LA HABANA, Cuba.- En Cuba, cualquier cosa puede resultar turbulenta, incluso trágica. En esta isla, a la que amo mucho y a la que suelo dedicar mis mayores reverencias, suelen pasar cosas incluso increíbles y en cualquier sitio; lo mismo en la calle que en la casa, y hasta en el baño, en el inodoro.
No me extrañaría que aparezcan lectores que pongan reparos a lo que escribo, me tilden de mentiroso, exagerado e incluso gusano artificioso. Nada me extraña, nada me asusta. Ahí están mis deposiciones en el inodoro y esas miles de vivencias que, hasta hoy, he concretado en cada una de mis visitas al inodoro de mi casa.
No escribo de otras experiencias, hablo de las mías. Vuelvo a mirarme tanteando las paredes para no golpearme ni romperme la cabeza. Sí, soy escatológico, soy un hombre viejo que caminaba al baño tanteando las paredes, con pasitos muy breves, muy cuidadosos, para no fracturarme un hueso, para evitar, incluso, la muerte, mientras intentaba dejar lo que de más tenía adentro.
Yo siempre digo al modo Lezama: «Ah, que tú escapes en el instante en el que ya habías alcanzado tu definición mejor»; y quizá también eso otro que advierte que todo cuanto entra deberá salir más tarde o más temprano. Y eso era lo que yo quería: hacer mis mejores deposiciones, esas salidas que calman, esas que tranquilizan y permiten un sueño apacible y curador.
Eso era todo cuanto yo quería y no conseguí. No supe seguir, en su más cierta medida, las paredes de mi casa. Tropecé una vez con la pared y luego contra una puerta, y hasta me dio por proferir blasfemias a montón, sobre todo contra los comunistas que me obligan a vivir a ciegas y sufriendo tropezones.
Yo sólo quería sacar de dentro de mí lo que tenía de más. Eso es lo más natural de la vida, de nuestra anatomía, de nuestra fisiología. Yo sólo quería ser normal, como lo son otros en Rusia, en Copenhague, en Londres o Tombuctú. Yo quería sentarme tranquilito en el inodoro y encontrar con mis propias manos el papel higiénico, ese que despeja de incómodas suciedades el interior. Pero sólo conseguí un golpe, una caída, una insistente suciedad en la parte de atrás.
Y eso sucede siempre cuando comulgas con los comunistas. Eso sucede, y te embarras, y también apestas porque no hay agua, y el papel higiénico es una rareza, es un imposible, y tú apestas, y hasta lloras, porque la peste se hizo cada segundo más desagradable y el periódico Granma ya fue usado ayer y hoy no lo trajeron.
Y el comunismo es sucio, y mis deposiciones no son trágicas, son sucias, tan sucias como suele ser el comunismo que nos mata y nos enferma con cada una de sus suciedades, con nuestras inmundicias. El papel higiénico no existe y no resuelves, y no sabes porqué el baño de tu casa es la boca de un lobo.
En medio de la oscuridad, tu mano, es decir, la mía, entra hasta el fondo del inodoro, y se embarra, y lloras por la suciedad y la peste, y maldices al comunismo que te ensució, y te levantas, y quieres saber cómo limpiarte, y todavía estás ahí, como yo, sin que consigamos acabar de una vez con esa cochinada que resulta ser el comunismo.
Y tú, ¿estás dispuesto a limpiar tu cuerpo de tanta mierda?









