Violencia y salvajismo: los nuevos productos de exportación cubanos

La calidad del inmigrante cubano disminuye conforme avanza la ruina de la sociedad cubana en general.
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Foto: Cubanet

LA HABANA.- Un cubano residente en Cancún agredió a un ciudadano mexicano luego de que este le pidiera, en tono respetuoso, que le mostrara la carta de vacunas de su perro, que acababa de morderlo. Esta escena la vimos en un video ampliamente difundido en redes aunque por los cortes de edición quizá no tenemos todo el contexto. Por otra parte, según testigos del incidente, se trata de un perro comunitario que habría mordido al mexicano, éste lo pateó y, habiendo salido el cubano en defensa del animal, el otro asumió que era su dueño. El malentendido escaló rápidamente hacia la violencia. Improperios y un puñetazo lanzado por el cubano fueron respondidos con un acto de vandalismo contra su casa por parte de un numeroso grupo de mexicanos. La intervención de guardias y policías municipales evitó un desenlace lamentable.

El debate a raíz del altercado se ha extendido a la idiosincrasia cubana, moldeada por el agravamiento de la crisis ininterrumpida que padece la isla desde 1959, agudizada en los últimos años por la errática gestión del peor gabinete de gobierno que hemos tenido en décadas. Entre los comentarios se ha colado el fantasma de la xenofobia, alimentado por las denuncias de robo, asaltos y estafas vinculados a cubanos, amén de las quejas por lo mal que se comportan dondequiera que llegan.

Entre los que han elegido quedarse dada la imposibilidad de acceder a Estados Unidos y los que han sido devueltos por ICE, se cuentan por miles los cubanos que residen, de forma legal o ilegal, en México. Justo es reconocer que el capital humano de la más reciente ola migratoria –aún en curso- salió de la isla marcado por una falta casi absoluta de civismo, urbanidad y educación. El debilitamiento de los patrones éticos y morales tanto en la familia como en las instituciones, la mediocridad de la enseñanza, el peso del adoctrinamiento y la perversión del carácter bajo el acecho de una pobreza meticulosamente generada y distribuida desde el poder, han formado individuos incapaces de insertarse orgánicamente en sociedades que se articulan a partir de leyes y reglas de convivencia.

El cubano inmigrante promedio arrastra consigo formas de interactuar y apropiarse del espacio físico que revelan el extremo de caos y salvajismo a que hemos llegado en Cuba, un país donde la legalidad se aplica de forma discrecional mientras el pueblo se busca el sustento como puede. Buena parte de los cubanos que han emigrado en los últimos años vivieron en un estado de anarquía sibilina que no afectó al régimen castrista, pero el tejido social fue quedando cada vez más expuesto a los efectos prolongados de la corrupción, la delincuencia, la desidia, la insalubridad, la violencia intrafamiliar y de género y todas las crisis posibles de un sistema en vías de implosión que, por casi siete décadas, ha privado al sujeto del derecho y el deber de actuar con libertad, de comportarse como un ciudadano.

Ese producto interno bruto se está exportando a todo el mundo. En su consciencia emigrar no implica una adaptación progresiva y ordenada a las costumbres del país que generosamente lo acoge; sino la necesidad de trasplantar su forma de vida, por nociva e inadecuada que resulte, a ese nuevo espacio. Ese sujeto cubano, cuya vida fue configurada en un ambiente de excesiva condescendencia ante lo mal hecho –incluso delitos-, se bloquea frente al imperativo de una renovación mental imprescindible para adecuarse a sociedades funcionales. Su incapacidad para aprender a vivir, escuchar, razonar, respetar el derecho ajeno, acatar las normas o disculparse, lo convierten en un ser inconveniente, una amenaza que debe ser extirpada.

Sobre el agresor no ha trascendido más información, pero encaja en un patrón que describe a un tipo de cubano bastante común en estos tiempos: grosero y explosivo, adaptado a soltar malas palabras y que sus interlocutores retrocedan, a tirar un bofetón y que su rival se repliegue, a arrojar basura en la vía pública sin que le caiga una multa tan gruesa que le enmiende para siempre el mal hábito, a hablar en alta voz en lugares públicos o privados y que nadie le llame la atención, a ser un desagradable sin que ninguna autoridad lo conmine a comportarse.

La calidad del inmigrante cubano disminuye conforme avanza la ruina de la sociedad cubana en general. No es de extrañar que también hayan mermado las razones para que se mantenga la condición de excepcionalidad que, como pueblo, disfrutamos por tantos años. Para el inmigrante cubano se creó una Ley de Ajuste y otra de Pies Secos, pies mojados –derogada esta última por Barack Obama en 2016-, recursos expeditos para establecerse legalmente en Estados Unidos, el sueño dorado de millones de personas en todo el mundo. Ese privilegio ha sido pisoteado y desmerecido por varios modelos de “hombre nuevo” que lograron reubicarse a noventa millas gracias al esfuerzo de aquellos primeros exiliados que dejaron la isla solo con la ropa que llevaban puesta y pusieron pie en el sur de la Florida dispuestos a levantar una ciudad de un pantano; una ciudad donde echar raíces, pero también donde acoger a decenas de miles de coterráneos que llegarían con el paso de los años, huyendo del mismo sistema nefasto.

En contraste, los inmigrantes de nuevo tipo, como el guapo del video que ahora corre peligro de ser deportado, pudieron vender todo lo que tenían en la isla para pagar un boleto de avión y la travesía con los coyotes. Miles de dólares invertidos en un proyecto de vida malogrado por un instante cien por ciento cubano, el instante de guapería más caro del que se haya tenido noticia en lo que va de 2026.

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