Artistas y ciudadanos cubanos protestan frente al Ministerio de Cultura en La Habana este 27 de noviembre (FOTO Nelson Jalil)

Lo ocurrido ayer en La Habana, frente al Ministerio de Cultura, fue un logro tremendamente importante, independientemente de lo que siga en los próximos días. Demostró que la sociedad civil cubana –la auténtica, no la que disfraza en su nombre a organizaciones paraestatales de control político– tiene más capacidad para movilizarse de la que muchos le suponían; y cada vez un poco más. Son pocos los progresos democráticos que hemos podido celebrar en Cuba desde hace años; ver como el gobierno daba un paso atrás ayer, obligado por un grupo de ciudadanos que se reunieron espontáneamente para protestar durante todo el día, es sin dudas un avance del que deberíamos alegrarnos todos –lo cual no quiere decir que haya que darse por satisfechos.

De momento, admitamos como oficial el resultado que leyó ayer Katherine Bisquet después de la reunión con el viceministro Fernando Rojas. Aunque todos sospechamos que será difícil que el Gobierno lo sostenga en los próximos días, anunciado está, grabado y difundido. Habrá que encontrar la manera de hacerlo respetar y obligar a que sea el punto de partida del diálogo anunciado para la próxima semana. Queda en manos del mismo movimiento que lo generó tomarle la palabra, continuar con la presión y denunciar cualquier retroceso que se produzca. Es importante porque la lista de demandas aceptadas dice mucho más que lo que recoge la literalidad del acuerdo.

Según lo leído ayer, el Ministerio aceptó “interesarse” con carácter “urgente” en el caso de Denis Solís y en la “situación” de Luis Manuel Otero Alcántara, modificando por tanto la postura de días anteriores, cuando a través la prensa oficialista se refirió a ellos con apelativos despectivos, negando la legitimidad de las acciones del grupo y cuestionando su propio derecho a existir. Está por ver en que consistirá este “interesarse” y, lo más importante de todo, si influirá en la excarcelación de Solís, en la deposición de la huelga de hambre de Otero Alcántara o en su liberación del hospital. De momento, al menos reconoce implícitamente que pudiera haber “algún” problema en el sistema judicial cubano –como por ejemplo, la evidente falta de garantías procesales– y le será difícil explicar por qué se ocupa ahora de aquellos que hasta ayer llamaba “pornógrafos” y “mercenarios”, y de por qué llamó “show mediático” a una protesta política por la que ahora “se interesa”.

En segundo lugar, al anunciar una “tregua” a los espacios independientes, el viceministro reconoció implícitamente que existe un sector no estatal de la cultura cubana y que en los últimos tiempos ha habido un “hostigamiento” por parte del Estado hacia ellos. Por tanto, no sólo abrió la puerta a una rectificación de la política cultural de los últimos años –lo cual lleva tiempo reclamando el sector–, también aceptó haber actuado como agresor. Lo mismo se desprende de su compromiso a “garantizar el retorno seguro a casa”, o sea sin temer a la acción represiva del amplísimo despliegue policial que había rodeado a los manifestantes.

En tercer lugar –y más importante–, la jornada mostró lo que es posible conseguir cuando los ciudadanos y los distintos grupos de la sociedad civil se unen en el rechazo a las acciones arbitrarias del gobierno. En la base de todo estuvo la oposición de numerosos artistas e intelectuales a las restricciones en el campo de la cultura que comenzó hace más de dos años y que, entre otras consecuencias, llevó a la formación del propio Movimiento San Isidro. Oposición, además, en la que comenzaron a movilizarse los asistentes de ayer y en la que se fortalecieron las relaciones entre muchos de ellos. Luego, en la última semana, llegó la inquietud por el anuncio de las huelgas de hambre y sed, la voluntad de mantener la protesta y el apoyo que recibieron desde Cuba y desde el exterior. Por último, el empuje final que dio el propio gobierno cubano, con la vergonzosa actuación de la policía en la noche del 26 de noviembre, interviniendo y sacando por la fuerza a los integrantes del MSI. Muchos de los que protestaron ayer frente al Ministerio no comparten posturas políticas ni principios estéticos entre sí; me atrevo a decir que incluso muchos necesariamente no simpatizan con algunas posturas de San Isidro, pero esta vez las discrepancias quedaron anuladas por la solidaridad en contra de la represión y el convencimiento del derecho democrático a expresar las diferencias políticas y a actuar en concordancia con ellas.

Según el acuerdo, las conversaciones se reanudarán a finales de la semana que viene –esta vez con el ministro Alpidio Alonso–. Para entonces, el Gobierno seguramente intentará ajustar los resquicios que dejó abiertos ayer y ya habrá elaborado un plan del que seguramente se encargarán otros dirigentes con mayor jerarquía que Alonso –o directamente, la propia Seguridad del Estado–. Será importante, primero, conseguir la firma de un compromiso oficial con los acuerdos ya aprobados ayer y, segundo, exigir que se mantenga la transparencia y la publicidad del proceso, incluyendo la garantía de que los ciudadanos puedan volver a reunirse frente al Ministerio sin coacción policial. Dada la evidente asimetría de poder entre los participantes, sin estos requisitos no veo como sería posible un diálogo real. Sin participación no será posible continuar con la presión y sin presión el gobierno cubano quedaría completamente libre para dilatar el proceso todo lo que quiera o desdecirse de sus compromisos de ayer. En la práctica, ni siquiera estaría cumpliendo con el dialogo prometido y, por tanto, no quedaría otro remedio que volver a la casilla inicial.

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