Roberto Veiga: ¿el regreso a Cuba de la oposición leal?

Es oportuno recordar el conflicto de Veiga con Oswaldo Payá, el líder del Movimiento Cristiano Liberación (MCL) y gestor del Proyecto Varela.
Roberto Veiga
Roberto Veiga. Foto: Cuba Encuentro

LA HABANA.- Después de estar siete años en España, el director de la plataforma Cuba Próxima, Roberto Veiga ha regresado a Cuba, para según afirma, contribuir a “la apertura y la reconstrucción nacional”.

Parece una actitud encomiable y valiente, y más en estos momentos, pero no debemos pasar por alto que su antiguo colega Lenier González, codirector de la plataforma Cuba Posible y que en la década pasada fuera, también con Roberto, editor de Espacio Laical, acusa a Veiga de trabajar para la Seguridad del Estado.

Para ser justos, debo admitir que varias publicaciones de Lenier González en las redes sociales me han hecho cuestionarme el estado de su salud mental. Ha estado viviendo en las calles en los Estados Unidos y se presenta como víctima de múltiples conspiraciones.    

No me gusta ni me parece adecuado involucrarme en los conflictos entre opositores y no suelo prestar demasiada atención a las acusaciones de “trabajar para la Seguridad del Estado” que es la más manida de las acusaciones entre opositores contra todo aquel que discrepe de tus posiciones o te caiga mal. Pero como soy muy desconfiado y no me puedo callar lo que pienso, lo digo sin ambages: me da mala espina este asunto de Veiga y González, ninguno de los dos me inspira confianza.

Tanto Veiga como González, cuando eran editores de Espacio Laical se arrogaban el derecho de hablar a nombre no solo de los católicos, sino de todos los cubanos, y lo que es peor, de determinar cuáles eran patriotas y cuáles no. 

En un editorial  para el segundo número de Espacio Laical del año 2013, que titularon “Senderos que se bifurcan” y que parecía más adecuado para el periódico Granma que para la revista del Arzobispado de La Habana, Veiga y González afirmaban categóricamente  que  “la inmensa mayoría de los cubanos no desea cambios como los ocurridos en Europa del Este”,  y alertaban contra “los conspiradores que pretendían imponer intereses parciales  que no respondían a la voluntad expresa del pueblo y secuestrar el país”.

Ambos, que decían estar por “el diálogo, la reconciliación,  el perdón sin excepciones onerosas, y la pluralidad política”, excluían abiertamente de Espacio Laical, de los eventos que auspiciaba y de su visión del futuro, a los opositores. Quiero decir, a los de verdad, los que en modo alguno cabían en la “oposición leal” que propugnaban Veiga y González.

Parece que no entendían que una oposición, si es de verdad, debe aspirar a ser gobierno. Si se le pone apellido a la oposición y se dedica a guardar lealtad a una dictadura, entonces deja de ser oposición y toma otro nombre que puede ser bastante feo. 

Precisamente, hace años, en el artículo “Los dilemas de la lealtad”,  publicado en Cuba Encuentro, Lenier González explicaba que los primeros que usaron el término “oposición leal” no fueron él o Veiga, sino Arturo López-Levy (primo del difunto Luis Alberto López Calleja, el jefe de GAESA y yerno de Raúl Castro). De este no me canso de repetir que es lo más parecido a un agente de influencia castrista en el mundo académico norteamericano. El otro que usaba el término era Rafael Hernández, el director de la revista Temas, hábil manipulador de los debates del Último Jueves, que más que debate son un simulacro donde se habla el más ambiguo e hipócrita  de los lenguajes y se ha expulsado a activistas y periodistas independientes.

Sin embargo, no hay nada más parecido a la oposición leal, en mi opinión, que este dúo. Tanto Roberto Veiga como González han invocado al nacionalismo revolucionario, esas  trasnochadas supercherías patrioteras decimonónicas que tanto daño le han hecho a nuestra nación. La lealtad a esas extemporáneas ideas puede explicar lo comprensivo que se han mostrado con el régimen castrista que acusa de anexionista y anticubano a todo el que se le oponga, a la vez que se muestra más plattista que Orville Platt al condicionar las libertades, los derechos humanos y el bienestar de los cubanos a las leyes del gobierno estadounidense.    

Adherido a actitudes que presuntamente ayudarían a la despolarización del campo político cubano, Veiga lo que consiguió fue crear más confusión, conflictos, divisiones al interior de la oposición.

En este sentido, es oportuno recordar, por ejemplo, el conflicto de Veiga con Oswaldo Payá, el líder del Movimiento Cristiano Liberación (MCL) y gestor del Proyecto Varela. No solo diferían sus visiones de cómo llegar a un camino democrático, sino también Veiga y González se negaron a publicar su iniciativa ciudadana «El Camino del Pueblo».

A propósito de Oswaldo Payá, que hasta su último aliento no se cansó de advertir acerca de la posibilidad de que el régimen, viéndose en aprietos, recurriera a un cambio fraude: ¿será casual que Roberto Veiga, que propugnó la oposición leal en la época del deshielo de Obama, regrese a Cuba justamente ahora, cuando hay en curso conversaciones y tratos  que nadie sabe a ciencia cierta a qué conduzcan  entre las autoridades norteamericanas y  cubanas?   

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