LA HABANA.- Los cubanos llegamos a 2026 preparados para lo peor y el tres de enero un acontecimiento sin precedentes dinamitó nuestra resignación. Nos renació, muy a pesar nuestro, la esperanza. Trump cargó con Maduro, en cualquier momento se viran pa´acá, pensamos y nuestra capacidad de atención, disminuida por años de hambre, miedo, vicisitudes y estrés, emergió con una vitalidad que nos sorprendió a nosotros mismos.
Estábamos dispuestos a aguantar hasta la muerte, como a Fidel Castro le hubiera gustado, como siempre le dijo al mundo que haríamos, incluso si esa decisión no la tomábamos nosotros, cuando Estados Unidos hizo algo de verdad, algo que afectó brutalmente al régimen, por tanto, tenía que ser bueno para nosotros. Así que nos alegramos y nos sentamos a esperar. Luego Donald Trump declaró un bloqueo energético a la isla. Cuanto más daño se le inflija al régimen, más cerca estaremos de la libertad, pensamos y seguimos esperando.
Los portaviones nucleares se fueron al Medio Oriente. La Casa Blanca inició conversaciones con La Habana. Los demás creen saber de qué hablan y echan a volar sus conjeturas. Nosotros, que para nada hemos sido tenidos en cuenta, tratamos de digerir la posibilidad de convertirnos en un protectorado financiero con los Castro en el poder. Nos alarmamos, nos frustramos, nos deprimimos; pero Marco Rubio dijo que así no puede ser y, de nuevo, floreció la esperanza. Mientras ellos conversan, nosotros seguimos esperando. Hemos malvivido para ver que comienza el mes de abril y un tanquero ruso llega a la bahía de Matanzas con más de 700 mil barriles de combustible, pese al cerco energético y a la política de máxima presión decretada por Washington.
Trump permite el arribo del buque por motivos humanitarios. El pueblo quiere mostrarse optimista, pero entre apagones interminables se le hace difícil, y está también el detalle de que ese cargamento irá destinado a los fines que el régimen establezca, entre ellos la represión, para que no nos falten muertes donde elegir: por inanición, a palos, por falta de medicamentos básicos, en prisión o a manos de la delincuencia envalentonada que sabe que la policía no va a llegar porque no hay combustible, a menos que la emergencia sea un acto de contrarrevolución.
En todo caso no nos vamos a morir sin haber visto a otro Castro llorando miseria frente a las cámaras de un gran medio de comunicación. La CNN, a través de su corresponsal en la isla, Patrick Oppmann, llegó hasta el apartamento de Sandro Castro, ubicado en uno de esos barrios habaneros donde residían las familias adineradas antes de 1959, para escuchar de primera mano el relato de sus penurias como nieto de dictador, empresario y ciudadano.
Arrellanado en su sofá, sosteniendo una cerveza Cristal sutilmente vuelta hacia la cámara, Sandro Castro insistió en su retorcida fantasía de equipararse al cubano de a pie, luchador, obligado a atravesar un calvario para sacar adelante un negocio. La farsa, sin embargo, quedó desmontada por él mismo al referirse al gobernante Miguel Díaz-Canel en términos que han costado años de prisión a jóvenes cubanos que no llevan el apellido Castro. También fantaseó con la idea de que su abuelo, que en 1968 afirmó que un joven no podía ser propietario de un bar, fue un hombre que “respetaba a los demás”, y se desmarcó de la ideología comunista asegurando que lo suyo es el capitalismo, que la mayoría de los cubanos quiere capitalismo.
Lo dijo el mismo individuo que en ocasiones anteriores ridiculizó, públicamente y sin consecuencias, la gestión de Díaz-Canel, el que en pleno confinamiento pandémico presumió un Mercedez Benz, el que administra un bar en la avenida más famosa de Cuba, el que fuma puros, vacaciona en la carísima finca El Patrón y tiene el tanque lleno de gasolina, el que, en pleno apagón, mantiene iluminado su apartamento gracias a un generador, porque así viven los cubanos de a pie, entre los cuales él se incluye. Esa es la vida de un joven cubano sin privilegios, así que los cacerolazos que cada noche truenan en La Habana deben obedecer a otras razones.
El problema no es la aparentemente trastornada percepción que de sí mismo tiene Sandro Castro, ni los disparates que dice, para eso es influencer. El problema es que un medio de comunicación de alcance global, que no se ha dignado cruzar el umbral de la casa de un preso político, de un cubano común, le haga de ese modo la corte al nieto del dictador que desde el propio año 1959 mostró su “respeto” con expropiaciones, presidio, fusilamientos, hostigamiento, asesinato de reputación y destierro. El problema es haber montado la “exclusiva” en un momento clave para el futuro de Cuba de tal forma que el apellido Castro siga estando ostensiblemente ligado a lo que pueda ocurrir en el país.
Mientras Sandro se vuelve noticia mostrando su “humilde” refrigerador con la cerveza Cristal –otra vez- en primer plano, Oscar Pérez-Oliva Fraga (otro de la familia Castro) aterriza en Rusia para ver si su parentesco logra transmitir confianza, y los cibercombatientes despalillan los megas subsidiados vociferando que Trump le teme a Putin, por eso el Anatoly Kolodkin entró en aguas territoriales y descargó su preciosa carga en puerto cubano.
El problema es la soledad de un pueblo que tiene demasiado en contra: su propio gobierno, la negativa de la diplomacia de Occidente a reconocer que la situación de Cuba se debe al fracaso de su sistema político, la izquierda mundial dispuesta a dejarnos morir a todos por tal de poder decir frente a sus respectivos parlamentos: “murieron defendiendo la Revolución”, y encima a los grandes medios de comunicación, los que preconizan rigor e imparcialidad mientras se solazan con una dictadura que ha sacrificado, en el altar de la ideología, un proyecto de nación








