LA HABANA, Cuba ― Acaban de cumplirse 16 años de la muerte, en el año 2010, en sospechosas circunstancias, del periodista independiente y activista por los derechos humanos Adrián Leyva, quien murió en el intento de regresar a su país ―del que nunca debió salir y al que menos aún la dictadura debió impedirle el regreso.
Las autoridades cubanas entregaron su cadáver a su familia el 5 de abril de 2010. Explicaron que se había ahogado en el mar y que hacía unos 10 días habían hallado su cuerpo. Alegaron que la demora en la entrega del cadáver se debió a que no habían podido identificarlo.
Esa tardanza fue muy sospechosa, porque a Adrián Leyva la Seguridad del Estado lo tenía fichado desde hacía más de una década, desde los tiempos en que recogía firmas para el Proyecto Varela y como periodista independiente que escribía para CubaNet.
En una pequeña embarcación Adrián Leyva había salido de Miami, rumbo a Cuba, el 22 de marzo de 2010. Un año antes, a principios de 2009, anunció públicamente que si no había otro modo de que las autoridades le permitieran regresar a su patria, entraría sin permiso por cualquier punto de la costa cubana. “No por desafiar al Gobierno, sino por el derecho natural que me asiste. Y que pase lo que pase”, advirtió.
Adrián Leyva se había ido de Cuba en el año 2005. Aceptó irse para facilitar la salida del país de su esposa, pero advirtió que retornaría como fuera. Volvió a Cuba tres años después, en mayo de 2008. Pero en octubre, luego de una estancia de varios meses en La Habana, agentes de la Seguridad del Estado lo condujeron a la fuerza al aeropuerto y lo expulsaron del país.
Fue entonces cuando Adrián empezó su lucha por el derecho de todos los cubanos, sin distinciones, a regresar a su patria. Un derecho por el que seguiría luchando hoy si estuviera vivo. Porque el derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y regresar ―consagrado en el artículo 13 de la Declaración Universal de Derechos Humanos― se sigue violando en Cuba.
A pesar de la reforma migratoria del año 2013 que puso fin a la aberración que significó el término “salida definitiva del país ” y los actuales llamados a los residentes en el exterior para que vengan a invertir en Cuba, aún el régimen, a través de los diplomáticos-policías de sus embajadas, se arroga el derecho de decidir a qué cubano permite entrar en su país y a quién no, en dependencia de su participación en “acciones hostiles contra los fundamentos políticos, económicos y sociales del Estado cubano”. Y pese a la eliminación del permiso de salida conocido como “Carta Blanca”, la Seguridad del Estado decide qué cubano puede viajar al exterior y quién no por estar “regulado”, como es el caso de numerosos opositores y periodistas independientes.
En sus cartas a jefes de Estado, al Vaticano, la Unión Europea y al propio Gobierno cubano, Adrián Leyva preguntaba: “Si no defendemos el derecho a la nación que nos pertenece, ¿de qué vale defender todo lo demás (…)?”.
Adrián Leyva no aprendió nunca el difícil arte del desterrado: su obsesión era regresar a Cuba. Cansado de quienes lo acusaban en Miami de ser un infiltrado del régimen castrista por oponerse al embargo, decidió volver a Cuba para, según aseguraba, luchar pacíficamente por la democracia, como hizo en sus días como activista del Proyecto Varela.
Adrián cumplió su sueño. Al fin logró quedarse en Cuba, pero muerto, bajo tierra, su tierra. Únicamente así logró que la tiranía que se adjudica el monopolio de la patria no pudiera impedirle la entrada o expulsarlo de la tierra que tanto amó.









