Una de las muchas anécdotas que solía contar la periodista y poeta Tania Díaz Castro era que, en cierta ocasión, a inicios de la década de 1960, en la casa de su amiga la cantante Maggie Prior, había visto a Julio Cortázar en calzoncillos.
Según Tania, cuando tocó a la puerta del apartamento de su amiga, en un edificio de la calle San Lázaro, entre Oquendo y Soledad, en Centro Habana, quien le abrió, sin antes ponerse un pantalón, fue el famoso escritor argentino, que por entonces vivía una tórrida relación amorosa con la cantante.
Cortázar, que había venido a La Habana por primera vez en 1961 y luego en 1963, el mismo año en que se publicó su novela Rayuela, invitado a ser jurado del Premio Casa de las Américas, estaba fascinado por Cuba y la Revolución de Fidel Castro. Decía que Cuba era su tercera patria (las otras dos eran Argentina y Francia, donde residía).
Para sentirse como en su casa, solo necesitaba tener un amor aquí. Y lo encontró en Margarita Prior Kindelán, una negra muy bella, que había nacido en Santiago de Cuba en 1942.
Cortázar, que era un apasionado del jazz, conoció a Maggie Prior en un club nocturno habanero (¿Saint John, Scherezada, El Gato Tuerto?) y quedó deslumbrado por aquella esbelta mujer que cantaba estándares de jazz (Tenderly, My Funny Valentine, Misty, Bewitched, Someone to Watch Over Me) con un derroche de sensualidad y manejando el scat de un modo comparable al de Ella Fitzgerald o Sarah Vaughan.
Maggie Prior, que recientemente había roto la relación que tenía con el periodista José Hernández Artigas (apodado Pepe el Loco), también quedó prendada de Cortázar e iniciaron un intermitente romance que duró varios años y que ardía cada vez que el escritor argentino viajaba a La Habana.
Pero las visitas a Cuba se fueron haciendo menos frecuentes luego de que, en 1971, Cortázar se retractara de sus críticas al régimen cubano por el encarcelamiento del poeta Heberto Padilla, en cartas lacrimosas que envió a comisarios culturales castristas y en su poema Policrítica en la Hora de los Chacales.
Cortázar intentó llevarse a Francia a Maggie Prior, pero no logró convencerla. Aquella decisión probablemente le pesaría a la cantante, que se fue viendo cada vez más marginada porque los decisores culturales castristas, enfrascados en la lucha contra «el diversionismo ideológico», la consideraban «extranjerizante».
Su situación empeoró luego de la llamada Ofensiva Revolucionaria de 1968, cuando fueron cerrados la mayoría de los centros nocturnos donde Maggie Prior, acompañada por los grupos de Leonardo Timor o Felipe Dulzaides, solía presentarse.
En los años grises de la década de 1970, cuando le exigieron que no cantara en inglés, tuvo que dedicarse a interpretar solamente canciones de feeling, de la Nueva Trova, algún que otro bossa nova y baladas románticas.
En su carrera de casi treinta años, solo le editaron un par de sencillos en la Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales (EGREM) y raras veces fue presentada en la radio o la televisión.
En 1988 actuó en el Festival Jazz Plaza de aquel año. Poco después sufrió un accidente cerebrovascular. Murió en 1992.
Hoy, pese a ser, junto a Doris de la Torre, una de las mejores cantantes de jazz que ha dado Cuba, solo los cubanos de mayor edad conocedores del género recuerdan a Maggie Prior. Pero Julio Cortázar, que murió en 1984 en París, nunca olvidó a su amante habanera. Prueba de ello es el sentimiento puesto en Blues for Maggie, uno de los once poemas inéditos de Cortázar recogidos en el libro Papeles inesperados, publicado póstumamente en 2009.
En Blues for Maggie, que lleva a modo de exergo un fragmento de una conocida canción de Pablo Milanés («Ya ves, y yo sigo pensando en ti»), escribió Cortázar: «Ya ves / nada es serio ni digno de que se tome en cuenta / nos hicimos jugando todo el mal necesario».




