Mientras Alejo Carpentier subrayó la necesidad de crear nuevas palabras para nombrar la flora y la fauna del Nuevo Mundo, el universo ideológico del bloque soviético también exigió un nuevo vocabulario o, mejor dicho, la resignificación de términos ya existentes. ¿Por qué, por ejemplo, celebración podría ser sustituida por actividad, o antecedentes adquirir una connotación precisa y ominosa ligada a la sospecha? Entre las muchas dimensiones sugestivas de la nueva novela de Carlos Ávila Villamar, Las noches boreales (Bokeh, Gainesville, 2025), esta reingeniería lingüística resulta especialmente vital.
El “dandismo socialista” es otro término que Ávila Villamar introduce en su minuciosa representación de cómo los individuos soviéticos se construyen a sí mismos en sus relaciones a través de jerarquías sociales. Si hoy damos por sentado que los cubanos se cuentan entre los creadores más incisivos de lo que Iván de la Nuez ha llamado “el Eastern”, una condición marcada por una política del lenguaje, la dislocación temporal, la obsesión archivística y un afecto posutópico, no deja de sorprender que un autor nacido en 1995, cuatro años después de la desintegración de la Unión Soviética, articule este mundo con la precisión y profundidad que logra Ávila Villamar.
Dividida en siete capítulos, algunos correspondientes a las transformaciones naturales de las auroras boreales, otros a espacios geográficos, y otros más a desafíos a la fe y la confianza, Las noches boreales forma parte de un subgénero de la producción artística cubana sobre el período soviético que se centra en los cubanos enviados a la URSS a cortar madera. El documental de Gustavo Centeno de 1989, Desde lejos, se ocupa precisamente de esta experiencia. Según Sergio Díaz Briquet, la motivación detrás del envío de trabajadores a Siberia era facilitar el suministro de madera a Cuba. De manera similar, Siberiana (2000), de Jesús Díaz, se nutre de la relación de los cubanos con este material primario.
Hay otro subgénero en expansión en el que puede inscribirse Las noches boreales: las obras que colocan la traducción en primer plano. El protagonista, al igual que el de A Translator (2018), el largometraje de los hermanos Barriuso, es un traductor. Sin embargo, a diferencia del profesor de literatura que se convierte en un intérprete leal para las víctimas de Chernóbil, la lealtad de Román queda finalmente en entredicho. Él “había abandonado la carrera de lengua rusa en tercer año y se había graduado en ingeniería forestal […] El trabajo de Román sería traducir al español las orientaciones de los soviéticos y servir como puente para cualquier cosa que quisieran decir los cubanos. Orientación constituía una palabra suave, en ciertos discursos casi un eufemismo”.[1] Aquí, orientación emerge como otro término cuyo significado es inseparable de su contexto ideológico.
A medida que Román asciende en la jerarquía, comenzando en Syktyvkar. en 1986, la capital de Komi, una de las regiones más boscosas de la antigua Unión Soviética, viaja a distintos lugares, entre ellos Moscú, Blagoevo y Yotum. En este recorrido, Las noches boreales pone en tensión, en última instancia, la lealtad del traductor. En una de las escenas más íntimas de la novela, el protagonista se identifica con una mujer komi, al existir ambos en la periferia del escenario mundial. Si bien hoy la región de Komi conserva su valor para Rusia por sus recursos energéticos y materias primas, el valor de Cuba resulta más ambiguo. Y, sin embargo, en uno de los pasajes más agudos, el narrador sugiere que, mientras Occidente aplaudía las reformas de Gorbachov, muchos soviéticos se sentían incómodos con cualquier cosa que no fuera un caudillo. La novela es especialmente consciente de la repetición de la historia, y resulta difícil leer estas palabras sin sentir la presencia del presente.
Notas:
[1] Carlos Ávila Villamar: Las noches boreales, Bokeh, Gainesville, 2025, p. 9.


