Estudio ST, una de las productoras independientes más influyentes del cine cubano contemporáneo, ha puesto a disposición del público, gratuitamente, cinco películas realizadas en los últimos años por jóvenes cineastas de la isla.
Desde la víspera de Navidad hasta este domingo 28 de diciembre, los espectadores interesados en la última ola del séptimo arte cubano –que se verifica tanto dentro del país como en la diáspora– podrán ver en el canal de YouTube de Estudio ST los cortometrajes Blue (2023), de Violena Ampudia; El rodeo (2021), de Carlos Melián; El niño de goma (2020), de Marcos Díaz; El secadero (2029), de José Luis Aparicio, y ¿Qué Remedio? La parranda, de Daniela Muñoz.
“Blue es registro, compendio y sistematización del taller de cianotipia organizado por Violena Ampudia con mujeres que experimentaron depresión posparto y tradujeron sus angustias, culpas, aflicciones y desasosiegos en una suerte de colección de autorretratos simbólicos que componen un testimonio coral sobre los diversos efectos de la onda expansiva del alumbramiento”, reseñaba en Rialta Magazine Antonio Enrique González Rojas. “Blue demanda una disposición perceptiva bien alerta, que permita al receptor bilocalizar su atención, para desplegar al unísono dos modos de interpretación. Como la doble naturaleza física de la luz. Ondas y partículas en armonía”.
El filme de Melián, ha dicho Dean Luis Reyes, “se alimenta de ese hartazgo de la realidad factual”: la de Cuba, por supuesto. Y en tal sentido es también una obra que –como otras de los últimos años en el ámbito independiente– “pone en crisis” eso que hemos dado en llamar “cine cubano”.
“Carlos Amílcar Melián, su director, que filma y habla como un místico, y se deja llevar por una sensación de extrañeza envolvente, urde esta fábula como se narra un sueño”, observaba a continuación el crítico. “Lo irreal del mundo que este corto expresa va más allá de cualquier resorte de género, porque su deseo es poner en escena una blanda alegoría de una dimensión secreta a la que las películas cubanas apenas se asoman. A su manera, obedece a los mismos gestos de aquella oscura cabeza negadora de la literatura cubana que fuera Virgilio Piñera, quien, cansado del sol enceguecedor del trópico, se puso a mirar desde la sombra y descubrió un cosmos de infinita riqueza”.
En aquella entrevista, el cineasta apuntaba sobre su proceso creativo: “El rodeo me pareció siempre muy teatral, muy ficticio, muy de puesta en escena. Lo sentía –ahora lo noto– como una de esas representaciones del nacimiento del niño Jesús que se colocan en las iglesias durante navidad. Quise montar una recreación sagrada inventada de punta a cabo, donde en vez de recreaciones humanas en yeso o plástico haya personas reales. Hay planos ahí que para mí parecen pinturas naifs sin hacer evidente tal manierismo. Y esto sí estuvo en mi cabeza todo el tiempo, había un trasfondo del arte naif en mi cerebro. Mella, por demás, el pueblo donde filmamos, es un foco importante en Cuba de arte naif”.
En palabras de Ángel Pérez, esta es la sinopsis de El niño de goma: “un matrimonio, evidentemente de una posición económica privilegiada –según nos deja saber la dirección de arte y la puesta en escena–, regresa a casa en su auto en plena madrugada. Luego de sufrir un choque repentino, sospecha haber atropellado a alguna persona, razón que lleva a la mujer a retornar hacia el lugar del accidente para corroborar lo sucedido. Allí se encuentra con un joven tendido en el piso. Para su sorpresa, el muchacho está vivo, así que le proponen llevarlo a su casa, después de que él se negara a ir a un hospital”.
Aquella reseña en nuestra revista concluía con un veredicto no solo alentador, sino confirmatorio: “Este director ha consumado una suerte de alegoría sobre dos perfiles que comienzan a definir una imagen de Cuba”, escribía Pérez. “En el acentuado contraste ente el mundo de uno y otros –muy bien resuelto esencialmente en la caracterización de los personajes– tiene El niño de goma su mayor audacia; en apenas unos minutos, se logra una profundidad discursiva extraña a este tipo de material. Sin demasiada gravedad expresiva, este filme demuestra, una vez más, la potencia con que las voces del cine cubano independiente se asen a la Cuba de hoy”.
El propio director José Luis Aparicio invitó este martes en las redes sociales de Estudio ST a ver El secadero, “una comedia negra […] ambientada en La Habana de 1993, reconstruida a través de la memoria y la ficción”.
Entrevistado en Rialta Magazine, el cineasta recordaba que, cuando estudiaba cine en La Habana, algunos de sus ejercicios académicos “fueron incomprendidos por raros o crípticos, por criterios estéticos y no esencialmente políticos”. Luego, su proyecto de tesis, El secadero, “fue censurado por tener personajes policías, y se convirtió en mi primer trabajo independiente desde el punto de vista productivo (fuera de la escuela). Censurado en la facultad, pero exhibido públicamente en festivales del Estado y también en los independientes”.
Por supuesto, ¿Qué Remedio? La parranda –cuya directora es también, junto Leila Montero, una de principales artífices de Estudio ST– remite a esa “pequeña ciudad en el centro de Cuba” y a la que acaso sea la festividad local más célebre de la isla. “Allí todo el año gira en torno al 24 de diciembre”, reza la sinopsis. “Ese día se celebran las parrandas, una de las fiestas tradicionales más populares de la isla. Dos barrios, El Carmen y San Salvador, compiten a través de la creación de carrozas, trabajos de plaza y fuegos artificiales. A lo largo de casi dos siglos, los parranderos han enfrentado disímiles adversidades para mantener su tradición. Hoy buscan vías para frenar el declive de la festividad”.

