El pasado martes vi publicado en este mismo diario digital un trabajo del coterráneo exiliado Julio M. Shiling. Se trata de un prominente patriota cubano que encabeza el foro denominado Patria de Martí, así como la revista digital que lleva ese mismo nombre. Fue justamente en ese órgano donde se publicó originalmente el artículo en cuestión, que después reprodujo CubaNet.
Tuve el honor de conocer personalmente al señor Shiling años atrás. Era la época en que aún el régimen castrocomunista no me había “regulado” (es decir, en que todavía me permitían hacer viajes temporales al extranjero). Justamente en Miami (segunda ciudad del mundo por el número de cubanos que en ella habitan) coincidimos en más de un evento.
Debo plantear que, en lo fundamental, coincido con los planteamientos que él hace en el interesante artículo suyo que motiva las presentes líneas. Sin embargo, discrepo respetuosamente de la tesis central que él plantea, la cual aparece recogida con acierto en el título que lo encabeza: “Para Cuba, el cambio político debe preceder al cambio económico”.
Para los analistas que estudiamos la catastrófica situación actual de la Isla dominada por los castrocomunistas, se hace evidente que quienes residimos en la Patria estamos sufriendo los estertores finales del régimen instaurado en 1959. A que esos coletazos tengan carácter terminal contribuyen las políticas de la actual Administración de Washington, que encabeza el presidente Trump y representa de modo destacado el cubanoamericano Marco Rubio. También se han sumado a ese enfrentamiento países de Nuestra América, como Argentina, Ecuador, Costa Rica y Colombia.
Se hace evidente que si las acciones de estos países (y, en especial, de Estados Unidos) abandonaran el camino de las declaraciones y los actos eminentemente simbólicos, y se adentraran en el de las acciones directas contra el régimen de La Habana, es muy poco lo que podríamos adelantar sobre las vías y formas que adoptaría ese choque frontal.
Pero desde luego que no hay ninguna seguridad de que se produzca tal desenlace. Mucho se ha declarado al respecto, numerosas son las “filtraciones” de las que se ha hecho eco la prensa norteamericana, pero no resulta posible asegurar nada al respecto. Al menos, este periodista no tiene reparos en reconocer que no cuenta con elementos sólidos para lanzar pronósticos al respecto.
Entonces, la variante que quedaría ante nosotros sería la de un cambio iniciado en las mismas filas castrocomunistas. Aclaro que en tal desenlace influirían de modo notable —¡a no dudarlo!— las presiones ejercidas por países democráticos como los antes mencionados. Pero el impulso esencial provendría del interior mismo del régimen.
La probabilidad de que se produzca tal desenlace está determinada por la situación actual en la que se encuentra nuestra Patria. Que no es “difícil”, “tensa” o “complicada” (que son algunos de los adjetivos eufemísticos que prefieren los medios oficialistas de la Isla), sino que, en puridad, no admite otro calificativo que el que usé con anterioridad: “catastrófica”.
Es natural que esa situación de involución absoluta y ruina total tenga que provocar discrepancias dentro de las mismas filas del régimen. ¡Sería imposible que así no sucediera! ¡Claro que también están quienes medran con la actual situación ruinosa, pero tampoco faltan quienes aspiren a desplazar a quienes ocupan las posiciones más destacadas para ocupar su lugar!
Es justamente ese hipotético escenario (que considero más probable que se materialice, cuando ya no esté el general de ejército Raúl Castro) el que provoca el interés que despiertan en mí planteamientos como el ya aludido que plasmó en su referido artículo el eminente compatriota Shiling.
Él cita, como malos ejemplos cuya repetición debe eludirse, los casos de “China, Vietnam y la Rusia postsoviética”. Al respecto, don Julio comenta: “El capital puede fluir, la empresa privada puede prosperar y las mismas estructuras dictatoriales —o sus sucesoras recicladas— pueden seguir firmemente al mando”.
Para mí se hace evidente que las similitudes entre las situaciones en que se encontraban esas naciones y la de la Cuba de hoy son muy poco significativas. Es verdad que todos ellos han sido países de vocación totalitaria, bajo dominio comunista. China, Vietnam y Rusia, al acometer sus cambios, confrontaban problemas diversos, ¡pero nada que ni remotamente pudiera parangonarse con la catástrofe que sufre ahora mismo nuestra Gran Antilla!
El arribo al poder de un nuevo equipo surgido de las mismas filas castrocomunistas tendría que estar caracterizado —creo— por el inicio de cambios sustanciales no solo en el terreno económico, sino también en otros, incluyendo el político. Considero que cualquier aspiración diferente que pudiera abrigar algún sector de los nuevos jefes sería simplemente irrealizable.
Hay que pensar en la coyuntura internacional con la cual, en tal eventualidad, chocaría cualquier pretensión continuista que, en el plano político, trataran de exhibir algunos de los integrantes del nuevo equipo gobernante. Al rechazo de la Administración de Trump se uniría el repudio de los países latinoamericanos de firme postura antisocialista, como los que he mencionado. Pero también (¡y no menos importante!) la actitud de los empresarios cubanoamericanos que el propio Shiling menciona, quienes han expresado “su disposición a financiar la reconstrucción poscomunista de la Isla”.
¡Por supuesto que estos no arriesgarán sus capitales ante un nuevo equipo gobernante surgido de las mismas filas castrocomunistas y que anunciase su renuencia a la realización de cualquier cambio político! ¡Esta sería una postura absurda, francamente impensable!
Pero considero que tampoco sería realista esperar la realización de un cambio político para después (¡y solo después!) acometer las imprescindibles transformaciones económicas. Me parece mucho más razonable esperar que haya una especie de simultaneidad en ambos procesos.
En ese contexto, estimo que habrá que prestar especial atención a pasos iniciales tales como la excarcelación de presos políticos, una reducción palpable de la represión de quienes disienten y la formulación de declaraciones en las que se reconozca la necesidad de un sistema político esencialmente diferente, en el que se admitan las alternativas y las discrepancias con el poder.







