Brasil y España votan; Cuba sigue sin poder elegir

Las elecciones brasileñas y el adelanto de los comicios españoles recuerdan una diferencia fundamental: en democracia, los ciudadanos pueden reemplazar a sus gobernantes; en Cuba, esa posibilidad continúa negada.
Miguel Díaz-Canel y otros jerarcas del régimen cubano
Miguel Díaz-Canel y otros jerarcas del régimen cubano (Foto: Estudios Revolución)

LA HABANA.- En apenas dos días hemos conocido dos noticias electorales importantes de países de nuestro entorno cultural. El domingo 4 de octubre se celebró la primera vuelta de las elecciones generales en Brasil. El lunes, Pedro Sánchez, presidente del Gobierno español, anunció el adelanto de los comicios generales al próximo 29 de noviembre.

Son países con sistemas políticos distintos. En el gigante sudamericano, como en buena parte de Nuestra América, rige un sistema presidencialista. España, por el contrario, tiene una monarquía parlamentaria: los ciudadanos eligen a sus representantes y el Congreso decide quién encabezará el Gobierno.

Pero, por encima de esas diferencias, ambos sistemas permiten algo esencial: que los electores escojan entre opciones políticas distintas y puedan reemplazar pacíficamente a quienes ejercen el poder. El resultado no está decidido antes de abrir las urnas.

En Brasil, los ciudadanos pudieron elegir entre doce aspirantes a la Presidencia. La disputa se concentró en dos: el actual mandatario, Luiz Inácio Lula da Silva, y el senador Flávio Bolsonaro, candidato del Partido Liberal e hijo del expresidente Jair Bolsonaro.

Ninguno de los restantes aspirantes alcanzó el 3 % de los votos válidos. Conviene recordar, sin embargo, que en un país de semejantes dimensiones esos porcentajes representan millones de personas. El escritor y psiquiatra Augusto Cury, tercero en la contienda, obtuvo el 2,89 %.

El resultado principal fue la ventaja de Bolsonaro: consiguió el 47,03 % de los votos válidos, frente al 45,16 % de Lula. Más de 56 millones de brasileños respaldaron al candidato opositor. Ambos volverán a enfrentarse el 25 de octubre.

Para el octogenario dirigente del Partido de los Trabajadores, quedar en segundo lugar supone un revés político. Para su adversario, constituye un impulso. Pero sería precipitado convertir esa ventaja en una victoria definitiva: falta la segunda vuelta y ninguno tiene asegurados los votos de quienes respaldaron a otros candidatos.

Tampoco cabe presumir que esos apoyos se trasladarán en bloque a Bolsonaro. Cury y Renan Santos anunciaron que no respaldarán a ninguno de los dos contendientes. La campaña que comienza deberá conquistar a esos electores y movilizar a quienes no acudieron a las urnas.

Desde mi perspectiva, una derrota de Lula reforzaría a las fuerzas que cuestionan los proyectos de izquierda en la región. Pero esa es una expectativa política, no un resultado consumado. La decisión corresponde a los brasileños.

En España, el anuncio de Sánchez llega en medio de la crispación política y de las dificultades de su Gobierno para reunir apoyos parlamentarios. El rechazo en el Congreso de dos decretos sobre vivienda precipitó la convocatoria.

A ello se suman los cuestionamientos a su gestión migratoria, la respuesta ante catástrofes naturales, la política de vivienda y los casos de presunta corrupción que afectan a su entorno político. Son asuntos que los ciudadanos podrán valorar al votar.

Quienes deseamos una derrota del PSOE podemos esperar que el Partido Popular y Vox consigan los apoyos necesarios para formar Gobierno. Pero también aquí corresponde distinguir entre los deseos y los hechos: serán los electores y, después, las mayorías parlamentarias quienes determinen el desenlace.

Esa incertidumbre es precisamente una de las características de la democracia. Los gobernantes pueden perder. La oposición puede ganar. Los ciudadanos pueden castigar una mala gestión sin que por ello se los considere enemigos de la patria.

Para los cubanos, esa normalidad resulta dolorosamente ajena.

Durante más de dos tercios de siglo, el sistema impuesto en Cuba nos ha privado de la posibilidad de escoger libremente entre proyectos políticos distintos. La situación del país puede ser —y de hecho es— desastrosa, pero sus gobernantes no ofrecen a los ciudadanos una vía electoral competitiva para reemplazarlos.

Los apagones, la escasez, el deterioro de los servicios públicos y la emigración no pueden traducirse en una derrota del partido gobernante en las urnas. El Partido Comunista conserva su posición de fuerza dirigente y excluye la competencia por el poder.

En «las elecciones» a la Asamblea Nacional, la maquinaria política presenta tantos candidatos como escaños deben cubrirse. El elector puede respaldarlos o negarles su voto, pero no escoger entre candidaturas rivales que propongan gobiernos y programas diferentes. No existe una oposición con posibilidades de conquistar una mayoría y asumir la dirección del país.

A eso se reduce la farsa: se convoca a votar, pero se impide elegir una alternativa de poder.

Brasil y España nos recuerdan, con sus diferencias, sus conflictos y sus incertidumbres, lo que debería ser un derecho elemental también para nosotros. No se trata de que triunfe siempre el candidato que uno prefiere. Se trata de que todos puedan competir, de que los votos se cuenten y de que quienes pierdan acepten entregar el poder.

Ojalá los próximos comicios favorezcan a fuerzas comprometidas con la democracia y los derechos humanos, también cuando se trata de Cuba. Pero nuestro anhelo principal debe ser otro: que los cubanos dejemos de observar desde fuera cómo otros pueblos eligen y podamos, por fin, decidir libremente nuestro propio destino.

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