LA HABANA.- En la noche del viernes 10 de julio falleció en La Habana, a los 69 años, el escritor y poeta Víctor Manuel Domínguez, uno de los veteranos del periodismo independiente cubano.
Con la salud muy deteriorada a causa de la diabetes, en 2021 le amputaron una pierna. Hace unas semanas, cuando los médicos le advirtieron que tenía gangrena y que era necesario amputarle también la otra, se negó rotundamente a la operación. Prefirió esperar la muerte en su casa y no en una cama de hospital.
Fue un final terrible, que ha impresionado profundamente a quienes fuimos sus amigos. Solo me consuela que, conociendo cómo era —y así es como siempre lo recordaré—, puedo imaginarlo sonriendo mientras me dice, como tantas veces: «Ay, Cino, sin drama; que me quiten lo bailado». Porque si alguien encarnaba a la perfección la expresión «jodedor criollo», ese era Víctor.
Bayamés de nacimiento y radicado durante décadas en Centro Habana, poseía una prosa chispeante, un humor agudo y una gran sensibilidad para la poesía. Víctor Manuel Domínguez pudo haber llegado muy lejos dentro de la cultura oficial. Ganó premios y menciones en concursos provinciales y fue uno de los primeros integrantes de la Brigada Hermanos Saíz de Escritores y Artistas Jóvenes. Tras un breve paso por la UNEAC, su carácter irreverente y rebelde provocó los inevitables conflictos políticos que terminaron en la ruptura.
En noviembre de 1995 inició su trayectoria en la prensa independiente con el artículo «El silencio de los corderos», publicado por el Buró de Prensa Independiente de Cuba. Más tarde colaboró con CubaNet y Lux Info Press.
Muchos lo recordarán por Nefasto, el personaje con el que satirizó durante años a figuras y situaciones de la realidad cubana. Sin embargo, el origen de Nefasto se remonta a 1991, cuando apareció por primera vez en el suplemento humorístico DDT. Entonces era un funcionario cultural apellidado Boza. Después de convertirse en un personaje habitual de CubaNet y Primavera Digital, Domínguez reunió sus historias en los libros Revolución a la carta y La familia real cubana, publicados por Neo Club Ediciones en 2014. Tras esas publicaciones decidió darle un descanso al personaje.
En 2008, junto al poeta y periodista Jorge Olivera, fundó el Club de Escritores Independientes. Aunque ocupaba la vicepresidencia, fue, en realidad, el alma del proyecto. Gracias a sus gestiones y al apoyo del editor exiliado Armando Añel, más de dos decenas de escritores marginados por el régimen lograron publicar sus libros en el extranjero a través de Neo Club Ediciones.
Ese intenso trabajo durante más de una década tuvo un costo para su propia obra literaria. Alcanzó a publicar los dos libros de Nefasto y el poemario Café con Heidi junto al mar, pero quedaron inéditos la novela Operación Caldosa y los libros de relatos Canción de los olvidados, Pasaporte para las estrellas y El alcalde de Puerto Limón.
Nunca lamentó ese sacrificio. Como dijo hace años en una entrevista para CubaNet:
«Me dio la satisfacción de trabajar con excelentes colegas y amigos. Nada podrá borrar las jornadas compartidas ni los espacios ganados pese al acoso y la represión».
Tuve el privilegio de trabajar junto a Víctor. En 2017, Armando Añel, él y yo seleccionamos los dieciocho relatos que integraron Cuentos del Club, publicado por Neo Club Ediciones. El año pasado apareció, también bajo ese sello, Las mafias literarias en Cuba, un volumen que reúne artículos y ensayos de ambos sobre la literatura cubana de las últimas siete décadas.
Recuerdo que una vez le pregunté por qué, después de haber escrito tan buenos poemas, no se dedicaba más a la poesía. Su respuesta fue una perfecta definición de su manera de entender la creación:
«La poesía no se escribe; nace y se transcribe. Se pueden hacer versos, pero no buena poesía. Respeto demasiado el género como para sentarme a fabricar poemas. Como no me nace, no la escribo. Prefiero quedarme con los pocos poemas que me han nacido hasta hoy. Pero si la musa volviera a visitarme, seguro que la seguiría».
Franco, directo, agudo, desenfadado y ajeno a cualquier pose. Así recordaré a Víctor.
Brindo por él, que ya debe de estar en el cielo de los poetas.
Hasta siempre, hermanito.










