La enseñanza bajo el castrismo: más coerción y menos conocimientos

En el presente curso lectivo 2025-2026 fueron eliminados los exámenes finales.
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Un aula en Cuba. (Foto: TV Yumurí)

LA HABANA, Cuba.- Que en las escuelas cubanas se adoctrina en lugar de enseñar, ya no debería ser desconocido para nadie. Desde antes de tomar el poder, Fidel Castro tenía muy claro que para afianzar y prolongar su dominio en la floreciente República de entonces necesitaba anular el pensamiento crítico y sustituir ciudadanos librepensadores por autómatas genuflexos de mente rígida, mucho más crédulos y fáciles de dominar. De igual modo comprendió que dicha transformación debía comenzar a edades tempranas, en los primeros años de aprendizaje, pues son las mentes más jóvenes las más maleables.

Con ese objetivo, bajo la bota del castrismo el programa de enseñanza cubano ha sido sometido a drásticas y sistemáticas reducciones hasta mínimos insospechados (macheteado, sería más exacto decir) con la consiguiente mengua en la calidad del proceso educativo. Aparejado a ello, los salarios tradicionalmente insuficientes del sector han motivado constantes deserciones masivas del personal docente más calificado y su apresurado reemplazo por sustitutos sin formación pedagógica o con un precario adiestramiento exprés. Ello se ha traducido inevitablemente en una lamentable disminución del nivel académico de los educadores, lo cual no solo redunda a su vez en detrimento del horizonte cognitivo y cultural de los educandos, sino que además restringe radicalmente la formación de valores éticos en las nuevas generaciones, pues no se puede transmitir lo que no se posee.

Eso, cuando aparecen sustitutos. En las escuelas cubanas, a día de hoy y desde hace varios lustros, cursos enteros transcurren sin profesores para diversas materias. No es el caso, por cierto, de la Educación Cívica, asignatura que no enseña –como su nombre podría indicar– cómo debe comportarse un buen ciudadano, sino que adoctrina sobre la supremacía del Partido Comunista “como órgano rector de nuestra sociedad socialista”.

A ese descalabro histórico hay que sumarle otra serie de insoslayables factores totalmente objetivos que desde hace mucho afectan el aprendizaje, como el deterioro y caducidad del material de estudio y la carestía de libretas, lápices, plantillas, mochilas y demás insumos imprescindibles para todo escolar, y más recientemente el marcado ausentismo provocado por el hambre, la insalubridad, las epidemias, los apagones y la falta de transporte. En este sentido, uno de los cursos lectivos más perjudiciales para la calidad de la educación castrista (con perdón del oxímoron) ha sido el presente 2025-2026, a tal extremo que fueron eliminados los exámenes finales, así como también las pruebas de ingreso al preuniversitario de ciencias exactas.

La drástica medida no solo ha provocado gran desconcierto en alumnos y padres, sino que además tiene un impacto incalculablemente negativo para un proceso educativo más orientado a pasar de grado que a adquirir y fijar conocimientos. Es de suponer, pues, que sin el acicate de vencer las temidas evaluaciones finales los alumnos hayan relajado –si no soslayado totalmente– el estudio individual. Peor aún, como pobres sustitutos de los controles finales fueron aplicados someros repasos y evaluaciones colectivas, cuyos resultados por lo general no son justos, pues, al menos en las aulas cubanas, el esfuerzo rara vez es parejo en un trabajo en equipo.

Ahora bien, si todo lo anterior resulta harto pernicioso para la formación de personas de bien, ¿qué decir ya de ese sempiterno azote castrista llamado coerción? Coerción con la que el régimen quiebra y moldea a todos los habitantes de la mayor de las Antillas y de la cual no escapan –faltaría más– ni los niños. Este año el principal tema de turno fue “Mi firma por la patria”. Bajo ese lema y so pena de perder puntaje en el escalafón determinante para continuar estudios –la así llamada “integralidad”–, los alumnos fueron sacados de sus aulas y forzados a plasmar su rúbrica en unas listas supuestamente demostrativas del apoyo de los ciudadanos, y en particular del estudiantado, al régimen, y, por ende, al status quo.

Nada nuevo bajo el sol, dirán –no sin razón– algunos. En efecto, por medio de sus cómplices instituciones y en este caso del Ministerio de Educación, desde que el castrismo gobierna en la Isla, los escolares cubanos son movilizados sin escrúpulos para actividades políticas sin que sus padres tengan voz ni voto en el asunto. Desde edades tempranas, sin comprender a cabalidad lo que sucede y sin preguntarles si están de acuerdo, son acarreados nuestros hijos hacia tribunas y actos de repudio donde aprenderán a lanzar los más floridos insultos contra personas que no conocen y que no les han hecho daño. Una buena práctica, quizás, para cuando ya de jóvenes adultos algún anciano atormentado les pida moderar su vocabulario o bajar el volumen de sus bocinas.

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