Fuerzas policiales protegen la estatua de José Martí en la Ciudad de México durante la manifestación feminista este 8 de marzo

Ah, las pulsiones del nacionalismo. Qué adentro se instalan, cómo carcomen cualquier intento de empatía al imponerse con su siempre justificado derecho al insulto, la indignación y la respuesta rápida. Todo su aparataje de estatuas, bustos y monumentos que, en la cotidianidad, no tienen ninguna importancia más allá de adornar el paisaje urbano, provocan las más encontradas pasiones. Los monumentos pasan la mayor parte del tiempo desapercibidos y se hacen visibles y presentes sólo cuando alguna mancha, algún supuesto oprobio cae sobre ellos. Así sucedió cuando se propagó en redes la imagen de la estatua de Martí colocada a la entrada del centro cultural del mismo nombre en la Ciudad de México. La marcha feminista pasó por su lado y lo dejó con las manchas del violeta que quedan ocupando todas la calles luego de que las marchas terminan.

Saltaron entonces los adoradores de monumentos con furia incontenible: “Martí es nuestro símbolo, cómo se atreven”. En un suceso así, la equivalencia entre el representante y lo representado se vuelve absoluta: Martí se convierte en su estatua. Cualquier daño sobre la estatua se percibe como si hubiera sido realizada sobre el propio Martí, o sobre su memoria, que es Martí mismo. Las pintadas sobre el monumento de José Martí desataron uno de esos episodios animistas que sólo el nacionalismo rancio provoca cuando son puestas en entredicho sus fábulas fundacionales.

Poniendo un momentáneo paréntesis en la molestia y la reacción inicial, algunos preguntaron por qué había sido Martí el objeto de la rabia feminista en la Ciudad de México. Gracias a la pregunta –las preguntas son siempre más fructíferas que los posicionamientos– algo de la reactividad puede ser canalizada. Quizás es ese momento de detención momentánea de la incomodidad el que puede abrir paso al entendimiento y la empatía, así que vale la pena recuperar algunos argumentos.

En México, desde hace algunos años resulta muy claro que el reclamo de las mujeres frente al Estado por la gravísima situación de la violencia de género ha tomado forma en una discusión sobre la importancia de las imágenes públicas (estatuas y monumentos) en contraste con la importancia de los cuerpos reales de las mujeres víctimas de esa violencia. Los monumentos son defendidos por una parte de la población que los considera intocables en su sacralidad, cuerpos artificiales, pero no por ello menos reales, que deben ser resguardados de cualquier ataque pues llevan en sí la carga de la historia. La historia es percibida allí como lo “real”, sin considerar que lo que estatuas y monumentos muestran siempre no es la memoria en sí, sino la reelaboración de la memoria al servicio generalmente de la narrativa del Estado y su necesaria asociación (y apropiación) con la nación y la patria.

Las fuerzas del Estado ponen entonces vallas, y policías, para evitar que lleguen hasta ellos la rabia desplegada en las calles durante las marchas. Las feministas y las mujeres en general, insisten en la mayúscula hipocresía que se evidencia en esa protección. Ella ocurre en horripilante contraste con la impunidad y la ausencia de acciones y medidas concretas para proteger los cuerpos de las mujeres asesinadas y violentadas. Ante la sordera selectiva aplicada al argumento, la rabia entonces es siempre redirigida a esos cuerpos artificiales, reales sí, pero reales en su demostración de que una estatua es más importante que una mujer.

En ese entendimiento, Benito Juárez, El Ángel de la Independencia o José Martí no son muy diferentes. No se pinta allí en específico a o sobre Martí. No es un ataque sobre el nacionalismo en su versión cubana en la imagen de su prócer. No es una reflexión con glitter sobre su machismo decimonónico. Se trata más bien de una acción lanzada sobre la monumentalidad y la estatuaria en reacción a la incapacidad del Estado para desprenderse de la adoración de los cuerpos artificiales en contraste con la urgencia necesaria de los cuerpos violentados que claman por justicia y vías de solución a la crisis.

Y, en ese sentido, la rabia contra los monumentos es también, por extensión, la rabia contra el Estado mismo, contra la adoración infecunda de sus narrativas constituyentes y contra su capacidad siempre renovada de determinar cuáles son los cuerpos que vale la pena defender y cuáles los que es posible excluir. Y no es casual que esos cuerpos excluibles y asesinables contra los que los monumentos del nacionalismo se alzan impasibles y con la protección de los cuerpos represivos del Estado, sean cuerpos racializados, sexualizados, empobrecidos.

En medio de esa disputa, que a la estatua de José Martí le toque un poco de pintura violeta no debería ser motivo para sentirse ofendido y reavivar, con el fuego de las emociones, la pertenencia a la metanarrativa de la nación y la patria. Ese Martí de la Ciudad de México, a la salida del metro Hidalgo, vive cotidianamente sirviendo a un uso profano pero necesario, tanto como su pensamiento fecundo y vivificador que sospecho, lo haría pasar de largo frente a tanto patrioterismo estatuario. De ese Martí cuelgan, tensas, las cuerdas que sostienen los puestos en los que cada día venden comida un grupo de comerciantes locales. Martí habita, también, en el universo de los tacos y las quesadillas. Y ese habitar cotidiano de su representación es también una imagen posible de la patria. Porque la patria, lo que quiera que sea eso, siempre está en otra parte. De hecho, está probablemente tan en otra parte que no es ni única ni completamente humana.

Que Martí habite allí, en la más crasa cotidianidad en la Ciudad de México; que sea alcanzado por la rabia de las mujeres que reclaman que sus cuerpos son más valiosos que todas las estatuas y los monumentos y las fantasías que los construyeron, también habla de una patria cubana, que no es más que la versión geográficamente delimitada de una patria humana, justo a la que el propio Martí llamaba cuando dijo “Patria es humanidad”. En nuestra patria tendría que caber la bandera en los hombros de Luis Manuel Otero Alcántara bañándose en la playa tanto como la estatua de Martí del metro Hidalgo manchada de pintura violeta. Si no cabe todo eso, y lo único que le queda es el gesto de una ofensa ciega que busca autoafirmarse, ninguna patria sirve para nada.

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