Subrayo. Mientras leo, incrustada en el sofá, me convierto en un trozo de carne que no tiene nada más que hacer. Este gesto lo hago, principalmente, por imitación. Luego vienen las otras justificaciones: creer que recordaré una frase, volver a páginas específicas, sentir intimidad entre las líneas y yo, como si el subrayado pudiera sostenerme un poco más. Ahí me encuentro y podría abandonarme a esa fascinación.
A veces subrayar se vuelve un acto de procrastinación frente a la propia lectura –porque leer y entender no siempre suceden al mismo tiempo– y una escapatoria oportuna para no tener que escribir. Cuando subrayo, me engaño; juego a creer que fui yo quien adivinó esas palabras:
“Nada más hacerse de día, sigo soñando con que soy un ladrón que, ansiosamente, ha robado algo, pero con mucho esfuerzo consigo despertarme”
Esta oración fue cubierta de azul y contemplada muchas veces. Creo que su belleza radica en la ambigüedad: habita la vigilia y el sueño, la imposibilidad de empezar el día. El ladrón –¿culpa recurrente o deseo disruptivo? ¿Qué se roba cuando no se sabe que se ha robado?–. El despertar llega con agonía. No libera, solo interrumpe.
Tengo que confesar que, cuando leí este fragmento, no me hice tales preguntas. Solo sentí escalofríos y un entendimiento precario, producto de mi insustancial generación. Algo se sacudía sin comprenderlo del todo. He soñado muchas veces con amenazas: en ocasiones el peligro me persigue, y en otras –y estas son las peores– es de mí de quien huyen. Me levanto y siento mis manos contaminadas, un sudor agrio me contamina. Lo siento por mí y también por ti y por tus sueños, porque, al final, y no lo escribiré yo: “¿No era cierto que todos los que vivían bajo ese techo tenían ese mismo sueño recurrente?”
Mi sangre transporta una memoria cultural residual. Comienza con la violación de mis antepasadas negras y con la creación de este espécimen –yo– al que hoy denominan mulata. Después, mi apellido arrastra, letra por letra, la palabra migración. Es de origen árabe y etimológicamente significa dispersión o separación: la imagen de tribus que se fragmentan en busca de agua. Estas familias emigraron a América Latina por múltiples causas: el servicio militar obligatorio del ejército otomano, una profunda crisis económica y social provocada por la caída de la industria de la seda y, finalmente, la tremenda hambruna vivida durante la Primera Guerra Mundial. Mis bisabuelos huyeron y se asentaron en Santiago de Cuba. Según cuenta mi padre, enviaron dinero a Siria y lograron comprar un terreno que les aseguraba volver; pero no regresaron. Los hijos –y los hijos de los hijos– atravesaron la dictadura de Machado, luego la de Batista y aún la de Castro. No huyeron a Siria, ni a ninguna otra parte y, de haberlo hecho, ¿hubiera cesado la huida? ¿Un hombre liberado es un hombre libre? Sospecho que la libertad es esa búsqueda persistente; una genealogía del escape donde cada huida es, en realidad, un acto de resignificación.
Mi exilio se diferencia del de mis bisabuelos en que yo no tengo ahorros para comprar un terreno, y mucho menos ansío un regreso. Aquí, en España, habito un cuarto diminuto, pago una renta absurda, me alimento y trabajo. A veces, incluso, leo y subrayo. Definitivamente no tendré tierra propia, ¿quién de mi generación la tendrá? Nos hemos convertido en expertos de la supervivencia en el margen, habitando estructuras inestables, aceptando el cansancio como condición biológica y no política.
Sin embargo, este agotamiento no es un accidente, es un aparato formativo. Existe una línea invisible que conecta las migraciones con los campos de exterminio de aves en la China de Mao Zedong. En aquel entonces, se lanzó una campaña de exterminio: la campaña de las cuatro plagas. Las aves, consideradas enemigas de la agricultura y de la productividad, fueron cazadas mediante una guerra de ruido hasta quebrar el equilibrio ecológico. Ollas, sartenes, tambores y gongs resonaban durante días, impidiéndoles posarse, hasta que morían de agotamiento.
Esa misma guerra de ruido es la que hoy nos impide el descanso; una resonancia que atraviesa y perfora. No cesó en la bunkerización de Albania, ni en la vigilancia de la Stasi, ni en la zafra de los diez millones en Cuba, y mucho menos en los estruendosos actos de repudio del Maleconazo.
Se repite siempre la misma lección: agotar los cuerpos hasta romperlos. Somos, al final, el resultado de esa misma pedagogía del fracaso, intentando posarnos en una tierra que otros han decidido mantener en un zumbido constante.
Ella escribió: “En una esquina de la casa ha crecido un hongo extraño que es del tamaño de una cabeza humana, y del techo, cuando menos te lo esperas, sale una pierna, y está lleno de arañas. Tú te vas a dormir cada día bajo ese techo ¿te has acostumbrado?”
Yo subrayé: “––Llevo unos días verdaderamente cansados… ––Su voz sonó como un zumbido, y también se oyeron crujir los huesos de sus rodillas. Habló mientras bostezaba de nuevo”.
El título del libro es Nubes flotantes ya envejecidas. La alusión a una atmósfera de decadencia y estancamiento fue el anzuelo perfecto para adquirirlo. Las nubes, que deberían ser etéreas y transitorias, aparecen envejecidas, sugiriendo un mundo donde incluso lo inmaterial está desgastado. Esa contaminación que impregna el título se manifiesta también en el nombre que la autora eligió para habitar el mundo literario: Can Xue. No solo es un pseudónimo; es una declaración de resistencia ante ese agotamiento. Can (残) es un sinograma chino cargado de significado: lo roto, lo herido, lo incompleto. Habla de restos, fragmentos de aquello que persiste después de un desastre. Xue (雪) significa nieve. Juntos (残雪)se traduce como nieve residual, y su resonancia es doble.
Por un lado, evoca la nieve al final del invierno: resistiéndose a desaparecer, sucia, pisoteada, sobreviviendo pese a todo. También sugiere esa nieve perpetua en la cima de la montaña, intacta y fría, aislada y eterna.
Al leerla, entiendo que la fatiga y el absurdo de la cotidianidad no son solo mías. Me entrego a la fascinación de lo colectivo, de la memoria y la repetición histórica.
Como en “La lotería en Babilonia”, de Borges, el cansancio no es una anomalía sino una regla del juego. En el cuento, el fracaso enseña la lección del mundo: no hay control real sobre la vida, solo sobre cómo soportar la incertidumbre.
Juego a imaginar que el ladrón de Borges, condenado a la indiferencia y conservando su cabeza a pesar de robar el pan, es menos grave que el ladrón de Can Xue. De este último desconocemos lo que ansía y los actos que realiza una vez en la vigilia.
Borges escribe: “el soñador que se despierta de golpe y ahoga con las manos a la mujer que duerme a su lado”.
Especulemos que Can Xue le responde: “A mí por las noches me gusta dormir sobre un par de ladrillos que utilizo como almohada. Esto me tranquiliza. Sé que, si alguien me ataca, tengo ladrillos para defenderme”.
¿De dónde nace esta declaración ansiosa y persecutoria? Si Can Xue es la nieve residual ¿quién camina sobre ella? ¿Solo nos quedan los restos sucios de una historia que no elegimos? ¿Es posible mantenerse puro en un engranaje viciado, vomitorio y hemorrágico?
El ladrón no busca un tesoro; roba espacio, roba aire, roba el derecho a no estar cansado. Al despertar, ese sudor agrio en las manos no es más que el rastro de haber intentado retener la nieve mientras se deshace. Dormimos sobre ladrillos bajo el techo del hongo, entre el ruido y el agotamiento. Aun así, nos negamos a desaparecer.
Aunque todas estas teorías pueden ser producto de la comodidad de mi sofá, hay algo más concreto con lo que podría explicarlo mejor.
Ella sobrevivió su infancia comiendo flores de calabaza, hierbas y ropa vieja –no la carne desmechada de vaca, sino la lana de los suéteres que tenía en casa–. Con la llegada de la Revolución Cultural y su promesa de purificación social, tuvo que refugiarse en una montaña, lejos del ruido y de la persecución. Mientras sus padres estaban en campos de reeducación y su abuela moría por exceso de trabajo (过劳死), ella habitaba un refugio diminuto y oscuro bajo unas escaleras. Allí, en ese espacio claustrofóbico, se acompañó de los textos de Borges, Kafka, Cervantes, Beckett.
Tal vez en esa estancia subrayaba un fragmento de Kafka: “ –Dios me libre–, que mientras cavo desesperadamente, aunque sea en un ligero terraplén, sienta los dientes de mi perseguidor en los muslos. No sólo hay enemigos externos que me amenazan; también los hay en el interior de la tierra”.
Esa habitación bajo las escaleras no solo fue su refugio, sino el laboratorio de su lenguaje. Para Can Xue la narrativa no es una línea recta, sino una actuación del alma, una estructura que se despliega con la urgencia y el riesgo de una performance. Su estilo, a menudo etiquetado como surrealista o vanguardista, es en realidad un realismo extremado. Es el realismo de quien ha comprendido que, cuando el mundo exterior se convierte en una pesadilla totalitaria, el único espacio de libertad es la paranoia interna. De ahí que cobre un sentido doloroso aquella frase popular: si Kafka hubiese nacido en Cuba sería un escritor costumbrista. En el universo de Xue, lo absurdo no es una fuga de la realidad, sino su retrato más fiel: “Numerosos insectos hacían su aparición en las paredes y en las ventanas, trepando sobre ella como un ritual que parecía repetirse desde tiempos inmemoriales, atraídos por la descomposición de todo aquello que solía estar vivo, atraídos en definitiva por la muerte”.
Esa claustrofobia de los años bajo las escaleras se derrama en su prosa como patología. En sus textos, el espacio físico es traicionero: el tiempo se diluye, las distancias se estiran y los cuerpos se fragmentan en una geografía de la sospecha. No hay trama que buscar, porque en la supervivencia no existe un camino estable, sino una sucesión de estados de alerta. La realidad aparece infectada; es una narrativa de la contaminación donde el entorno y el individuo se traspasan y contagian sus propias enfermedades. Sus escenarios son focos de propagación de un miedo crónico. Nos recuerda que bajo un techo enfermo aceptamos la infección como parte del paisaje: “Mis sueños están llenos de ruidos…, y desde el amanecer oigo los pasos de alguien, siempre los oigo, pasos que se acercan a mí y están cada vez más cerca… ¿Qué va a pasar de mí si vivo muchos años? ¿No crees que me voy a volver loco?”
Can Xue escribe mediante un método que denomina “escritura automática consciente”. Sin planes ni esquemas, se sienta frente al papel y permite que el inconsciente dicte las imágenes, sumergiéndose en un trance alucinatorio. Es una literatura que renuncia a la mediación del intelecto para apelar, directamente, al sistema nervioso. Sus personajes carecen de una psicología convencional; son pulsiones puras, miedos que caminan, seres suspendidos en la espera de algo que nunca termina de materializarse. Una nueva carne, enferma: “Qué extraño, ¿cómo hemos podido vivir tantos años en estas circunstancias? ¿Por qué no hemos colapsado mucho antes?”
Leerla es entrar en una lógica de pesadilla donde lo cotidiano se vuelve monstruoso. Hace uso de la fábula y de elementos oníricos para explorar los umbrales. Su prosa es un fragmento de esa China que intentó borrar lo individual mediante el ruido. Ella responde al ruido del Estado con silencio poblado de visiones. Su obra es, en última instancia, una venganza contra el orden totalitario. Can Xue ofrece el caos sagrado de lo subjetivo.
Ella insiste en la conciencia radical de sí misma: en el acto de cuestionar y negarse a perseguir los sueños de otros, especialmente aquellos que nos han sido impuestos por la maquinaria del estado o la tradición. Sin embargo, esta soberanía individual no anula lo colectivo; por el contrario, su narrativa exuda el concepto filosófico chino: unidad cielo-hombre (天人合). Significa literalmente el cielo y el ser humano hechos uno, formando una totalidad invisible.
“Cuando hablas de ella, creo que eres tú quien te estás hablando a ti misma”.
Ella sabe que no escribe para todos, busca “lectores cómplices”. Ha dicho que su lector ideal es alguien que cree “en el amor y la creación”. Los dos son conceptos abstractos –no abandona su particular subjetividad ni para reclamar a su público–. En otra entrevista declaró: “Detesto de todo corazón escribir para seguir a la multitud”. En ese rechazo se lee su rebeldía. Es la determinación de quien prefiere la soledad de su propia voz antes que sumarse al ruido de los demás.
Can Xue, desde su pesadilla nublada, construye personajes que están atrapados por los celos y el odio mutuo. Se mueven indefensos por un entorno traumático. En vez de protegerse se pisotean los unos a los otros y repiten los errores de la historia. En sus palabras veo mi propia sombra, aquello de lo que me protejo y aquello de lo que, inevitablemente, formo parte. En la lógica de la supervivencia, el otro deja de ser un prójimo para convertirse en el hongo que nos disputa el aire. Nos pisoteamos porque creemos que no hay suelo para todos.
Ella nunca ha salido de China; su obra sugiere que se puede ser un extraño sin abandonar la frontera, habitando el propio país como quien recorre un territorio ajeno.
Bajo este peso regreso a mi refugio. Sigo incrustada en el sofá, nublada y fracasada. No es una glorificación del fracaso; es, más bien, un beso al desengaño que me permite habitar los espacios con el menor ruido posible. Ante la verdad descorazonada de Brodsky: “el exilio te lleva en una noche a donde normalmente te hubiera tomado una vida llegar”; subrayar es mi ancla, mi forma de no ceder al agotamiento. En las páginas de Can Xue, encuentro un mapa donde reconocerme; una extraña ternura con la cual sostener las pesadillas y estas manos sucias de ladrona.
Por un instante se disipa la paranoia de la exposición o el temor a que me roben la nada que me queda. En mi confusión elijo seguir soñando: ser el ladrón que ansiosamente ha robado algo, aunque ese “algo” sea apenas un pedazo de sentido.
En esta habitación diminuta, bajo un techo que no me pertenece, sigo cavando mi propio terraplén. Soy consciente de los hongos, del insomnio y de la lotería que me trajo aquí. No tengo tierras a las que volver; solo me queda esa nieve residual –los restos sucios de una historia que insiste en no derretirse– y la fe pura en el amor y la creación.
Me queda el subrayado. Con este gesto, aunque el sudor se me impregne en las sábanas, consigo, por fin, despertarme.


