Artistas e intelectuales cubanos se manifiestan frente al Ministerio de Cultura en Cuba el 27 de noviembre de 2020

¿Quién manda en Cuba? Es una pregunta que hace tiempo me ronda la cabeza, pero cuya respuesta me parece más urgente después de la concentración que tuvo lugar el 27 de noviembre frente al Ministerio de Cultura. Alguien podría pensar que es una pregunta académica, pero nada más lejos. Si se va a intentar establecer un diálogo con el Gobierno para cambiar la realidad política de la isla, cada minuto que se invierta en conversar con funcionarios que no tienen el poder para llevar a cabo esos cambios no sólo es una pérdida de tiempo, sino que le da una oportunidad a quienes de veras lo ejercen para encontrar maneras de desvirtuar y descarrilar el proceso.

Advierto que lo que sigue es puramente especulativo. Mientras Fidel Castro estuvo en el poder, la pregunta de quién mandaba en Cuba fue extremadamente fácil de responder. Cuando Raúl asumió la presidencia también resultaba obvio quién daba las órdenes, aunque acaso existiera un mando más colegiado con sus generales, pero con él como decisor final. El mayor problema para saber con certeza quién manda en Cuba es la tradicional opacidad institucional cubana, todavía más impenetrable desde el exterior, si bien eso no parece detener las fantasías de muchos.

La respuesta obvia sería decir que en Cuba manda Miguel Díaz-Canel Bermúdez, Presidente de la República. Sospecho que no es así, sospecho que su poder real es limitado –cuán limitado, no sabría decir–. Tras su elección en 2018, la opinión popular se expresó en el chiste que anunciaba que a Díaz-Canel le habían dado el televisor pero no el mando, lo que es una exageración, pero esas exageraciones siempre tienen su parte de verdad. Hay un presidente, un vicepresidente y un primer ministro, pero no es imposible que las decisiones últimas sobre cuestiones importantes se tomen a otro nivel.

La otra respuesta obvia, la que repite el exilio más recalcitrante en Miami –tan refractario a renovar su discurso como el oficialismo isleño–, es que en Cuba mandan los Castros. Raúl Castro tiene 89 años y es imposible saber con certeza cuál, a día de hoy, es su capacidad cognitiva o su nivel de participación en la toma de decisiones gubernamentales. La idea de que sus hijos o los de su hermano comanden algún tipo de poder real me parece poco plausible, y sólo le resulta atractiva a quienes prefieran aferrarse a los viejos odios o a las viejas certezas. (Acaso descarto con demasiada ligereza a Alejandro Castro Espín, pero creo que se puede asumir con bastante seguridad que el régimen cubano nunca pretendió perpetuarse copiando el modelo norcoreano.)

Otros históricos, como Machado Ventura o Ramiro Valdés, también tienen en su contra su avanzada edad y que siempre fueron segundas espadas. A lo mejor me falta imaginación, pero no los veo tomando el control ni siquiera detrás de bambalinas. Si tuviera que aventurar una hipótesis, diría que hoy el poder está más repartido y no se concentra en un solo individuo.

No es imposible entonces que el poder real descanse en los generales, que hoy controlan no sólo las armas sino también la economía, o al menos sus sectores más rentables, y cuya red de inversiones parece extenderse más allá de nuestras fronteras. Insisto una vez más en que podría estar equivocado, pero no me sorprendería que el poder real lo ejerza una junta de generales mientras que los funcionarios civiles gobiernan y toman decisiones dentro de los límites de lo permisible fijados por este gobierno en la sombra.

No se me esconde que todo esto puede sonar vagamente conspirativo e incluso disparatado, y no tengo interés en afirmar la realidad de estas especulaciones o en resistirme a corregirlas cuando la realidad se decida a educarme. Lo importante, me parece, no es tanto cuál de estas hipótesis es la correcta como definir con quién hay que hablar.

Quede claro que no pretendo restarle alcance a lo que sucedió el pasado viernes 27 de noviembre frente al Ministerio de Cultura. Por el contrario, creo que fue algo de mucha importancia: por primera vez un grupo numeroso de ciudadanos se reunió de manera espontánea para reclamar los derechos y las libertades de todos. Qué consecuencias va a tener esto a mediano o largo plazo es imposible saberlo ahora, pero no deberíamos minimizar su significación. No obstante, es la concentración en sí a lo que concedo valor, no a la reunión que tuvo lugar a consecuencia de ella con funcionarios de cultura.

La realidad es que conversar con Fernando Rojas y quienes lo acompañaban es una pérdida de tiempo. Rojas es un parachoques cuya función es ofuscar, distraer, obstaculizar. Rojas no tiene ni el poder ni la autonomía para tomar ningún tipo de decisión significativa. Cambiarlo por el Ministro de Cultura, Alpidio Alonso, no es un paso de avance. El Ministerio de Cultura es una institución insignificante en la estructura del poder en Cuba, y sus funcionarios son incapaces siquiera de realizar cambios cosméticos sin antes consultarlos con quienes en realidad dan las órdenes en la isla, quienesquiera que sean.

Así las cosas; reunirse con funcionarios que, en el mejor de los casos, pueden actuar como mensajeros –si actúan de buena fe, si no están ahí para restarle momento o incluso inmovilizar a los que protestan– es una pérdida de tiempo. La conversación tendría que producirse con quienes tengan el poder real para efectuar cambios reales. Que no es que vayan a hacerlos, cierto, pero ¿para qué desgastarse hablando con alguien que es casi tan impotente como el resto de nosotros?

No estoy sugiriendo que todo deba detenerse hasta que sepamos quién manda en Cuba. Por el contrario, creo que deberían continuar las acciones y las protestas, no debería desaprovecharse el impulso conseguido. Y pudiera ser incluso que esta presión continuada termine por obligar a revelarse a quienes en realidad dan las órdenes en la isla. No limitarnos a decir, por ejemplo, “los generales”, sino ponerles cara y nombre y apellidos. Pero insisto en que es una pregunta a la que se le debería tratar de encontrar respuesta. Primero, para determinar si el interlocutor que se tiene en frente refleja una intención seria por parte del Gobierno de prestar atención a los reclamos y, por qué no, negociar cambios que inicien un proceso de democratización real o si sólo busca ganar tiempo mientras intenta sabotear este esfuerzo. Segundo, porque va siendo hora de aplicar un poco de transparencia al entramado opaco de poder que controla la nación.

Para conseguir ambas cosas resulta indispensable entonces saber dónde descansa el poder real en la isla. Así que repito, ¿quién manda en realidad en Cuba? Es urgente responder correctamente esa pregunta.

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