septiembre 24, 2026

Acosado desde 1994: el expolicía cubano que aún teme ser detenido

Carlos Alberto Montoya Palomino pasó de oficial de la Policía a perseguido político tras comenzar a visitar una iglesia en 1994. Tres décadas después, denuncia que el hostigamiento del régimen alcanzó a sus hijos y le dejó profundas secuelas psicológicas.
Montoya y su esposa
Montoya y su esposa

LA HABANA.- Carlos Alberto Montoya Palomino tenía alrededor de 20 años y era oficial de la Policía cuando, en 1994, poco antes del Maleconazo, informó a sus superiores que había comenzado a asistir a una iglesia y quería acercarse a Dios. Según relata, aquella decisión marcó el inicio de décadas de represalias políticas, religiosas y económicas que terminaron alcanzando también a su esposa y a sus hijos.

“Los resultados fueron terribles: no solamente la burla, sino también las amenazas, la expulsión de la militancia de la Unión de Jóvenes Comunistas y el intento de expulsarme deshonrosamente de la Policía”, recuerda.

Asegura que, desde entonces, vivió bajo la amenaza constante de ser encarcelado. Después del Maleconazo, ocurrido el 5 de agosto de 1994, la Contrainteligencia Militar lo detuvo. Tres días más tarde le comunicaron oficialmente que había sido dado de baja del Ministerio del Interior (MININT).

De oficial de la Policía a perseguido político por su fe religiosa

“Ya yo estaba fuera del MININT y, aun así, seguía siendo acosado y estaba preso por disposición de la Contrainteligencia Militar”, sostiene.

Durante varios días, afirma, fue trasladado de un lugar a otro mientras esperaba un supuesto proceso judicial. Finalmente, lo enviaron a su casa hasta la celebración de lo que describe como una especie de “juicio de honor”, no un proceso penal.

En aquella reunión participaron oficiales de su mismo rango y superiores. De acuerdo con Montoya Palomino, todos coincidían en que había sido un buen militar, con resultados profesionales y valor demostrado. No existían cuestionamientos conocidos sobre su desempeño; lo que se analizaba era su nueva fe.

“El problema es que Montoya ahora es pentecostal. Empezó a visitar la iglesia y ahora es cristiano. ¿Qué creen ustedes?”, recuerda que dijo el capitán político de la unidad ante los demás oficiales.

A partir de ese momento, explica, la reunión adquirió un tono hostil. Sus antiguos compañeros comenzaron a interrogarlo y a plantearle situaciones hipotéticas para poner en duda su capacidad de actuar como policía.

Uno de ellos le preguntó qué haría si descubriera a un cristiano robando una bodega. Montoya respondió que esa persona tendría que ser detenida: “Si es un cristiano que está robando, ya no está actuando como cristiano, porque la Biblia dice: ‘No robarás’. Tiene que ir preso”.

Otro oficial utilizó el mandamiento “No matarás” para cuestionar si sería capaz de proteger a un compañero durante una operación.

“Me dijo: ‘Yo no confío en estar contigo en un operativo, porque si mañana alguien va a matarme y mi salvación depende de que tú mates a esa persona, como la Biblia dice “No matarás”, ¿qué haces? ¿Dejas que me maten?’”, rememora.

Montoya reconoce que, debido a su juventud y al escaso conocimiento religioso que tenía entonces, no supo desarrollar una respuesta. “Cuando eso pase, ya veremos qué sucede. No sé qué pasará”, contestó.

Castigo económico y persecución familiar

Tras su salida del MININT, comenzó otra etapa de hostigamiento. Según denuncia, cuando conseguía trabajo, agentes de la Seguridad del Estado visitaban el lugar y provocaban su despido.

“Dondequiera que yo iba a trabajar, ellos iban y me botaban. Al otro día de incorporarme me decían: ‘Usted no puede seguir trabajando’”, afirma.

Montoya considera que el objetivo era someterlo económicamente, impedirle mantener a su familia y provocar conflictos dentro de su hogar. Esa presión, asegura, se mantuvo durante décadas. Como ejemplo, menciona una multa de alrededor de 48.000 pesos que le impusieron presuntamente para obligarlo a entregar la licencia de su negocio.

“¿Para qué? Para que dejara el negocio y volviera a un estado de pobreza, sin economía para sostener a mi esposa y a mis hijos”, denuncia.

Cuando se casó y formó una familia, a partir de 1999, la persecución adquirió una nueva dimensión. Sus hijos, criados en la fe de sus padres y en una familia abiertamente anticomunista, se negaban a saludar la bandera y a cantar el Himno de Bayamo en la escuela.

La respuesta de las autoridades escolares, según su testimonio, fue suspenderlos y humillarlos. Recuerda especialmente una ocasión en la que una maestra intentó levantar por la fuerza la mano de su hijo Yohanan para obligarlo a saludar la bandera.

Montoya considera que crecer bajo ese hostigamiento puede provocar que los niños rechacen la religión de sus padres, al asociarla con el castigo, o que identifiquen al sistema político como responsable de la represión sufrida.

“Gracias a Dios, mis dos hijos terminaron siendo anticomunistas y mantuvieron la fe”, dice.

De policía a líder de una comunidad noájida

Actualmente, Carlos Alberto Montoya Palomino es moreh —término hebreo que significa maestro o instructor— de la Comunidad Noájida de Cuba.

El noajismo o movimiento Bnei Noaj es una corriente religiosa monoteísta dirigida a personas no judías y vinculada con la tradición del judaísmo. Sus seguidores no necesitan convertirse al judaísmo, sino que observan las llamadas Siete Leyes de Noé, que la tradición judía considera aplicables a toda la humanidad. Estas incluyen las prohibiciones de la idolatría, la blasfemia, el asesinato, el robo, las relaciones sexuales ilícitas y el consumo de una parte arrancada de un animal vivo, además del deber de establecer sistemas de justicia.

La tradición judía distingue estos siete preceptos universales de los 613 mandamientos que corresponden al pueblo judío. Por ello, los noájidas conservan su identidad como no judíos mientras estudian enseñanzas de la Torá relacionadas con esos principios.

Montoya no considera vergonzoso haber pertenecido a la Policía. Por el contrario, asegura que aquella experiencia le permite comparar lo que le enseñaron dentro del aparato represivo con el contenido de los derechos humanos y las garantías constitucionales.

“Para mí no es una vergüenza haber sido policía. Doy gracias a Dios porque estuve ahí y ahora sé lo que es eso”, afirma. También dice conocer de primera mano “el impacto espiritual y psicológico de vivir bajo represión y bajo un constante asedio político”.

“No duermo porque pienso que van a arrestarme”

Las consecuencias de aquella persecución siguen presentes. Montoya asegura que padece insomnio y permanece en estado de alerta ante la posibilidad de una nueva detención.

“No puedo conciliar el sueño. No duermo porque pienso que en algún momento voy a ser arrestado, que en algún momento van a llevarme”, confiesa.

Sus hijos lo llaman constantemente para comprobar cómo se encuentra y su esposa se comunica con él cada pocos minutos cuando sale a trabajar, por temor a que vuelva a ser detenido o desaparezca.

“Ellos temen que yo sea secuestrado de nuevo”, explica.

En una etapa llegó a llevar consigo una cadena para defenderse si era atacado por policías o agentes vestidos de civil. Reconoce que todavía lucha contra los pensamientos violentos que le provoca imaginar una nueva agresión.

“Si me atacan en la calle, si me mandan a un esbirro vestido de civil para golpearme, pienso qué haría, si lo mato. Es un daño psicológico muy malo”, admite.

Aunque asegura conservar intactas sus convicciones y su dignidad, no dice lo mismo de su salud emocional.

“Soy una persona enferma. No duermo bien”, concluye. “Estamos dañados psicológicamente por todo esto”

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