La editorial InCUBAdora acaba de publicar Teatro de combate. Piezas perdidas del teatro cubano, un volumen que rescata, en edición fascimilar, piezas de Osvaldo Dragún, Abelardo Estorino, Rolando Ferrer, José Ramón Brene, José Triana, Antón Arrufat, José Corrales, Ingrid González y Santiago Ruiz.
Curado, anotado y prologado por el poeta, dramaturgo e investigador Norge Espinosa Mendoza, el libro –aparecido por lo pronto en formato de ebook— once obras que aparecen tal como hace décadas fueron mecanografiadas (con algunas “suturas” del editor en pro de la legibilidad) y arrumbadas en un archivo.
“Encontré las obras de este Teatro de combate como sucede en algunas novelas o fábulas: por puro azar, entre otros papeles que iban a perderse seguramente mientras revisaba los archivos de la revista Tablas, cuando su redacción aún se encontraba en La Habana Vieja, en la antigua casona de la calle San Ignacio”, cuento en prólogo Espinosa. “Durante años estuvo ahí la Agrupación de Teatros de la capital, como indica aún una inscripción en su fachada, que alguna vez fue conocida como la Casa de María Basabe, una de las más antiguas de esa zona del centro histórico. En este afán de ir conservando y preservando fotografías, documentos, papelería relacionada con lo literario y lo teatral, he aprendido también a distinguir la antigüedad de algunos legajos y a reconocer el valor que tal vez ya no tienen ante otros ojos. Bastó ver el nombre de algunos de los dramaturgos más importantes de nuestra escena en el índice que aparece como primera hoja de esta carpeta, que aún guardo, para comprender que había dado con algo que, como mínimo, valía ya en tanto curiosidad”.
El compilador halló un total de veinte piezas en la carpeta mencionada, por lo que esta pudiera ser la primera de varias entregas: El refugio, El paquete y La carabina de Ambrosio Kenedi (José Ramón Brene), Conchita y el tiburón, A Mr. Bombita se le cayó el tabaco, La visita de Mr. Bombita, Historia de Bitonguito Pérez y Discurso «Cantata de la Nación Heroica» (Santiago Ruiz), El desembarco (Carlos Barceló), Con la guardia en alto (José Triana), Miedo para qué (René Marín), Mayores de 40, atención (Mary Caleiro), Historia del escritor al que llevaron preso (Osvaldo Dragún), La mentira del siglo (Ingrid González), Himeneos de emergencia (Pepe Corrales), Diálogos en guardia(Roberto Anaya), En su lugar… trabajen (María Teresa Vera), Quién mató al responsable (Rolando Ferrer), Tres milicianos y un gato (Abelardo Estorino) y Allá y aquí (Antón Arrufat). [En negritas, las que integran el presente volumen].
Seguramente, más que el valor intrínseco de las obras incluidas, Teatro de combate resulta un muestrario de especímenes teatrales representativos de una época, textos que vienen a dar cuenta, no tanto de las motivaciones íntimas de sus autores, sino de su lugar concreto al interior de cierto contexto sociopolítico y cultural: la Cuba revolucionaria de los años sesenta.
Espinosa señala una pieza de Virgilio Piñera, La sorpresa –que el propio autor luego descartó en su Teatro completo–, como ejemplo paradigmático de este tipo de “obrita de ocasión”, muy ideologizada o ideologizante, de “trama sencilla y previsible”, a menudo concebida por encargo o para congraciarse con la autoridad, así como para su representación por grupos de aficionados.
La carpeta exhumada guardaba entonces algunas piezas firmadas por “discípulos, rivales o seguidores de Piñera”, señala Espinosa, y “habría que considerarlas en la misma clave de lectura que hoy nos exige La sorpresa: un fragmento de compromiso con una nueva fe, a cuyo servicio se pone, con mayor o menor suerte (generalmente muy menor) cada uno de esos talentos”.
“Escritas como meros ejercicios, para cumplir con una tarea como quien se esfuerza en alcanzar la norma laboral, son cartas sueltas que describen los inevitables peligros de tales comprometimientos”, prosigue. “Y en el acto de rescatarlas, también son útiles para añadir al retrato de sus autores una imagen de ese tiempo en el cual, también, se vieron en los desfiles y actos políticos, bajo el ruido de las consignas que entonaban las milicias, como se presenta Piñera en alguna de sus crónicas”.
Duda incluso el compilador que haya lectores dispuestos a resistir estos “panfletos, llamados a la integración revolucionaria, entre cuyas líneas no deja de asomar a ratos su oreja el fantasma del realismo socialista”; en cambio, insiste en el valor no solo arqueológico respecto a “las fuerzas que ya se cernían sobre el teatro cubano”, sino –por eso mismo– para comprender mejor “las exigencias y las pretensiones de un control estético e ideológico que perdura, en diversas escalas, hasta el presente”.
Y, en un sentido más amplio, la exhumación de estos “papeles amaillentos” constituye una legítima contribución a la labor de “recomponer la historia mediante todos sus fragmentos, incluso los silenciados o invisibilizados”, con el fin último de leer, más cabalmente, “la performance que pretendió ser la Revolución”.


