LA HABANA-. Que Cuba sea la Meca de la más rancia izquierda internacional y de resentidos y anticapitalistas de toda laya, negados a ver la real situación de los cubanos, no es algo nuevo: lo es desde 1960, cuando Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir vinieron a La Habana y quedaron deslumbrados por la entonces muy joven revolución de Fidel Castro. Pero nunca como en el reciente Convoy Nuestra América, que trajo a La Habana a varios cientos de “camaradas solidarios con la revolución” —incluidos personajes como Pablo Iglesias, Jeremy Corbyn, Medea Benjamin y Manolo de los Santos—, ese peregrinaje había alcanzado tamañas proporciones de estupidez, desvergüenza y ceguera autoinducida.
Negados a renunciar a la utopía que se inventaron, vienen a Cuba, ahora con más bríos y alharaca, antes de que sea demasiado tarde, para intentar impedir que se acabe de desvanecer el relato de la revolución castrista que los arrulla desde hace décadas.
Los solidarios dicen que vinieron a ayudar con sus donaciones a los cubanos, pero lo que gastaron en agasajarlos sus anfitriones, los mandamases de la continuidad fidelista, superó con creces la ayuda que hayan podido traer sus amigos foráneos. Pero los mandamases, más necesitados que nunca de propaganda favorable para atenuar su descrédito mundial, costearon gustosos el derroche —en dinero, comida, bebida y el combustible que tanto escasea para las necesidades de la población— en el jolgorio y la pachanga de la zurdería cómplice.
No abundaré en el tema porque mucho se ha dicho y escrito en estos días acerca de la desfachatez de estos peregrinos de lujo, solidaridad selectiva y labia presta al disparate, que pasearon y fiestearon a sus anchas en un país convertido en un parque temático del comunismo, por el que deambulan, como zombis, sus hambreados pobladores, a los que vieron de lejos. Tan de lejos que alguno de los visitantes, al escuchar sonar los calderos en una madrugada de apagón, pensó que era un festejo de los nativos.
Hace unos años, el sociólogo norteamericano George Ritzer adoptó la perspectiva de “la macdonaldización de la sociedad”. Dentro de ella, y teniendo en cuenta los parques Disney, acuñó el término “McDisneyzación del turismo”.
Sería interesante conocer la opinión de Ritzer sobre el gran parque temático en que se ha convertido Cuba, o los varios subparques en que se divide, según los intereses del visitante. Porque hay para todos los gustos, no solo de los turistas ideológicos.
Están también los que no saben mucho de historia o política —ni les interesa—, que quieren ver a Cuba antes de que cambie, del modo que sea. Como es hoy: una curiosidad, una especie de museo de un estrambótico comunismo tropical que está a punto de ser desmontado. Y se apresuran en venir antes de que dejen de rodar los almendrones, se acaben de derrumbar los viejos edificios, se contaminen las aguas de las playas de las cayerías y los trabajadores sexuales adecúen sus tarifas a las de Bangkok o Ámsterdam.
De la utopía revolucionaria, si es que les interesa, solo queda lo que el turista de antemano planificó ver, y eso es exactamente lo que le muestran los cicerones. Porque los turistas no gustan de sorpresas desagradables o contratiempos. Antes que con gente impredecible que les pueda amargar la jornada con el recuento de sus cuitas, las quejas sobre el gobierno, o peor aún, con maleantes que los estafen o asalten, prefieren conversar con personas alegres, serviciales y prestas a bailar en cuanto suene una maraca o un tambor, como se espera que sean los cubanos, de acuerdo al guion, aunque se pongan impertinentes con la propina y pidiendo regalos.
En vez de los locos y pordioseros que deambulan por las calles, los turistas prefieren retratar —por el parecido con Fidel— a esos ancianos de barba larga, camisa verde olivo, gorra miliciana y licencia de figurantes que andan por la parte de La Habana Vieja que diseñó Eusebio Leal.
Esa es la Habana que prefieren ver los turistas: el casco histórico, un tinglado montado para recaudar divisas. Folklore de postal turística. Una mezquita y una catedral ortodoxa, ambas sin feligreses. Un cementerio-jardín reservado para personalidades del régimen, con tierra de colores y a la sombra de un convento. Cartománticas negras con batas decimonónicas y pañuelos de bayajá.
Una Habana en sepia, tecnicolor o verde olivo: de la billetera y el gusto del visitante depende cómo colorearla. Con puros Cohiba, mojitos y Cuba Libre sin Coca-Cola. Artesanías, boinas guerrilleras, carteles y camisetas con el rostro ferozmente soñador de Che Guevara. Pseudoarte posmoderno, salsa, son y reguetón. Muchachas y muchachos que se alquilan por un rato: sexis, bronceados o tan negros como el ébano, instruidos, cariñosos y a precios de ganga.
Una pintoresca estafa a solo metros de La Habana profunda, la real. La que habla a gritos y palabrotas por no reventar de rabia. La ciudad que, además del olor a ron y lechón asado de los restaurantes en divisa, apesta a aguas albañales, sudor, arrecife sucio y basura sin recoger. La Habana de los apagones, la falta de agua y los pordioseros.
Cada vez hay menos, pero todavía se ven, andando por La Habana, extranjeros sonrosados y risueños, como si pasearan por el mejor de los mundos, que parecen ver corporeizado en Cuba, donde solo les molestan el calor y los mosquitos. Caminan entre columnas, rejas, establecimientos con precios del Primer Mundo y edificios en ruinas.
Ven por doquier policías con boinas negras o grises, gesto adusto, largas porras de goma y perros sin bozal, cuidando el orden. Si exageran el celo en la tarea, no importa. Son los guardianes del parque, que no se olvide: es una plaza sitiada por los yanquis. Eso explica todas las molestias e inconvenientes que pueda haber.








