Quizás la historia de la humanidad está contenida en la expulsión de algunas errantes. Cuando me mudé a Morelia, lo primero que me impresionó fue la cantera rosa con la que se había construido el centro histórico y las buganvilias frondosas que decoraban algunos parques y rincones de la ciudad. Las veraneras, como se le suele llamar a ese arbusto en Nicaragua, se mimetizaban con la piedra en un espectáculo visual que se intensificaba al atardecer. Mientras sus ramas, osadas como cualquier ser viviente, penetraban la cantera hasta aferrarse y trepar en diferentes direcciones.
María Zambrano había registrado esa misma impresión cuando llegó a Morelia. El panorama michoacano era imponente y hermoso. Por un lado, tenía un acueducto que atravesaba la ciudad. Y al fondo, como si se tratara de un patio comunal, observaba un paisaje volcánico y el verdor de la meseta purépecha. La filósofa malagueña había llegado a México luego de una breve estadía en Francia. Con ayuda de amistades, como Alfonso Reyes, consiguió una plaza en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Huía del fin de una guerra y el comienzo de la dictadura franquista. Ella, como otros miles de compatriotas, reconstruyeron las vidas de las que habían sido despojados.
Al leer a Zambrano y su destino, pienso en las personas que metieron todo en una valija de mano. Empezaron una travesía sin la posibilidad de mirar atrás, atrapando esos últimos momentos para guardarlos en sus memorias. Meter un adiós, un beso y las lágrimas inagotables en un mismo equipaje no es tarea fácil para las errantes. El mundo está lleno de personas desplazadas que huyen debido a algún peligro en búsqueda de un lugar digno, amigable. Por un bienestar, lejos de experiencias violentas que se convierten en temblor, incertidumbre y cansancio en ese camino sinuoso de la fuga. Los sismos sociales azotan en cualquier lugar o tiempo, y al igual que un terremoto, no se sabe en qué momento la sacudida actúa en contra de la persona.
Algunas errantes llegan a sitios donde no hay hospitalidad por la impronta del pasado. Preguntar sobre el dolor o mantener simpatía por las recién llegadas no viene dado en los campos de refugio. Ellas, pobres y desorientadas, son una amenaza en las naciones del progreso porque, nos dice Zambrano, “el exiliado está ahí como si naciera, sin más última, metafísica, justificación que esa: tener que nacer como rechazado de la muerte, como superviviente”. Y aunque cada vez hay más estadísticas y fundaciones que ayudan a las desplazadas, la costumbre social tiende a señalarlas con generalización xenofóbica como si se trataran de un peligro social.
Zambrano se sentía extraña cuando cruzó la frontera con Francia aquel enero de 1939. Buscaba un refugio que no deseaba. Llevaba consigo la esperanza de una generación que vivió los años de la Segunda República y que acabó, como sucede cuando el totalitarismo infecta un territorio, convertida en diáspora. Ella narró aquel momento al hilo del adiós. Pasaporte en mano, coche, familia a su lado, y entre la multitud de errantes miró al poeta Antonio Machado, que iba con su madre. El poeta no sabía si cruzar al otro lado, cuenta ella, prefería quedarse en la guerra y confrontar las pérdidas irreparables de su destino. Machado murió y Zambrano escapó. Ambos, lograron liberarse de la tiranía.
Al poco tiempo de llegar a París se sintió distante en esa ciudad, que le hablaba de manera ajena. Suceso que era de esperarse cuando la indiferencia golpea a las errantes. Una vez leí que el aprendizaje de otro idioma, sin sanar las heridas del hogar materno, es uno de los cientos de abyecciones que las personas viven cuando abandonan su lugar de origen. Por esa razón, en su búsqueda de refugio cruzó el Atlántico. Ahora se trataba de una invitación desprendida. Para ella:“Era un gesto realmente inusitado, ningún país nos quería a los refugiados españoles, solo México, solo México, no me cansaría de decirlo, como una oración. Sólo México nos abrazó, nos abrió camino”. De Veracruz en tren atravesó “aquellos inmensos volcanes, entre aquellas pequeñas violetas”hasta llegar a Morelia. A esa ciudad dorada, cuya arquitectura y color, le recordaba sus años de estudio en Salamanca.
Así como la filósofa, mis primeros meses en Morelia estaban plagados de añoranza. Zambrano en ese entonces empezó a acompañarme. Me ayudaba a pensar en esos cambios de aires como un quiebre temporal que irrumpe en algún momento de la vida.
Yo me fui a filosofar, decía con una leve sonrisa que me metía hacia adentro del alma. Por eso ella vaga conmigo, pensé. Y cuando creía que el sentimiento de dolor había desaparecido, la melancolía se interponía camino a casa en el estribillo de una canción que salía de alguna ventana. No se puede borrar el lugar de donde uno viene porque hasta la anulación más radical tiene su primera morada. Entonces, mientras pasaban los días aprendí a mimetizarme con la ciudad. Por así decirlo, yo era otra enredadera que tomaba distintas direcciones hasta aferrarse a algo.
Hasta que un día encaré la situación. Un viaje me encaminó a un cierto desdoblamiento. Fue en el lago de Pátzcuaro. Estaba ahí, solo, hasta que me encontré con Zambrano. Era el encuentro de dos errantes. Ella fijaba su mirada en el horizonte mientras Janitzio, isla de pescadores, se reflejaba en el cuerpo de agua. Y ahí estaba yo sentado con la filósofa. Le pregunté si con el pasar del tiempo uno es capaz de cicatrizar las heridas. Me respondió que las errantes tienen ese amargo destino, no cicatrizan nunca porque sus heridas son el recuerdo constante de una condición friccionada entre amor y dolor.
Le contesté que eso era injusto. Le hablé sobre las errantes que han tenido que cerrar los ojos en la selva interminable del Tapón del Darién y de las que se ahogan en el Río Bravo, porque la corriente es más potente que la fuerza de sus brazos. Le confesé que otras atravesaron el punto ciego de la noche por miedo al terror. Ella cerró los ojos, se puso de pie y cruzó sus brazos. Al cabo de un tiempo me miró y dijo: “Creo que el exilio es una dimensión esencial de la vida humana, pero al decirlo me quemo los labios, porque yo querría que no volviese a haber exiliados, sino que todos fueran seres humanos y a la par cósmicos, que no se conociera el exilio. Es una contradicción, qué le voy a hacer; amo mi exilio, será porque no lo busqué, porque no fui persiguiéndolo. No, lo acepté; y cuando se acepta algo de corazón, porque sí, cuesta mucho trabajo renunciar a ello”.
En ese momento no sabía si escuchaba o leía a la filósofa. Ella me decía que entre violetas y volcanes se pasan momentos difíciles a pesar de que las tardes sean preciosas. A pesar de que tanto ella como yo tuviéramos la dicha de estar ahí, a la orilla de Pátzcuaro. Después puso su mano en mi hombro. Debí de estar muy triste y como una vez le pasó a ella, lloraba mi corazón. Colocada tras de mí, me dedicó una frase que una vez le dijo Alfonso Reyes: “donde quiera que hoy esté una persona, está llorando”. Zambrano sin conocerme sabía que mi corazón también lloraba.
Eso pasa cuando uno se encara con tierras michoacanas. Siente algo familiar y doloroso a la vez, como lo mencionó ella en aquel premio de 1988 que recibió en la Universidad de Alcalá de Henares. Le pidió a la audiencia que la siguieran a Morelia “cuyo camino no busqué, sino que él mismo me llevó a ella”. A esa ciudad donde habló con una juventud que le tuvo paciencia para escuchar sobre Grecia y el nacimiento de la idea de libertad. Así fue como entendí que la filósofa del fracaso encontró en ese resultado adverso un renacer total. Y Morelia comenzó a tener un paisaje casero. La sonrisa del vecino, el olor del maíz recién molido, colores y veraneras en todas partes. Aun así, al caminar entre las estrechas calles y por los jardines de rosas, no dejaba de pensar en los nueve meses que la filósofa residió ahí.
Tiempo suficiente para estimar las costumbres mexicanas, familiarizarse con sus alumnos, hablar de poetas místicos y terminar de escribir su libro Filosofía y poesía. Pese a eso, caminaba vacilante, nostálgica, y se preguntaba si algún día volvería o no a aquel 14 de abril de 1931, donde para ella la gente solo pensaba en amarse, “en abrazarnos sin conocernos”al ritmo de gritos que proclamaban un orgullo hacia la vida. Una añoranza que contagia a cualquiera que se atreve a leer sus escritos autorreflexivos. Prosa de complicidad fraternal.
Cuando más interioricé sus palabras volvieron a mí los recuerdos y abrazos de despedida aquella tarde a espalda del lago Xolotlán. Esos gestos sentí que me deparaban un viaje iniciático, como muchas otras errantes han de hacer, recorrer un continente absurdo en busca de algo mejor, mientras el impulso del regreso persuade sobre la marcha. En Morelia, al igual que Zambrano, pasaban los meses y me era difícil abrir todo el equipaje, aunque la ciudad me llenaba de flores. Fue entonces que entendí esa doble presión de la filósofa y su condición deambulante. Tenía que aceptar mi vaivén, sin domicilio y asiento, era cuestión de tiempo. Mientras tanto aún seguía sumergido en una ciénaga que me impedía traer conmigo todo el ayer.


Debe mandar este hermoso texto a la Fundación Maria Zambrano en Málaga. Bienvenido al grupo de latinoamericanos que admiramos a María Zambrano, la discípula rebelde de Ortega y Gasset, la amiga de José Lezama Lima…