Presentación
George Steiner y Harold Bloom son, según creo, los críticos más importantes de la segunda mitad del siglo XX en lengua inglesa. Sobre la importancia del primero apenas resulta necesario insistir: la envergadura, versatilidad y sutileza de su obra son tales que muy pocos se atreverían a cuestionarlo. El caso de Bloom es, qué duda cabe, más complejo: su casi patológica obsesión con Shakespeare –el adverbio es acaso innecesario–, su fascinante pero abstrusa teoría de la influencia, sus irreverentes volúmenes sobre “la religión americana”, y el gnosticismo, en fin, su desaforada defensa del esplendor estético como único criterio posible para decidir si un texto es literatura de primer orden: todo eso ha suscitado tanto la admiración más fervorosa como el no menos intenso aborrecimiento de miles de lectores en el mundo anglosajón y más allá de este. Quizá ese sea el destino de todo ensayista original y polémico, pero sospecho que incluso sus más fervientes admiradores experimentarían ciertas dificultades si alguien les exigiera una sucinta exposición de la originalidad e importancia de Bloom. El hombre ha escrito prácticamente sobre toda la literatura canónica occidental y precisamente eso complejiza la respuesta. Parafraseando uno de sus títulos alguien podría inquirir, ¿dónde se encuentra su sabiduría? Ante semejante pregunta, perfectamente válida, yo recomendaría la lectura del texto que aquí traduzco: William Giraldi, que ya había despertado el interés de algunos lectores con su novela Hold The Dark (un relato que recuerda al Cormac McCarthy más sombrío) demuestra ser también un ensayista de considerable envergadura en esta magnífica exposición de toda la carrera de Bloom desde sus orígenes hasta la publicación de Anatomía de la influencia, un ensayo, escrito en 2012, que articula con admirable concisión los elementos fundamentales del discurso crítico de Bloom y demuestra por qué algunos de sus libros serán leídos, quizá, durante décadas.
William Giraldi: Laberinto viviente
Ningún otro crítico en Norteamérica desde Emerson ha hecho más que Harold Bloom para convertir el comentario literario en algo tan creativo, dinámico y provisto de una dignidad estética comparable a la que tiene la literatura que se propone evaluar. Personal, apasionado, religiosamente devoto de la gran literatura, Bloom lleva deslumbrándonos durante cinco décadas, no solo con sus fascinantes afirmaciones, su personalidad digna de Falstaff y su incomparable erudición sino también con su férrea resistencia a ser definido, con su singular propensión a reinventarse a sí mismo. Como su héroe Walt Whitman, Bloom contiene multitudes. “Un poema es acto y fulgor”, ha escrito, “y si no lo es, no hay que leerlo por segunda vez. De la misma forma, un ensayo crítico es acto y fulgor, o no hay que leerlo ni siquiera una vez”. Ahora, a los ochenta y un años, a Bloom le queda “fulgor” para rato. Sus dos últimos libros —Anatomía de la influencia: la literatura como modo de vida y La sombra de una gran roca: una apreciación literaria de la Biblia King James, poseen una intensidad poco frecuente y transmiten la sensación de constituir un legado con mayor fuerza que casi cualquier otro libro de su vasta obra.
Bloom llama a la Anatomía de la influencia su “canción de cisne”, “su reflexión final sobre el proceso de la influencia”. Tiene la distinción de combinar diversos rasgos de cada una de las tres fases de la carrera de Bloom, pero se trata en última instancia de un regreso a la crítica más seria y a la close reading después de publicar un puñado de libros menores que intentaban despertar el interés del lector promedio por la literatura canónica. “Este libro es ante todo una apreciación”, escribe, “en una escala que no volveré a intentar”.
Walter Pater, el Doctor Johnson, William Hazlitt y Oscar Wilde nunca están lejos del esquema de apreciación de Bloom, de su evaluación de la grandeza estética. Pater, sobre todo, es la influencia fundamental de los juicios estéticos de Bloom, de lo que podríamos llamar el núcleo de su credo crítico desde la publicación de su faraónico volumen Genios. Pater predicaba una forma muy personal de crítica que intenta comprender los matices de cómo la literatura afecta a su lector, un efecto que la belleza hace posible. “Practicar la crítica literaria”, escribe Bloom, “es pensar poéticamente acerca del pensamiento poético”. Y Bloom cita a Longinus: “Las palabras hermosas son en verdad la peculiar luz del pensamiento”.
El mantra de Bloom en Anatomía de la Influencia es: “Lee, relee, describe, evalúa, aprecia: ese es el arte de la crítica literaria para el presente”, una alusión al ensayo de Matthew Arnold de 1865, “La función de la crítica en el presente”. Algunos críticos poco perceptivos llaman “arnoldiana” la exaltación que Bloom hace de la literatura, pero en realidad Bloom nunca ha tenido la menor estima por Arnold como poeta o crítico literario y no comparte la visión idealizante de Arnold de la literatura como fuente de valores morales. Para Bloom la grandeza estética de la literatura ofrece placer y la posibilidad de autoconocimiento, pero eso es todo: no busques allí la posibilidad de reforzar tu arquitectura ética porque “la lectura de Emerson no te convertirá en un mejor ciudadano”. Lo que sí conseguirás será reforzar el necesario diálogo contigo mismo, aprender cómo ser tú mismo. ¿Por qué es esencial la estética? Porque, para Bloom, “la vida está compuesta por momentos cuya cualidad se intensifica por la aprehensión estética”. Los Nuevos Críticos y los postestructuralistas denigraron esta crítica personal de apreciación estética y algunos todavía lo hacen. Pero sería un error aceptar tal opinión: después de todo, si el análisis literario no tiene nada que ver con la belleza o con la manera en que la literatura afecta las vidas de los individuos, entonces, ¿para qué sirve?
Para Pater, como para Johnson, escribe Bloom, “la literatura no era solo un objeto de estudio sino una forma de vida”. De esta máxima procede el subtítulo del libro y esta declaración en su comienzo: “La crítica literaria como yo intento practicarla es ante todo literaria, es decir, personal y apasionada”. En sus momentos más efectivos y perdurables la crítica literaria se convierte “en una especie de literatura sapiencial y, por tanto, en una meditación sobre la vida”. En realidad –aunque probablemente él desapruebe esta asociación– casi toda la carrera de Bloom consiste en variaciones sobre la famosa frase que Agustín de Hipona creyó escuchar un día en un jardín: “recoge el libro y lee”. Este es el mensaje que Bloom ha predicado desde los años ochenta, cuando abandonó la fase “oscurantista” de su carrera (toda esa abstrusa teoría sobre la influencia) y se dedicó a forjar un tipo de crítica más asequible. Este es el Bloom que tenemos hoy, el más conocido por sus lectores. El primer libro que escribió en este nuevo estilo, Ruin The Sacred Truths (1989), acerca de la literatura religiosa y la poesía, no es precisamente un “volumen ligero” pero sí se ha purgado del fastidioso metalenguaje que por momentos hacía onerosa la lectura de sus anteriores ensayos.
Como muchos lectores solo conocen sus libros “populares” (El canon Occidental, ¿Cómo leer y por qué?, ¿Dónde encontrar la sabiduría?, podría resultar una sorpresa para ellos conocer que Bloom comenzó su carrera a finales de los años cincuenta como un campeón del Romanticismo. En La creación de mitos de Shelley, La compañía Visionaria y El Apocalipsis de Blake, Bloom contribuyó a rescatar a los poetas románticos ingleses de la irrelevancia en la que T. S. Eliot y los Nuevos Críticos los habían enterrado. Estos últimos consideraban a los poetas románticos (especialmente a Shelley) como meros sátiros borrachos. Bloom no puede estar más lejos de semejante desdén: cuando los llama “visionarios” se refiere a que intentan alcanzar el éxtasis, lo sublime en el sentido de Longino. Bloom estaba fascinado por la vitalidad de estos poetas, que se postraron ante el altar del poder imaginativo y convirtieron su arte en una religión. El primer contacto del crítico con la gran poesía puede haber sido su lectura de Hart Crane a los doce años en la Biblioteca Pública de New York, pero fueron los Románticos quienes dotaron a Bloom de su propia visión específica acerca de lo que la literatura puede conseguir. Cuando Bloom llegó a Yale en 1955, la Nueva Crítica se había convertido en un fósil. Alrededor de Bloom surgió un nuevo método de aprehender la literatura que llegó a ser conocido como la Escuela de Yale. Geoffrey Hartman, J. Hillis Miller y Paul De Man (todos colegas y amigos de Bloom) se habían convertido en miembros fervorosos de la secta deconstruccionista tras las visitas de Jacques Derrida a Norteamérica a finales de los años sesenta, pero Bloom rechazaba toda influencia del gurú francés y se burlaba abiertamente de su doctrina: “es solo un ridículo nihilismo lingüístico”, decía. Según Bloom, los deconstruccionistas no estaban interesados en la literatura sino en producir sus absurdas teorías y conseguir poder en la Academia.
Bloom tenía otras ideas. Entre ellas estaba un estudio de quinientas páginas titulado Yeats, un volumen de obsesiva concentración donde acusa a Yeats de haber fallado como poeta tras abandonar la influencia de Shelley. Quizá Bloom estaba enojado por la manera en que la interpretación de Eliot –su particular close reading— había dominado por años la academia, pero lo cierto es que como lector atento de los textos supera a Eliot con soltura (además, no hay un libro de Bloom en que no acuse a Eliot de ser un crítico mediocre y en la Anatomía de la influencia lo llama “uno de los peores críticos literarios del siglo XX”). Anatomía de la influencia le recuerda a los lectores que, aunque algunos han llegado a considerarlo un “popularizador”, él comenzó su carrera como uno de los grandes lectores de poesía en inglés del planeta y todavía lo es.
La preocupación fundamental de Bloom en Anatomía de la influencia es el famoso concepto de “autoinfluencia”, esbozado por Valéry: “la influencia de una mente sobre sí misma y de una obra sobre su autor”. Bloom define el concepto de Valéry no como “autorreflexión o autorreferencia” sino como “una forma sublime de autoposesión” (lo Sublime, derivado de Shelley tanto como de Longino, ha sido una pieza clave de la estrategia de Bloom desde 1960). De hecho, en este libro la influencia ya no es el agón que una vez fue: “en este, mi último ensayo sobre el tema, defino la influencia sencillamente como amor literario, atemperado por la defensa”. Además, proclama que “la abrumadora presencia del amor por la literatura es vital para entender cómo funciona”, un credo que todo crítico literario debería ponderar.
Las dos figuras más prominentes en este estudio son, por supuesto, Shakespeare y Whitman –“los mundos que ellos forjaron nos forjaron a nosotros”– a quienes Bloom ha retornado una y otra vez a lo largo de cinco décadas, aunque, por supuesto, sus otros favoritos –Shelley, Milton, el Doctor Johnson, Emerson, Wallace Stevens y Hart Crane– también ocupan un lugar muy importante en el libro. Y su mensaje a los Nuevos Críticos que, increíblemente, todavía se aferran a algunas posiciones en la academia, así como a los robustos Nuevos Cínicos que dominan las universidades norteamericanas y pretenden que todos renuncien al estudio de la grandeza estética es contundente: “No podemos entender la literatura especialmente la gran literatura, si negamos la auténtica pasión literaria”.
Es cierto que toda esta charla sobre pasión por la literatura puede sonar un poco extraña cuando recordamos que, al menos desde 1973, Bloom ha sido considerado como el gran teórico de la influencia literaria: cuando La angustia de las influencias apareció ese año muchos críticos no sabían qué pensar del libro… y a decir verdad todavía no lo saben. El libro marcó el inicio de su primera metamorfosis: Bloom, el resucitador de los poetas románticos se convirtió en el impenetrable teórico del agón y la influencia. Es cierto que no se trata de un texto que corteje al lector: radiante y remoto, La angustia de las influencias fue el punto en que Bloom comenzó a irritar a la gente y a perder lectores. Alfred Kazin, aunque reconocía el genio de Bloom, ironizó en una ocasión: “Parece ser esencial para Bloom que su audiencia no sepa exactamente de qué está hablando”. Y el propio Bloom en una entrevista del año 2002 admitió que, cuando releyó el libro un año después de su publicación, no pudo entenderlo.
La angustia de las influencias gira en torno a lo que Bloom ha llamado “una mala lectura creativa” y ocurre entre poemas, no entre poetas. Todo “poeta fuerte” está involucrado en un agón psíquico con un poeta fuerte anterior a él porque todo poeta fuerte sabe, de manera inconsciente, que “ha llegado tarde, demasiado tarde para ser original”. Sin la lectura que Tennyson hace de Keats, Tennyson apenas existiría. Pero lo interesante es que esto no significa que Tennyson estuviese obsesionado con evadir la influencia de Keats. Por el contrario, Tennyson no sentía la menor ansiedad respecto a Keats porque “la angustia de las influencias no tiene demasiado que ver con el precursor, sino que es una angustia concretada en y a través del poema”.
Esta teoría no tiene nada que ver con Freud o el psicoanálisis porque el nuevo poema no es una sublimación de la angustia, sino que el objeto verbal es la angustia misma. La “mala lectura creativa” que Tennyson hizo de Keats fue esencial para que Tennyson efectuara un giro –en el sentido del poema de Lucrecio, Sobre la naturaleza de las cosas, donde los átomos cambian de dirección súbitamente– hacia su propia fuerza, hacia su originalidad poética, para afirmar su propia “voluntad de poder”, lo que hace la teoría mucho más nietzscheana que freudiana (en Un mapa de la mala lectura Bloom escribe: “Todavía no hemos encontrado la forma de evadir las consecuencias de las percepciones de Nietzsche, que son mucho más agudas que las de Freud”). Bloom sigue a Nietzsche al escribir que el agón fue el fundamento de toda la vida artística griega, como cuando Homero suplantó a Hesíodo, o como cuando los poetas trágicos atenienses compitieron en el festival de Dionisos. Ese mismo fundamento agonístico pertenece ahora a toda la literatura occidental. La teoría irritó –y sigue irritando– a tantos académicos porque exige que nos convirtamos en mejores lectores, en auténticos amantes de la tradición poética. Pero lo más intimidante es que requiere que entremos en la mente oceánica y laberíntica de Harold Bloom: algunos preferirían entrar sin iluminación alguna en una cueva repleta de murciélagos.
Es cierto que los detractores de Bloom se han multiplicado con el paso de los años (nadie tiene más enemigos que Bloom en las letras norteamericanas) pero fue en los años setenta que Bloom, según el mismo reconoce, perdió toda esperanza de ser aceptado por la Academia: desde esa época el ensayista del Bronx se ha enfrentado en una contienda perpetua a los así llamados “multiculturalistas”, cuya desvergonzada negación del genio de Shakespeare (el inexplicable e insondable autor que, según Bloom, “se engendró a sí mismo”) para exaltar en su lugar a una escritora protofeminista de quinta categoría como Aphra Behn es un insulto que Bloom no puede dejar pasar como si tal cosa: la literatura no es propaganda: es personal, emocional y sublime… o no es nada –“yo exijo tres cosas de un poema”, escribe Bloom en Anatomía de la influencia, “esplendor estético, poder cognitivo y sabiduría”. Ya en Genios Bloom había escrito: “El estudio de la mediocridad, sin importar cuál sea su origen, engendra mediocridad. Eso es inaceptable”.
Por otra parte, habiendo escrito cinco libros sobre cuestiones religiosas Bloom se encuentra en la muy poco envidiable posición de ser aborrecido tanto por algunos clérigos –especialmente la variedad más delirante de los fundamentalistas cristianos– como por los académicos liberales agnósticos. Como Arnold y Frye antes que él, se niega a distinguir entre libros religiosos y literatura… en 1990, inesperadamente, consiguió alcanzar la lista de best-sellers con El Libro de J, donde argumentaba que el así llamado Yavista o Escritor J –en el Pentateuco– era una mujer en la corte del rey Salomón. Frank Kermode ha escrito con razón que “Bloom, el erudito bíblico, y Bloom, el shakespereano, y Bloom, el crítico romántico son criaturas de una sola sustancia”. Y en La sombra de una gran roca, Bloom demuestra que no es posible entender la literatura en lengua inglesa a menos que uno entienda la creación de William Tyndale:[1] “La traducción de la Biblia de Lutero significó la creación de una nueva lengua alemana. El Nuevo Testamento de Tyndale afectó con mayor potencia aún toda la escritura posterior en lengua inglesa”.
En cuanto a Shakespeare, en Anatomía de la influencia, Bloom subraya con renovado vigor todo lo que había dicho sobre Shakespeare desde la publicación de Ruin the Sacred Truths: “Tus propias emociones fueron originalmente pensamientos de Shakespeare” y “Sin Shakespeare no seríamos como somos”.[2] Aquí Bloom revisa su incisiva afirmación según la cual “los personajes de Shakespeare cambian mientras se escuchan a sí mismos (en contraposición a los de Cervantes, que cambian mientras escuchan a otros)”. Ahora el erudito sugiere que Shakespeare mismo cambia mientras escucha a sus propios personajes y que eso cambios a su vez se integran a la obra y la complejizan: una sublime reciprocidad. Después que Shakespeare superase de manera abrumadora a Chaucer, Tyndale y Marlowe, solo quedaba un escritor que pudiese influenciarlo: él mismo.
Algunos de sus enemigos han acusado a Bloom de repetirse. Sin embargo, como ha señalado Cynthia Ozick, “los libros de Bloom se refuerzan unos a otros al mismo tiempo que expanden, mediante poderosos argumentos, inesperadas alusiones, insuperables citas, paradojas y casi infinitas lecturas, el espacio cubierto por su desmesurada potencia cognitiva”. Hay una enorme diferencia entre “cortar y pegar” (por así decirlo) y repetir con minuciosa revisión y apasionado énfasis ciertos argumentos de primer orden, como hace Bloom en su análisis de Hamlet a lo largo de tres libros: de Shakespeare: la invención de lo humano a Hamlet: poema Ilimitado a Anatomía de la influencia, sus observaciones sobre “el héroe de la conciencia Occidental” se refinan, se aclaran y se vuelven más concisas… hasta convencernos de que el desconcertante príncipe danés “sabe, siente y percibe más que cualquier otra persona en la historia”.
Bloom mismo proclama alegremente que Shakespeare es Dios y sus especulaciones sobre el gran dramaturgo y su influencia siempre son fascinantes, incluso cuando resultan inverosímiles: si Otelo y Desdémona nunca consumaron su matrimonio, “la vulnerabilidad del heroico moro ante el genio demoníaco de Yago se vuelve mucho más comprensible”. Milton y Joyce, ciegos, “podrían haberse apoyado en la memoria auditiva de haber recitado a Shakespeare solo para sí mismos durante la composición de sus obras, especialmente si consideramos que tanto Paradise Lost como Finnegans Wake rebosan de revelaciones shakesperianas”. Con su propia inaudita memoria –semejante a una trampa para atrapar osos– Bloom ha memorizado la mayor parte de la poesía canónica en lengua inglesa, incluyendo todo Shakespeare. “Si te aprendes Hamlet de memoria, si posees la obra en tu memoria, el protagonista deja de parecer meramente inteligente o tan angustiado como el resto de nosotros”, escribe Bloom. Recordar y recitar no es solo cantar sino también crear.
El título original de Anatomía de la influencia era Laberinto viviente: literatura e influencia, un título más apropiado. El epígrafe de Tolstoi declara la importancia de reconocer “el infinito laberinto de relaciones que forman el estudio del arte”, mientras que Bloom confirma a lo largo de todo el libro que “la estructura de la influencia literaria es laberíntica, no lineal”. Laberíntico es también la mejor descripción de la enciclopédica mente de Bloom y de su programa humanista de apreciación estética. Su humanismo siempre ha sido su rasgo más atractivo porque, pese a todo su mal humor y sus gruñidos contra el multiculturalismo, su devoción por los mejores libros es en última instancia un fervor por todo aquello que es mejor en nosotros. “La literatura canónica es necesaria si queremos aprender a mirar, a escuchar, a sentir y a pensar”, sobre todo si aspiramos a alcanzar “un ensanchamiento considerable de nuestra conciencia”. Como Bloom subraya en Cómo leer y por qué, acudimos a los mejores libros “para fortalecer el yo” y para aprender a prepararnos para el cambio porque “el cambio final, desafortunadamente, es universal”. La literatura, escribe Bloom en Anatomía de la influencia, “no es meramente la mejor parte de la vida, es en sí misma la forma de la vida, que en verdad no tiene otra forma”.
Con la excepción de Wallace Stevens: los poemas de nuestro clima, hay pocas referencias a Santayana en la obra de Bloom (Stevens fue alumno de Santayana). Bloom, sin embargo, aplaudiría el juicio de Santayana según el cual “la única ventaja de poseer grandes obras literarias estriba en aquello en lo que pueden ayudarnos a convertirnos”. Esa también es una de las ventajas de poseer la obra de Harold Bloom: leerlo desde su primer libro hasta el último es trazar un estupendo desarrollo, entrar en un cosmos de sabiduría en incesante expansión, una auténtica épica proustiana de amor por los libros y veneración por la poesía, entender que para Bloom el laberinto de la angustia de las influencias fue la única manera de utilizar su tentacular inteligencia. Siempre necesitaremos su opinión, su propia exuberante influencia.
Notas:
[1] Es decir, la así llamada King James Bible. Si bien es cierto que esa ilustre traducción fue llevada a cabo por una comisión de obispos y prelados pertenecientes a la Iglesia de Inglaterra entre 1603 y 1611, también lo es que basaron su trabajo –especialmente en todo lo concerniente al Nuevo Testamento— en la extraordinaria versión publicada por el erudito William Tyndale en 1535.
[2] Como es natural, esta frase y la anterior son una muestra típica del costado más delirante del bueno de Harold.


El Canon Occidental del señor Bloom y el cañón habanero con el que lo esperamos.
Los admiradores de Harold Bloom le agradecemos a Ubaldo León Barreto la traducción del a veces petulante ensayo de William Giraldi. Un grave error en la traducción, que Ubaldo debe pensar, para evitar disparates: «Mala lectura» es mejor traducirla como «Lectura desviada». Así lo hizo y aclaró muy bien, hace un cuarto de siglo, Carlos Gamerro. Misreading, al igual que misinterpretation, no implican para Bloom juicios de valor. Remito a la edición en español de «Poetry and Represion».. Dijo Gamerro: «El prefijo `mis` alude menos a una equivocación que a un desplazamiento o desviación». Así que no es una mala lectura, sino una lectura desviada.