‘Its Just a Matter of Time’, Félix González-Torres, 1992 (FOTO Andrea Rose Gallery)

Alguien muy querido me envía un video donde un sabio indio (de la India), en una visión moderna y optimista del memento mori, esboza una tesis: usted será más feliz en la medida en que sea más consciente de su mortalidad.

Quien no adopta dicha mentalidad, o al menos algo cercano, está jodido, supuestamente. De ahí las ansiedades, las neurosis; de vivir en el futuro. O las depresiones, que son vivir en el pasado. En definitiva, ni el futuro ni el pasado existen. Sólo hay aquí, ahora. Hic et Nunc. El tiempo es una ilusión, y para colmo, también es relativo. Pero, ¿qué coño es el tiempo?

Yo solo sé que con frecuencia paso noches en vela, que la madrugada me produce una borrachera extraña, un estado de conciencia distinto a la vigilia del día, y que la temporalidad es una de las cosas que más me atormenta, a veces me produce cierta desazón el saber que todo puede (debe) tener un final. Tres o cuatro años atrás, leyendo a Cabrera Infante, me sorprendió mucho descubrir que él había detectado, hace más de medio siglo, la superstición habanera de preferir el “hasta luego” por encima del “adiós” (me vi descrita y me dio mucha risa). Es como si temiéramos invocar un final definitivo.

Me considero una persona bastante paciente. Bastante. Durante algún tiempo el grifo del fregadero de mi casa estuvo tupido, el chorro que salía no era un chorro, era un hilo raquítico y fregar, un ejercicio de paciencia. O al menos así preferí asumirlo. Pero ningún ejercicio de esa índole supera al que ha hecho la gente en Cuba durante los últimos sesenta años, específicamente quienes siguen creyendo, o quienes hasta hace poco creyeron en “el proyecto”. Quienes decidieron esperar y sacrificarse en pos de un futuro glorioso que nunca llegó y a quienes se les fue la vida en lo que esperaban. La apoteosis de la paciencia. Paciencia que no se agotó (cuando eso ocurre la gente explota, toma acción), sólo se extinguió de a poco, como las vidas de sus dueños. Qué horror que un gobierno haya logrado generar eso, en términos de tiempo, digo. El 1ro de enero de 1959 marcó una entrada al pasado, una regresión a una época recóndita, simbiosis de Medioevo con Despotismo Ilustrado.

Habito un país donde coexisten, ora yuxtapuestos, ora superpuestos, varios planos de tiempo, varias épocas. Eso tiene su encanto, parece. Sobre todo para los extranjeros. Cuba es hermosa, sí, pero para verla de visita, como cuando vas al zoológico. Unos amigos indios que viven en Estados Unidos hace treinta años, se maravillaban de cómo la gente anda con calma aquí en la calle. Es como si el tiempo corriera de modo diferente al resto del planeta, como si fuéramos inmunes. Eso está en llama porque al final la vida sí le pasa factura a todo el mundo, a todos nos toca la misma dosis de veinticuatro horas al día. Y hoy te acuestas a dormir con 28 años y mañana despiertas con 55 y, ¿qué has hecho? Creo que mi primer pensamiento de esta clase fue como a los 17, cuando caí en la cuenta de que un niño dos años más chiquito que yo –¡dos años!– ya estaba cantando hits mundiales: Justin Bieber.

En febrero del año pasado, visité Camarones, un pueblito cienfueguero de posguerra, donde no ponía un pie desde hacía una década. Aquello estaba igual, más demacrado el paisaje y los rostros, pero todos en las mismas, como si la vida pasara por ellos y no ellos por la vida.

En Cuba no importa lo que decidas hacer, si es algo que implica gestión, una cola, un trámite X, sabes que cuando sales a hacerlo será probablemente la mitad del día dedicado a ello. Mi solución es huir, prescindir de lo que sea, pagar mucho más de lo que cuesta el producto que busco, con tal de ahorrarme el proceso y la energía. Pero eso es un privilegio, ya sé.

Al doblar de mi casa, sobre un basurero, hay un grafiti que dice: no voy a ningún lado, pero tengo prisa. ¿Así andamos? Desconozco. De todos modos, yo lo que siento es que aquí el tiempo se dilata. El calor todo lo dilata, ya se sabe. Cuba es un país donde la energía sexual es muy intensa; La Habana, cuenta la leyenda, es una de las ciudades del mundo donde más sexualmente activa es la población (esto a mí siempre me ha parecido uno de los tantos mitos y exageraciones que definen a los cubanos, pero bue). Aquí “la gente camina que parece que hace música”, me dijo alguien una vez. Música, que es precisamente el arte del tiempo. Los seres humanos son lo mismo en todas partes, sólo que aquí entre la temperatura y el subdesarrollo, la gente se detiene más en aquello, porque no se pasan el día pensando en trabajo, digo yo. Para los cubanos el tiempo no es dinero. Hay mucho ocio, vagancia, se vive con una calma pastosa. ¿No es en los países más pobres donde la tasa de natalidad y de ITS son mayores? Estamos en un estado más primitivo de la existencia, siempre lo he creído.

Se pierde mucho tiempo en esta ciudad (país). Algo tan básico como trasladarse de un sitio a otro, incluso distancias cortas, se vuelve versión extendida del corte del director. De La Víbora al Vedado, vaya. 8 kilómetros. 10-15 min en carro. En lo que camino hasta la calzada, que espero que pare un botero /rutero / taxidirectomami, que hago el trayecto, se me fue una hora. Cuatro, cinco veces el tiempo “real”. Y esta temporadilla que recién pasamos sin transporte, con caminatas intermunicipales incluidas… Paraíso fitness. Me resulta curioso cómo hace rato la temporalidad ha sustituido a la espacialidad, las distancias físicas se miden en tiempo, “vivo a 45 minutos de Madrid Centro, a dos horas del DF, a 3 de New Jersey”. ¿Será porque en las grandes urbes las distancias son tan largas que es más económico hablar en términos de tiempo? No tengo idea. En todo caso, en La Habana, que todo está cerca, todo se aleja, según cuánto nos demoremos en llegar. Me pregunto cuál será la diferencia entre la velocidad máxima permitida en Cuba y la permitida en Japón.

Recuerdo cuando empecé a coger carros en lugar de guaguas, por allá por el segundo o tercer año de la carrera. Devino un vicio, cada vez tenía que hacerlo más. En realidad, lo que pasó fue que me cambió la percepción del tiempo. Supongo que algo parecido, mucho más intenso, sintieron los humanos que vivieron los inicios del ferrocarril. Pasar del quitrín al tren no es cualquier cosa. Cambia la tecnología y cambia la visión del mundo. Literalmente, en este caso. Cambió el paisaje geográfico y el paisaje espiritual, de pronto un viaje de una semana se convirtió en un viaje de horas. El mundo empezó a estar más cerca.

He visto gente que anda con relojes detenidos (cosa deprimente). He visto gente que anda con dos relojes. He visto, incluso, gente que anda con reloj analógico y no se lo saben. Pagaría por ver qué responderían en cada caso si alguien les preguntara la hora…

El sabio indio del que hablé al inicio se llama Sadhguru. Ha pasado mucho desde aquel video, desde entonces lo sigo. Me ha venido bien. Ese mismo sabio dice: el tiempo corre sin tu permiso. Claro, es el único recurso no renovable, no se recupera. Por eso yo cada vez filtro más con quién lo invierto (no tanto el en qué, sin embargo). Hace poco vi un reportaje donde se analizaban grupos de personas centenarias en varios lugares del mundo y el elemento definitorio primordial –más allá de la dieta, la zona geográfica, el estilo de vida, etc.– fue que eran personas que pasaban mucho tiempo junto a sus seres queridos. Eso me pareció hermoso… Piensa en el tiempo que alguien te dedica, en el que tú dedicas a alguien. Ahí está el escalafón de quién te importa más y quién menos y a quién importas más y a quién menos. Se dice que cuando alguien lo que demanda de ti es tu tiempo y no tu dinero, es porque te ama. Yo creo que es verdad (al menos cuando de personas conocidas se trata, no de entidades etéreas como las redes sociales). Lo sabrán quienes hayan tenido una relación a distancia. Y es curioso porque los sitios asociados a cierta parte del viaje a mí se me hacen como zonas francas, atemporales; los aeropuertos, las embajadas, a veces los siento como las islas Malvinas, como Cachemira, como el Caribe del siglo XVIII: tierras de dueños borrosos. No-lugares a veces en paz, a veces en disputa, siempre levitando.

Sobre eso de verse de Pascuas a San Juan, decía una amiga: “amor de lejos, amor de pendejos”; y decía otra: “amor a distancia, tarro en abundancia”. Y no es que no funcione, es que simplemente es molesto. Creo que incluso en los casos de relaciones sólidas y con metas súper claras, siempre hay una dosis de incertidumbre pinchando el centro de la espalda. Joder, es que hasta se olvidan cosas. Una visión, un tacto, un olor… Y uno no debería olvidar eso, ¿no? Yo quisiera poder recordarlo todo como en una película en VR…

Félix González-Torres tiene una pieza hermosa y terrible, del 92 –año en que nací, por cierto–: vallas publicitarias con la frase “It’s just a matter of time” en letras góticas, blancas, sobre un fondo negro, ubicadas en varias ciudades, en varios idiomas. Veo eso y pienso en la muerte, como hecho y como símbolo; en ciclos que cierran; en finales que acechan. Las vallas publicitarias anuncian, venden. ¿Qué se nos está vendiendo aquí? ¿Incertidumbre o certeza? Me recuerda el “falta poco” de las camisetas de Porno para Ricardo, ¿falta poco para qué? ¿es sólo una cuestión de tiempo qué? Da lo mismo, cada cual tendrá una respuesta diferente y todas serán correctas. Nadie escapa. Y bueno, está Perfect Lovers, que es de una belleza triste muy grande. (Parece que Félix tenía también su obsesión con el tiempo.) Durante años, en mi ingenuidad, pensé que los relojes estarían eternamente sincronizados, que así se suponía, que si fuera preciso habría alguien encargado de asegurarse de ello. Hasta que un día un amigo me dijo que no era así, que al contrario, que lo que se supone es que a la larga se desfasen. Eso me afligió, se me rompió un mito. Perfect Lovers es una pieza musical, porque cambia en el tiempo. Es un adagio en tonalidad menor.

¿Cuántos de ustedes pueden detenerse a sólo escuchar música, sin hacer más nada? Apuesto que no muchos. Las canciones de pop antes, dígase en los 2000, duraban como promedio cuatro minutos, ahora duran tres minutos y treinta segundos. Si en Spotify escuchas mínimo 30 segundos de cinco canciones de Bad Bunny, por ejemplo, que duran promedio tres minutos, te lo recomiendan más a él que al artista de una canción de diez minutos si la escuchas completa. Se compite por tu tiempo, y al cabo da la impresión de que el que más tiempo te roba es el que menos tiempo te roba. Todos ganan. O no. El caso es que hay un precipitarse constante, un imperio de la precocidad. Pero vamos, ¿hay algo más mediocre que una eyaculación precoz?

Somos la “one minute society”, una sociedad con ADHD, a la que le cuesta trabajo concentrarse porque hay muchas distracciones, unatrasotraunatrasotraunatrasotra. Y lo que es ¿peor?: demasiadas opciones. La famosa “paradoja de la elección” plantea justamente que tener más libertad de elección, por tener más opciones, lo que hace es quitarnos esa misma libertad, porque el proceso de seleccionar se vuelve agotador, produce angustia, ansiedad, insatisfacción y hasta arrepentimiento, “mierda, debí haber seleccionado otra opción, de seguro había otra variante mejor, etc.”. Aquí en Cuba no sufrimos este problema, no hay variedad de nada. Yo lo sentí por primera vez la primera vez que salí de la isla, fui al mercado a comprar un producto X y regresé a la hora y media con una variante más X todavía y tremendo dolor de cabeza. Luego un amigo comentó (diría “acuñó”, pero no estoy segura) este concepto: “fatiga selectiva”. Ahora lo uso cada dos por tres.

Arturo Pérez-Reverte propone darle a la lentitud el respeto que se merece y tomarnos tiempo para cada cosa, y así hacerla de modo más eficaz y de paso disfrutarla más. ¿Qué malcriadez millenial es esa de estresarse porque un envío (léase: lo que sea) no llega en menos de lo que pestañea un chino? Diablos. Sé que “la espera desespera” pero hay cosas peores que un mensaje dejado en visto. Y así como no es lo mismo esperar los resultados de un examen, que esperar en la línea para entrar al concierto de tu banda favorita, tampoco es lo mismo esperar como Penélope, que esperar como Arya Stark. Por mi parte, procuro tomarme mi tiempo para todo –o casi todo–, y a veces no lo hago a conciencia, llega a ser algo casi incondicionado. Bueno, en realidad creo que es una cuestión de circunstancias, es según el caso… Reconozco que en ocasiones me excedo, suelo llegar tarde a los lugares, por ejemplo, esa es una de mis luchas conmigo. Hay quien gusta de matar el tiempo, yo no, yo sólo lo tomo y lo doy, no hay aburrimiento posible.

En inglés, fast, como adjetivo y como adverbio, significa rápido; pero como sustantivo y como verbo significa ayuno y ayunar, respectivamente. Es gracioso, me gustaría saber qué tan rápido pasa el tiempo para quien ayuna. Apuesto que no mucho para quienes hacen lo que el gobierno aquí llama “ayuno voluntario”, ese eufemismo ridículo con que nombran las huelgas de hambre (a esto volveré en un par de párrafos). Son una delicia esas sutilezas lingüísticas de las culturas anglosajona y latina. Entre mis favoritas está una expresión, popular en Miami: “to run in Cuban time”, usada para referirse a cuando alguien se demora más de lo debido. Recuérdese que en inglés el presente perfecto es un tiempo pasado en español, aunque en la realidad sea al revés. Se dice que registrar una empresa en Estados Unidos te toma tres horas, y en España, tres semanas.

He comenzado a implementar el método Pomodoro: trabajar 25 minutos, descansar 5, así 4 vueltas y luego descansar 10-15 minutos; luego volver a empezar el ciclo y así estar 2, 3, 4, la cantidad de horas que más cómoda nos sea. Aún no me acostumbro, estoy explorando variantes. Todo lo antes dicho no implica que sea yo paradigma de la productividad alguno. Para nada. Pierdo tiempo, lo desperdicio a sabiendas. O para decirlo a la moda: procrastino. El hecho de estar aquí ahora mismo escribiendo esto cuando tengo tantas otras cosas más relevantes que atender. O el hecho de que empecé estas notas no sé ni en qué mes y las vengo a terminar ahora, al cabo de quién sabe cuánto… Este año he puesto en pause muchas cosas. Quizás no tantas. Las suficientes. Y me ha pasado rápido. Más de lo que hubiera preferido, quizás. A pesar de los días demasiado parecidos al siguiente. En poco menos de dos meses estamos en el año que viene. Aquí permítaseme una pequeña subdivagación:

Tenía pensado publicar estos apuntes en noviembre, pero la atmosfera se enrareció como nunca. De pronto vi gente querida sitiada, en huelga de sed y hambre (“ayuno voluntario”, dirían los quientusabes). Me vi contando las horas y con el móvil pegado a mi mano como nunca. Mi ánimo se desplazaba pendularmente entre una ansiedad angustiante y una pseudocalma, pasando por un asco muy profundo; apenas me creo capaz de imaginar cómo se sintieron (y se sienten) los que estuvieron ahí en San Isidro y los demás que han estado en lo demás. Luego la cólera y la impotencia del 26N, la euforia del 27N, y todo lo que ha venido después, carrusel de disgustos. Quiero decir, estas han sido semanas rarísimas, intensas. No me atrevía a publicar nada que no fuera en referencia al ambiente. Este texto no es sobre eso, pero como es sobre el tiempo, tampoco podía dejar de señalar que los últimos días han estado particularmente virulentos, apasionados, rabiosos; con la incertidumbre marcando el ritmo. A ello súmesele que antier fue mi cumpleaños. Celebré, como es natural… En fin, mejor me detengo aquí. Fin de la subdivagación.

Decía, en menos de dos semanas estamos en el año que viene. Increíble. Todavía hay cosas de 2019 que las siento como si fueran de este año.

Propone Sadhguru en otra entrevista: “Si te sientas aquí y estas muy alegre, no sabrás como pasó el día, y si estás deprimido, puedes ver que el día no avanzará. Entonces, el tiempo es una consecuencia de la naturaleza miserable de la existencia humana. […] Si estuvieses verdaderamente extático, no sabrías qué es un día, qué es un año, qué es una vida. […] Hay que cruzar la estructura del intelecto, el agujero cuadrado de nuestra lógica, que es donde colocamos las nociones todas, y lo que no encaja ahí lo rechazamos y en esa operación rechazamos todo el cosmos, nos perdemos la verdadera magia de la existencia.” Se dice fácil, ¿eh? Pero, ¿quién tiene tiempo para eso?

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