiento político, pedagógico y humanista, como lo fue el presidente Tomás Estrada Palma, quien pidió a Roosevelt que enviara soldados estadounidenses a controlar la “República de Cuba”, sumida en la corrupción, el asesinato político, la guerra fratricida entre partidos y, en suma, lo que hoy llamaríamos un “Estado fallido”.
Y doloroso resulta decir que, tras casi cuatro siglos de colonialismo español, de 1511 a 1898, cuando, después de 30 años de lucha por la independencia —ayudada por Estados Unidos—, Cuba se independizó políticamente, pero no genéticamente de España, en estos 124 años Cuba solo en muy contadas ocasiones ha dejado de ser un Estado fallido, porque no ha cuajado como nación y no deja de ser un mero montón de gentes, según el concepto aristotélico. Y esta cadena de presidentes, dictadores y gobernantes interinos así lo prueba.
En 56 años, de 1902 a 1958, Cuba tuvo nueve presidentes electos: Tomás Estrada Palma, en 1902; José Miguel Gómez, en 1909; Mario García Menocal, en 1913; Alfredo Zayas, en 1921; Gerardo Machado, en 1925; Miguel Mariano Gómez, en 1936; Fulgencio Batista, en 1940; Ramón Grau San Martín, en 1944; y Carlos Prío, el último presidente constitucional, en 1948.
Y en ese mismo período de 56 años, Cuba soportó dos dictaduras: la de Gerardo Machado desde 1929 hasta 1933 y la de Fulgencio Batista desde el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952 hasta el 31 de diciembre de 1958, cuando huyó, dejando a Cuba en manos de comunistas que ya había aupado o de los que se había hecho de la “vista gorda” en su gobierno democrático de 1940 a 1944.
También, en esos 56 años, “gobernaron” de forma interina, Alberto Herrera, por un día, en 1933; Carlos Manuel de Céspedes, por 23 días, también en 1933; Ramón Grau San Martín, por cuatro meses en 1934; Carlos Hevia, por tres días, igualmente en 1934; Manuel Márquez Sterling, por un día, también en 1934; Carlos Mendieta, durante 23 meses, en 1935; José Agripino Barnet, interino cinco meses; y Federico Laredo Bru, vicepresidente constitucional que asumió la presidencia entre 1936 y 1940, tras la destitución por el Congreso del presidente electo Miguel Mariano Gómez Arias.
Y en 67 años ininterrumpidos de dictadura, desde 1959 y hasta el día de hoy de 2026, aunque los hermanos Fidel y Raúl Castro Ruz han mantenido el poder real del Estado totalitario, ya fuere como primer ministro o presidentes del consejo de Estado, así y todo y cual en una vitrina de exhibición, Cuba ha mostrado al mundo tres “presidentes”: Manuel Urrutia Lleó, quien ejerció como presidente provisional entre enero y julio de 1959 cuando renunció; Osvaldo Dorticós Torrado, desde julio de 1959 hasta febrero de 1976, y Miguel Díaz-Canel Bermúdez, el actual “gobernante”, seleccionado por el nonagenario general de ejército Raúl Castro, quien es, en realidad, el jefe real en Cuba pese a sus muchas limitaciones por la edad, pero así y todo permanece asido al poder, asesorado por familiares cercanos, su nieto Raúl Guillermo Rodríguez Castro, alias El Cangrejo, y su hijo Alejandro Castro Espín, alias El Tuerto.
En esas circunstancias Cuba llega al 124 aniversario de su independencia, la que no es real, con un país en ruinas, sin electricidad, agua potable, medicinas, alimentos y sin esperanzas de progreso, pues, Cuba no es una república democrática con las clásicas división de poderes administrativos, legislativos y judicial, ni un Estado de derecho, sino un Estado totalitario, militarista, cuya población sojuzgada, ignorante de su historia por conveniencias políticas de los comunistas, aunque no conoce lo que es la Joint Resolution, sí añoran, de hecho y de derecho y por elementales razones de vida o muerte, lo que afirmó aquella resolución conjunta del Congreso de Estados Unidos para Cuba y los cubanos: “El pueblo de Cuba debe ser libre e independiente”. Pero de esa afirmación legislativa hizo ya 124 años, durante los que por más de seis décadas, a los cubanos le han sido negados esos derechos, no por España, sino por otros cubanos que esclavizan y aniquilan por hambre a sus propios paisanos, y digo paisano, porque al del garrote vil le queda grande la voz de compatriota. Así vivimos en Cuba los cubanos.









