LA HABANA.- Donald Trump asegura que sí, pero Carlos Fernández de Cossío dice que no, al mismo tiempo que en el discurso del régimen comienzan a bajar el tono, en clara señal de que el mandatario norteamericano no está mintiendo, así como de que, probablemente, al viceministro de Relaciones Exteriores le ha tocado la “tarea” de hacerse el tonto, mientras Miguel Díaz-Canel va sobrecumplido en papelazos después de la sorpresa que le dieron con lo de Alejandro Gil.
No es que sientan pena por él —los Castro no sienten pena por nadie—, sino que, con otro despiste de tal magnitud, quedaría demasiado en evidencia que el “gobierno cubano”, más que una fantasía de atrezo, es como una estructura de doble capa, donde lo que usualmente vemos, aparentemente impenetrable, intransigente, terco y forrado de consignas, es pura distracción; mientras que, a lo interno (esos elementos que constituyen el verdadero poder pero que jamás logramos definir bien), resulta asombrosamente maleable, dúctil, cooperativo y sensato.
Sucedió con Barack Obama cuando la presión era mínima (y los militares desbordaban en sueños capitalistas) y, sin dudas, está sucediendo ahora, cuando están realmente bajo una cuenta regresiva, como bomba a punto de estallar, y cuando de aquellos planes ambiciosos de la “normalización” y el deshielo apenas quedan la incertidumbre de si los dólares acumulados los ayudarán a resistir otro año más y el miedo a quedar con las manos totalmente vacías si se agotan las opciones de diálogo.
En tal sentido, los militares cubanos del entorno de Raúl Castro no estarían dispuestos a perder ni más dinero ni la oportunidad que les han ofrecido, aun cuando el decorado de la escena tras la cual dialogan (a pequeña escala) y dialogarán (dentro de todo el espectro de temas que sea necesario para sobrevivir) sea ese tan ingenuo que muestra la prensa oficialista, aunque solo para conservar la vieja imagen de “duros”, de “indoblegables” que, aunque parezca una tontería, les resulta muy útil para complacer ideológicamente a ciertos tontos útiles. Los cuales están en todas partes: aquí, en Europa, Asia, América Latina y en los mismos Estados Unidos, donde se vendieron como el “azote del imperialismo”, aún esperan ese tipo de reacciones. Reacciones de los tiempos en que la extrema izquierda llamaba “guerrilla” y “grupos rebeldes” al terrorismo que practicaban, a partir de los manuales redactados en La Habana.
Sin dudas, hay temor. Se respira en el ambiente. Pero aunque parezca que al interior del régimen cunde el pánico, lo cierto es que lo ocurrido en Venezuela les ha ofrecido a algunos castristas altas posibilidades de supervivencia, casi como garantías, quizás mucho más esperanzadoras que cuando Obama, en tanto a la meticulosa extracción de Nicolás Maduro no siguió inmediatamente el reemplazo del chavismo, sino su transformación a partir de la conservación de su núcleo de poder, bajo condicionamientos de la Casa Blanca, algo que muy pocos, incluso en Cuba y Venezuela, imaginaron que sucedería o que sería posible.
Donald Trump, teniendo los recursos para hacerlo, no destruyó el núcleo del chavismo; incluso le ha permitido a este que continúe mostrando, como “para salvar la honra” y simular las traiciones internas, esa capa externa solo discursivamente alineada con La Habana, pero en la práctica desentendida totalmente de los compromisos políticos y económicos adquiridos antes del 3 de enero. Un mensaje claro que el castrismo parece haber entendido, apenas recuperado del trauma de perder, con Venezuela, la única verdadera garantía de un Plan B, en caso de que definitivamente se perdiera el Plan A de las siempre anheladas negociaciones con los Estados Unidos.
Ahora se han encontrado en una situación no contemplada, y que pudiera ser favorable o no según la sepan aprovechar o dejar escapar. Si los militares cubanos de verdad entendieron bien lo ocurrido en Venezuela, en las circunstancias de ahora deberían agarrar la mejor oportunidad de sus vidas, aceptando las garantías que les ofrecen y la transición política que el pueblo cubano necesita con urgencia.
Rusia, China y México jamás han sido garantía de nada ni tendrán la importancia que tuvo Venezuela para los planes de los militares cubanos una vez perdidas las oportunidades con Washington. Tampoco Vietnam, adonde han corrido veloces en estos días a pedir algo más que arroz como ayuda urgente, quién sabe si hasta alguna intermediación más “confiable” que la mexicana, en tanto lo que se acepte y lo que se ofrezca quedaría entre comunistas “profesionales” (con similares ambiciones), y la heredera de AMLO, además de comunista “aficionada”, ya tiene dolores de cabeza que aliviar dentro de México para cargarse encima los asuntos del castrismo.
El régimen, quizás por primera vez en todos estos años de dictadura, se ha quedado absolutamente solo y sin otra opción que aceptar lo que tienen para ofrecerle, amén de lo que diga esa “capa externa”, conformada por los Díaz-Canel y los Fernández de Cossío, que quizás de verdad no se enteran de que están haciendo el ridículo cuando niegan lo que es evidente y cuando ofrecen una “sangre” que ningún militar está dispuesto a derramar.
Pero lo cierto es que hacen el papel de tontos porque es lo que les toca (así que no es con ellos la negociación, más bien son lo negociado), pero, visto cómo evolucionan las cosas en Venezuela, quizás hasta les toque desempeñar otros papeles más importantes, difíciles y hasta riesgosos en el futuro inmediato.








