La historiadora cubanoestadounidense Ada Ferrer, ganadora de un Pulitzer en 2022 por Cuba: An American History, hizo un alegato, a un tiempo emocional y razonado, por un cambio definitivo para su país natal en una carta abierta dirigida al presidente cubano Miguel Díaz-Canel.
Publicada este miércoles 6 de mayo en The New York Times, la misiva reconoce que el embargo de Washington sobre la isla “hace que todo sea mucho más difícil” y que “en los últimos tiempos las sanciones han sido más crueles que nunca”, pero coloca en el gobierno de La Habana la principal responsabilidad de la actual crisis cubana y del fracaso histórico del régimen surgido tras la Revolución de 1959.
Sostiene Ferrer que “hay muchas cosas que el embargo no puede explicar”, y a continuación enlista ejemplos: “no fue el embargo lo que obligó al gobierno a paralizar las reformas económicas prometidas en 2011”, apunta. “No fue el embargo lo que determinó la forma en que fue manejado el desastroso reordenamiento monetario que subió la inflación en tres dígitos a partir de enero de 2021. Tampoco es una respuesta satisfactoria a la pregunta de por qué su gobierno ha aumentado drásticamente la inversión gubernamental en turismo, a pesar de que la mayoría de las habitaciones hoteleras están sin usar y tanta tierra por sembrar, permanece ociosa”.
En términos estrictamente políticos, “el embargo no explica la vigilancia y el acoso a los que somete a personas como Alina López Hernández, una historiadora que realiza vigilias silenciosas una vez al mes en el Parque de la Libertad de Matanzas, la capital de la provincia, quien solo lleva con ella un pequeño cartel en blanco para simbolizar la ausencia de libertades básicas”, subraya la actual profesora de Princeton y antes de New York University. “No explica por qué artistas como Luis Manuel Otero Alcántara y Maykel Osorbo languidecen en prisión como castigo por hacer uso de su arte, su voz, su ejemplo”.
“Usted condena el embargo constantemente, culpándolo de todo lo que va mal en Cuba. Pero quejarse no puede sustituir a la política. Dígame, o mejor aún, dígale al pueblo cubano, ¿cuál es su plan para hacer frente al hecho de que el embargo existe? ¿Cuál es su plan para intentar negociar su flexibilización?”, interpela al gobernante cubano la también Keeper of My Kin: Memoir of an Immigrant Daughter, cuya madre la llevó 1963, apenas recién nacida, a Estados Unidos al tiempo que su hermano de nueve años quedaba atrás para no reencontrarse hasta la crisis del Mariel en 1980.
“No tome esta carta como una defensa de la política de Estados Unidos hacia Cuba, y mucho menos como un llamamiento a la intervención militar, porque yo tampoco los apoyo”, quiso dejar claro Ferrer. “Eso, al menos, es algo en lo que podemos estar de acuerdo. De hecho, cuando oigo a Trump decir que se va a apoderar de Cuba, que, francamente, puede hacer con ella lo que quiera, me indigno. Me recuerda a James Buchanan, quien, como secretario de Estado bajo el mandato del presidente James K. Polk, escribió en 1849: «Cuba ya es nuestra. La puedo tocar con la punta de los dedos». No puedo evitar pensar en las advertencias de José Martí sobre Estados Unidos, en cómo sabía que este país estaba listo para abalanzarse, apoderarse de Cuba y luego extender su influencia hacia el resto de América Latina”.
La carta-op-ed de la prestigiosa historiadora (traducida del inglés en redes sociales por la también académica cubana Mabel Cuesta) remite a documentos íntimos de su padre, quien en la vejez –cuenta ella– solía escribir cartas al mismísimo “Dr., Castro” en que le advertía: “Ha llegado la hora”.
“¿La hora de qué?”, se pregunta ahora Ferrer, y se responde: “Mi padre lo expresaba diferente cada vez: hora de poner fin al engaño, hora de dejar el destino de Cuba en manos de los jóvenes, hora de abandonar el comunismo o, como escribió en 2005, hora de «legar a la historia ese gesto de grandeza que le convertirá en el político más valiente de todos los tiempos». Apelaba al sentido de supremacía que Fidel concedía a su propia persona. En todas las cartas, el mensaje básico de mi padre era claro: había llegado la hora del cambio”.
Dos o tres décadas más tarde, de alguna manera, Cuba aparece varada en aquella misma hora y en el marasmo de los mismos argumentos.
“Cuando usted dice que la soberanía no es negociable, señor presidente, la historiadora de Cuba que soy lo entiende. Pero también sé que usted y su gobierno han devaluado esa palabra, hasta tal punto que muchos jóvenes solo la escuchan como otra de sus tonterías. Ha esgrimido esa palabra como un arma para evitar lidiar con cuestiones más difíciles. Ha actuado como si fuera su logro particular, cuando nunca lo ha sido. Usted (los gobiernos de los últimos 67 años) sustituyó la dependencia de Estados Unidos por la dependencia de la Unión Soviética y, más tarde, de Venezuela”, le dice entonces, a la vez, a Díaz-Canel y a Fidel Castro. “Sin un patrocinador externo, Cuba se derrumba y la soberanía empieza a parecer una abstracción. No se puede comer soberanía. Y para sobrevivir, la gente debe comer. Para vivir, deben hacer más”.
Ada Ferrer enuncia finalmente, enfáticamente la pregunta: “¿Qué hará usted para ayudar a que ese «más» suceda? ¿Qué hará para hacer justicia a los cubanos de a pie?”, escribe. “Si no está dispuesto a buscar respuestas reales, si no ofrece más que una continuidad ruinosa y sin futuro, entonces, como habría dicho mi padre, ha llegado la hora. La hora, como mínimo, de un verdadero diálogo nacional”.


