SANTA CLARA, Cuba ― Por un laberinto de callejones se llega a casa de Israel, el único vendedor de carbón en el reparto Condado de Santa Clara que lo vende en porciones reducidas: pequeñas jabas de nailon que contienen entre seis y diez trozos grandes a 500 pesos cada una. Esta comarca de la ciudad ha sido por décadas un terreno fértil para el mercado clandestino. Aquí puede hallarse todo lo que usualmente escasea en otras zonas más céntricas. Cada saco de carbón se cotiza entre 4.000 y 5.000 pesos, pero Israel ha procurado una oferta menos prohibitiva para la gran mayoría que no puede permitirse tamaña cifra.
A primera vista pudiera parecer que les está haciendo algún favor a las decenas de familias que le compran tan solo una o dos jabas semanales, pero en realidad unas ocho bolsas equivalen al precio mínimo de un saco en los demás puntos de venta. Israel tiene 56 años, es maestro de secundaria y apunta que vender el saco de carbón fraccionado le ha acarreado algunas discusiones con negociantes vecinos. “No es que yo lo tenga más barato”, aclara. “Lo que pasa es que mucha gente va haciendo el dinero a diario ―como los viejitos que venden cigarros o recogen latas― y lo vienen a comprar de poco en poco. Además, ¿qué trabajador del Estado en este país puede pagar, así como así, un saco de carbón?”, pregunta.
Desde mediados de junio, el carbón vegetal ha subido de precio abruptamente en el mercado informal de casi todas las provincias del país. Poco antes del período lluvioso cada saco de cinco latas se vendía a casi 2.000 pesos y ahora vale el doble. Por los propios reportes en redes sociales se puede constatar que Villa Clara, Cienfuegos y Matanzas son las zonas donde más ha aumentado el precio del carbón. En La Habana, sin embargo, puede valer un poco menos, sobre los 3.200 pesos, según una denuncia publicada en semanas recientes por la activista Yamilka Lafita, identificada en Facebook como Lara Crofs.


En repartos periféricos de Santa Clara abundan los carteles que anuncian que hay carbón, pero ninguno especifica el precio, ya que oscila a diario en dependencia de la oferta. Desde hace más de un año en esta provincia no se expende el gas licuado normado por núcleo y la situación de las familias que padecen apagones de más de 20 horas diarias y disponen de solo dos o tres horas de electricidad es desesperante. Un saco de carbón, si debe destinarse para cocinar tres veces al día, apenas rinde para medio mes. Para prolongar su uso, muchas personas humedecen las brasas ya encendidas, con el fin de reavivarlas más tarde y evitar que se consuman por completo.
Durante la última desconexión del Sistema Electroenergético Nacional (SEN), ocurrida el pasado 10 de julio, a Horacio Gutiérrez se le agotaron de un tirón los 15 sacos que le habían llevado en un carretón desde Manajanabo. “La gente estaba desesperada y más de uno quería pagarlo a 1.000 pesos por encima con tal de que se lo guardara”, asegura. “Allá [en la zona de Manajanabo] es mucho el carbón que están haciendo por la izquierda, lo que pasa es que no hay en qué traerlo para Santa Clara”, agrega.
Varios vendedores consultados advierten que la escasez y el encarecimiento del producto no dependen tanto de los propios fabricantes, que lo comercializan a un costo relativamente asequible en origen, sino de la imposibilidad de trasladarlo desde las zonas rurales hacia las cabeceras municipales. Cuando los sacos de carbón pasan de la fuente primaria a una segunda mano y luego a intermediarios que los adquieren para transportarlos y revenderlos, por lógica, el precio se multiplica.

La realidad del carbonero
Con la subida del precio del carbón, la realidad del carbonero clandestino se ha tornado mucho más compleja, sobre todo porque se trata de productores informales que temen posibles represalias si los inspectores hallan el sitio donde montan sus pequeños hornos artesanales. “Aquí mucha gente se está atreviendo a cuenta y riesgo a montar cachimbitos en medio de descampados dentro de la misma ciudad”, revela Julio, un joven de 23 años que se dedica a fabricar carbón sin licencia en la periferia para su propio consumo y para venderlo a “gente confiable”. Cuenta que aprendió a montar los hornos en la infancia con la tutela de su abuelo paterno y, aunque hasta el momento no ha tenido ningún contratiempo, reconoce que vive con la incertidumbre de que alguien le “pegue un chivatazo”.
En otras provincias, como Santiago de Cuba, también existen reportes de residentes de zonas céntricas que se han arriesgado a saltarse las normas urbanas y confeccionar hornos de carbón con maderos secos de los árboles derribados por el huracán Melissa. Varias leyes vigentes en Cuba impiden la tala libre de árboles para producir carbón sin licencia. La Ley Forestal 85/1998 establece que cualquier acción de este tipo requiere autorización previa del Servicio Estatal Forestal. Mientras, la Resolución 365/2024 regula los permisos y guías necesarias para el traslado y comercialización de productos forestales. Aunque la producción artesanal sin autorización se considera una actividad económica ilícita, la necesidad pesa más que cualquier multa o decomiso.
A mediados de junio, una mujer identificada en Facebook como “Gipsy Azucar Miel” y residente en Sibanicú (Camagüey) advirtió en una publicación que antes de juzgar o delatar a un carbonero hay que entender lo que significa este trabajo “duro y peligroso”. A partir de su propia experiencia —durante años se dedicó a fabricar carbón junto a su pareja—, la mujer afirmó que muchos de esos trabajadores humildes, que apenas logran sostener a sus familias, terminan recibiendo multas superiores a los 30.000 pesos, las cuales rebasan por mucho la ganancia de unos pocos sacos de carbón.
Entre las dificultades principales que enfrentan quienes se dedican a este oficio, Gipsy menciona el hecho de cortar la madera bajo un sol abrasador a veces sin motosierras y durante varios días; pasar noches enteras vigilando los hornos para que no se les hagan orificios o respirar luego el polvo negro resultante de la quema que puede dañar los pulmones. A todo esto, se suma el costo de los envases y la precariedad alimentaria de quienes ejercen el oficio: “No es fácil después de todo lo que se pasa para la quema de un horno recibir una multa extremadamente millonaria por vender carbón, eso que hoy día se ha convertido en el fuerte de nuestra cocina y más para los que vivimos en el pueblo”.
¿Dónde está el carbón de marabú?
“El carbón bueno, cuando lo tiras al piso o chocan los troncos entre ellos, suena como metálico. Eso da la idea de que está bien cocido”, describe Julio a grandes rasgos. “El de marabú es el mejor, pero nadie sin papeles se atrevería a cortar esa mata por ahí en grandes cantidades. Muchos de los que no tenemos licencia utilizamos la anacahuita o el palo blanco, que no es como la aroma, pero resuelve”.
El pasado 21 de junio, el portal del Gobierno provincial de Villa Clara publicó una felicitación a los trabajadores agroforestales y aseguró que se produce carbón en la provincia “con destino al consumo nacional y a la exportación”. En los comentarios de la publicación, decenas de personas cuestionaron dónde está ese supuesto carbón.

Mientras muchas familias destinan hasta el 70% de su salario mensual para adquirir un saco de este producto, muchas veces de mala calidad, el régimen prioriza la exportación del carbón de marabú hacia Europa, con ingresos millonarios en divisas. Un reportaje sobre el tema publicado en elTOQUE señala que en 2024 existían en Cuba más de un centenar de mipymes privadas relacionadas con la producción de carbón vegetal y sus derivados. A ellas se sumaban productores con licencia para extraer madera, quienes venden el producto tanto a empresas estatales como privadas y lo exportan a través de intermediarias del propio Estado.
Los medios oficiales han dedicado varias notas en los últimos años a halagar el carbón de marabú como un combustible natural muy demandado en el mercado internacional. Granma reconoció que se fabrica en hornos artesanales de varios territorios del país y que “cada año Cuba produce un volumen cercano a las 40.000 toneladas”, aunque no especificó qué porcentaje de esa cifra se destina a la exportación.

El marabú, también conocido como aroma, es originario de África y, según precisan estudios científicos, fue introducido en la Isla como planta ornamental en el siglo XIX. Llegó a invadir más de 1,5 millones de hectáreas cultivables, sobre todo en los años 90. Las semillas de este arbusto espinoso se dispersan como pólvora por potreros y tierras ociosas; su raíz resulta en extremo difícil de extirpar y la planta resiste largos períodos de sequía. Sin embargo, una vez convertido en carbón, produce brasas duraderas, con alto poder calorífico y una combustión limpia sin chispas ni humo.
Un artículo del blog Aroma de Cuba señala que “el carbón de marabú cubano es hoy un artículo premium en las barbacoas de Europa” porque arde más tiempo, produce menos humo y respeta el sabor original de las carnes. Otro texto ponderativo publicado en la revista Excelencias asegura que Cuba ocupa el tercer lugar en el mundo entre los exportadores de ese carbón y que recibe “una generosa retribución en divisas para su tensa economía”.
Paradójicamente, mientras los europeos asan sus carnes a fuego lento con brasas de marabú, las familias cubanas intentan salvar un picadillo con trozos de carbón de maderas blandas prendidas con cartones de huevo y bolsas de nailon.







