LA HABANA, Cuba.- Conocido como The Boss entre los practicantes de parkour en Cuba, Noel Alejandro Cruz Rodríguez se define ante todo como un tracer. Su incursión en la creación de contenido para redes sociales, más que a un cambio de vocación, responde a la necesidad de convertir su talento deportivo en un medio de sustento económico.
Los espectaculares saltos y volteretas que postea lo han vuelto muy popular. Sin embargo, la estrategia de usar su talento para monetizar las redes sociales todavía no genera ingresos. “Llevo tiempo intentando vivir de mi pasión, que es el parkour, y no lo he logrado”, cuenta, dos años después de una primera entrevista que ofreció a CubaNet.
Es consciente de que ganarse la vida como creador exige tiempo y constancia y de que debe grabar, editar y publicar materiales con regularidad hasta cumplir su propósito. Y mientras se esfuerza, utiliza el alcance de las redes sociales para dar a la práctica del parkour en la Isla la visibilidad negada por las autoridades deportivas.
Durante todo este tiempo no ha parado de entrenar ni de reclamar desde la pantalla de un teléfono el reconocimiento de un deporte que sigue ganando adeptos, pero cuya comunidad no logra consolidarse por falta de condiciones para su desarrollo profesional.
El reconocimiento del que goza The Boss en internet contrasta con una realidad que se ha mantenido inamovible: la disciplina todavía no cuenta con una academia en suelo cubano, tampoco con el equipamiento que requiere su práctica ni con una estructura que favorezca su organización y desarrollo.
«La realidad es que seguimos solos, sin recibir ningún tipo de apoyo del gobierno”, explica el joven de 26 años, quien en 2022 acudió en compañía de otro practicante a la Escuela Nacional de Gimnasia, perteneciente al Instituto Nacional de Deportes, Educación Física y Recreación (INDER), para explorar cualquier posibilidad de dotar al parkour del estatus oficial que tienen otros deportes en el país.
Según recuerda, el encuentro fue alentador. Les hablaron de abrir escuelas en diferentes territorios y de crear condiciones para extender la práctica. En marzo de 2023 participó, además, en una capacitación impartida por especialistas extranjeros, una iniciativa que despertó expectativas entre los atletas.
“Hubo un momento que incluso nos apoyaron del extranjero con ciertos obstáculos para hacer parkour” , explica.
No obstante, después de ese breve curso las comunicaciones cesaron y los proyectos anunciados nunca se concretaron. Aquellos equipos tampoco llegaron a manos de los practicantes. “Suponemos que están en la escuela de gimnasia. Se quedaron con ellos”, dijo.
En su opinión, el parkour no atrae la atención de las autoridades porque en el país todavía carece de la capacidad que tienen otros deportes como el boxeo, el béisbol, el fútbol, el voleibol o el atletismo de generar ingresos mediante la contratación internacional de atletas.
“Están esperando que los de allá —del exterior— inviertan en el parkour en Cuba. Estoy seguro de que ellos, de su parte, de su bolsillo, no van a sacar un peso para cumplir todo lo que un día nos prometieron”, destacó.
Entrenar con el riesgo a cuestas
Sin instalaciones especializadas ni recursos suficientes, los practicantes recurren a los espacios urbanos para entrenar. Aunque el parkour nació en Francia como una disciplina basada en superar estructuras arquitectónicas y otros obstáculos del entorno, la falta de condiciones adecuadas en Cuba añade dificultades a una actividad que exige preparación física y control técnico.
En primer lugar, el calzado apropiado resulta costoso y no todos los atletas pueden conseguirlo. A ello se suman las limitaciones económicas que afectan el acceso a una alimentación acorde al esfuerzo físico que exige la preparación diaria.
Pero el mayor temor aparece cuando ocurre una lesión. Nuestro protagonista nunca ha podido recuperarse de una luxación que sufrió hace años en el hombro derecho. Cierta vez acudió al hospital y, en vez de recibir atención médica, como solución los doctores le recomendaron abandonar el deporte.
“A la hora de entrenar, un golpe puede salir muy caro. Por la situación del país. Yo mismo tengo experiencia. He tenido que estar solo en mi casa, buscando la manera de recuperarme yo mismo, porque no hay un hospital donde te atiendan como debe ser”, aseveró.
La precariedad de la arquitectura criolla condiciona los lugares donde pueden realizarse las maniobras. Mientras algunos practicantes internacionales utilizan edificios y estructuras elevadas, Noel Alejandro describe que, en Cuba, los atletas prefieren entrenar a poca altura debido a la incertidumbre sobre la resistencia que puedan tener los edificios al impacto de los saltos.
A las condiciones físicas de los inmuebles se suman las restricciones para acceder a determinados espacios. De acuerdo con el joven, realizar maniobras en edificios, sin autorización, puede provocar la intervención policial.
“Nosotros preferimos hacer todo en el suelo, para evitar riesgos por un derrumbe. La mayoría de los edificios aquí se están cayendo, y la misma gente que vive en ellos te ve saltar y se asusta, al momento te amenazan con llamar a la policía”, señaló el entrevistado.
De acuerdo con The Boss, existen tracers diseminados por todo el país con un nivel técnico comparable al suyo, pero sin metas que cumplir, competencias, encuentros u otras oportunidades que permitan medir y proyectar una carrera, muchos se desmotivan y abandonan los entrenamientos.
“La realidad es que hace falta más que amor por el deporte. Al no ver una comunidad, al no ver una unión, alguna federación, alguien que nos apoye y cree eventos, la mayoría termina marchándose a otros deportes en los que se puede hacer carrera y ganar dinero”, concluyó.









