Las disyuntivas de Armando Menocal

Este texto analiza la repercusión que tuvo el lienzo de grandes dimensiones: 'Embarque de Colón por Bobadilla' en la Cuba de 1893.

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El pintor Armando Menocal (1863-1942) –uno de los creadores más universales de la historia de la pintura cubana– compartía con el escritor José Martí una cualidad que no siempre fue comprendida por sus coetáneos: se consideraban enemigos políticos de España, pero a su vez eran confesos admiradores del pueblo y el arte español. Ambos le debieron mucho de su formación intelectual a sus respectivas estancias en la península ibérica. Velázquez, Goya, Cervantes, Quevedo son maestros eternos y la relación que tuvieron con creadores españoles, contemporáneos a ellos, fue igualmente determinante en sus respectivas obras.

Para analizar lo anterior centrémonos en la repercusión que tuvo el lienzo de grandes dimensiones: Embarque de Colón por Bobadilla en la Cuba de 1893. Para ese año el proyecto independentista de Martí ya no era una quimera, sino un hecho palpable. Las pasiones patrióticas, las diferentes tendencias de pensamiento se vivían con mucha más fuerza que en la década anterior. Menocal era por aquel entonces un artista audaz, talentoso, que deseaba consolidarse en las grandes composiciones de tema histórico, a la par de pintores hispanos de la segunda mitad del XIX como Francisco Pradilla. Anteriormente, en esa misma línea de trabajo, había realizado: Generosidad castellana, vendida a un rico empresario argentino, La despedida del guerrero, ubicada en la Escuela de Medicina de Madrid o la Jura de Santa Gadea, restaurada en el 2007 y que se exhibe hoy en el Ayuntamiento de la localidad valenciana de Alfafar.

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El cuadro en cuestión fue presentado a la Comisión Española para la Exposición Universal de Chicago de 1894. La obra mostraba un asunto a todas luces conflictivo: en vez de reflejar la clásica imagen del descubrimiento de América, pórtico de la futura conquista, plasmaba la vergonzosa salida de Cristóbal Colón como prisionero de un apoderado de la corona española, llamado Francisco de Bobadilla.

La temática había sido abordada antes por los pintores italianos Lorenzo Dellani y Luigi Gregori, aunque quizás el primero en representar esta escena fue el grabador belga Théodore de Bry en 1594. Sin embargo, que un artista nacido en Cuba se atreviera a abordar este asunto en grandes dimensiones era un acontecimiento que no podían permitir los censores hispanos. El embajador de España en Estados Unidos amenazó a Menocal con no incluirlo en la exposición si no quitaba, al menos, los grilletes de las muñecas y tobillos de la ilustre figura. La noticia del diferendo, naturalmente, llegó a Cuba y entusiasmó a los compatriotas independentistas, pero Menocal no pudo sostener la presión de las autoridades españolas, accedió finalmente al requisito de eliminar el detalle de las cadenas y así pudo ser incluido –junto con el resto de artistas españoles– en la exposición de Chicago. El estado de opinión a su regreso a la isla caribeña no fue el más favorable. Según refiere Manuel Sanguily en el artículo dedicado al artista en su libro Hojas literarias: “El hecho de haberse marchado […] a los campos de la Revolución entre los primeros, al estallar la guerra […], dio un rotundo mentís a los que le tildaron de pusilánime o de falto de carácter por haberse plegado a las exigencias ridículas […] pero parece que esas críticas inconsideradas o malévolas lo mortificaron profundamente, pues haciendo un rollo del zarandeado lienzo, lo confinó a perpetuidad en un rincón de su taller.

Por suerte, la tela no fue abandonada para siempre como escribió Sanguily, ni el malestar del artista con los críticos terminó en la destrucción de la misma; hecho que sí llevó a cabo Esteban Valderrama, años después, con su pintura, también a gran escala, sobre la muerte de Martí.

Desde 1983, Embarque de Colón por Bobadilla puede ser visto en la colección del Museo de Arte Cubano y es la pieza que divide las salas de siglo XIX y XX. El visitante la admira por su realismo y monumentalidad, pero la mayoría, al pasar, no se percata de los detalles de los grilletes y cadenas; y, como el soldado del bote trata con amabilidad al Almirante, pocos caen en la cuenta de que se están llevando preso al Descubridor del Nuevo Mundo, y que la escena alude al desagradecimiento de la corona española con quien les permitió convertirse en imperio y con los pueblos que pagaron con su sangre las ambiciones de los encomenderos, potentados, capitanes generales y virreyes.

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José Martí, principal organizador y protagonista del reinicio de la lucha por la independencia, desde su periódico Patria, y en tan solo un párrafo, fue más perspicaz que los censores españoles o los cubanos que tildaron a Menocal de entreguista. Por eso la interpretación martiana es una de las más sintéticas e interesantes realizadas al cuadro en más de 120 años de recepción. Aunque, es necesario precisar que, además de Martí, escritores como Sanguily, Enrique José Varona o el excelente pintor Guillermo Collazo, también apoyaron a Menocal en el debate generado a partir del tema elegido. Otro artista, Ramón Loy, escribió un reivindicador estudio titulado: “Menocal: pintor y patriota”.

Para el poeta de Versos sencillos el motivo de los grilletes, a pesar de ser importante, no era solo lo que determinaba el espíritu rebelde de la obra, sino que el paisaje y la luz escogidos eran tan audaces como el asunto tratado: “cuando Armando Menocal, libre el genio criollo, pintó, atrevido y feliz, al descubridor de América, buscó por estudio la ceñuda fortaleza del Morro, poblada aún de tanto muerto cubano, copió la mar airada que se rompe contra las breñas, y mostró a Colón, cargado de hierros, entrando en la barca a donde lo manda preso el español Bobadilla; la cabeza grandiosa se destaca, sobre el torvo gentío, en el horizonte azul: el cuadro chispea”.

Si seguimos la línea de análisis planteada por Martí, entendemos que al emplear Menocal como modelo de paisaje el litoral del Morro de La Habana –en vez de la costa de República Dominicana, donde ocurrió en verdad el hecho– nos está sugiriendo una equiparación de la ingratitud española hacia Cristóbal Colón con la ingratitud manifiesta hacia Cuba: la última de sus colonias americanas, junto a Puerto Rico. Martí nos propone la interesante transposición de que el realismo asombroso de la costa, no busca una verdad histórica, sino que el pintor –con toda intención– logra reproducir el diente de perro en torno a la fortaleza habanera: símbolo de cárcel, ejecuciones y poder colonial.

El empleo de la luz chispeante es otro factor de suma importancia. Es iridiscente y molesta. Genuina luz del Caribe en plena reverberación del mediodía; con ella se observa muy bien la injusticia de Bobadilla que –si seguimos el camino interpretativo martiano– es equiparable a las imposiciones mantenidas por los Capitanes Generales por cuatro siglos en la Mayor de las Antillas.

Este experimento creativo de utilizar la historia con variaciones y alusiones al presente, técnica empleada desde muy joven por el propio Martí en su obra Abdala (1869), tiene como ejemplo destacado al poeta José Jacinto Milanés y su pieza teatral El conde Alarcos (1838), donde el personaje protagónico –después de haber ganado incontables batallas a nombre de su rey– recibe la orden de matar a su esposa, madre de sus hijos, para que se case entonces con la hija del monarca. Otra terrible alegoría de la ingratitud, la cual, extrapolada a la Cuba del XIX, denuncia la tiranía que va a seguir generando abusos de poder y nunca va a ser capaz de darle autonomía a la nación subyugada.

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La “cabeza grandiosa” de Colón, mostrada de perfil, se cuestiona por qué lo embarcan preso hacia España. El rostro pensativo del marino genovés se asemeja a la preocupación de la intelectualidad cubana de aquellos años: los españoles no dejarán el Morro por voluntad, y por sobre los cadáveres de tanto muerto cubano habrá que realizar la Guerra Necesaria.

Menocal marchó entonces a la contienda organizada por aquel crítico de arte que valoró su cuadro. Terminó la misma con grados de comandante y tuvo la experiencia de haber pertenecido a las escoltas de Máximo Gómez y Antonio Maceo. Sin embargo, ya muerto Martí y el lugarteniente general Maceo, y con la llegada de las tropas norteamericanas afloró, otra vez, la desunión entre cubanos. El pintor se decepcionó de la guerra y la política, e hizo otra concesión con el gobierno español, ya no para poder ser incluido en la exposición de Chicago, sino para poder subsistir como artista.

Así como José María Heredia accedió entrevistarse con el capitán general Miguel Tacón y Rosique para poder ver por última vez a su madre y a sus palmas; cuenta el pintor cubano Hernández Giro, en junio de 1946, que a su vez toma la historia de un testigo, Antonio Iraizos. En los días finales de 1898 las tropas mambisas estaban desorganizadas, cansadas y hambrientas a las afueras de La Habana. Entre todos se cuestionaban cómo iban a pernoctar en un lugar donde no había ni yerba para las bestias. “Menocal oyó aquella dificultad. Por última vez, separándose algo de la disciplina militar, fue a buscar su caballo, le dio un abrazo en el cuello y le dijo estas palabras: —Te has portado muy bien. Tú también ya eres libre. Ahora vete a buscar la comida donde te dé la gana. Le soltó de la soga… y se fue”.

Llegó extenuado a la capital, recordó de sus años madrileños su amistad con el último gobernante español que tuvo la isla: el general Jiménez Castellanos; y no dudó en pedirle entrevista al antiguo amigo, conocedor de su obra y amante como él de la pintura española: Menocal sabía que la cátedra de Paisaje de la Academia de San Alejandro estaba en esos momentos vacante después de la muerte repentina del pintor canario Valentín Sanz Carta, el primer artista que verdaderamente captó la luz de nuestros campos. Le solicitó entonces a su amigo el General Jiménez su deseo de sustituir a Sanz Carta. Este accedió y el nombramiento a su favor fue la última orden firmada en Cuba por un mando hispano, pues, horas después, se les cedía el puesto a las autoridades norteamericanas, corría el primero de enero de 1899.

A partir de ese momento, y teniendo ya a su disposición pinturas, telas y recursos, Menocal comenzó más seriamente a convertirse en el pintor de la trascendental pero ya malograda Guerra Necesaria. Gracias al puesto institucional que logró y la estabilidad económica, formó a no pocos artistas y su línea creativa histórica fue reimpulsada con los propios hechos vividos en campaña. Baste solo mencionar el fresco del combate de Coliseo, el cual no está lo debidamente cuidado en la quinta de Palatino, hoy conocida como Finca de los Monos. En este se observa a Máximo Gómez con su machete curvo en pleno accionar de estratega. La impactante muerte de Maceo, obra también no exenta de críticas, ubicada en el Palacio del Segundo Cabo. En ella, el cuerpo del general santiaguero es sostenido a la manera de un gigantesco Cristo del Greco. Y, no menos conmovedores, los retratos de José Martí, donde Menocal captó la sensible mirada del Apóstol, la misma que realizara una lectura diferente de su polémico lienzo de Colón encadenado.

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DAVID LEYVA GONZÁLEZ
DAVID LEYVA GONZÁLEZ
David Leyva González (Cienfuegos, 1981). Ensayista. Graduado en el 2005 de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana. Obtuvo en 2010 el Premio Alejo Carpentier de Ensayo con el libro Virgilio Piñera o la libertad de lo grotesco. Trabaja como investigador del Centro de Estudios Martianos de La Habana.

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