LA HABANA, Cuba.- Adiuska Suárez Morton llegó a La Habana huyendo de una relación marcada por la violencia. En Guantánamo, donde vivía antes de trasladarse a la capital, sufrió maltratos por parte del padre de su hijo menor, según contó a CubaNet. Después de denunciarlo y conseguir que fuera encarcelado, decidió marcharse con el poco dinero que tenía en el banco y empezar de nuevo.
Hoy, a sus 38 años, vive con su niño de tres años en una pequeña casa de madera en el asentamiento informal conocido como Flora y Fauna, en el municipio de Marianao. Allí intenta ampliar poco a poco el único espacio que ha conseguido para ambos, mientras trabaja como empleada de limpieza en un hospital habanero.
“Tengo dos hijas, una tiene 20 años y otra tiene 15 años, y un niño de tres añitos que vive conmigo aquí en La Habana”, explicó. Adiuska tiene que resolver las necesidades cotidianas del pequeño que permanece a su cargo.
“Vivo en una casa de madera, pero como quiera es mi casa. Estoy luchando aquí sola”, afirmó.
La vivienda la compró con sus ahorros cuando llegó a la capital. Es apenas un cuarto que intenta ampliar con los recursos que consigue, en medio de una situación económica que apenas le permite cubrir los gastos básicos.
“Estoy ahora trabajando en un hospital ahí en [la calle ] 26. Gano 20.000 pesos, que no me dan para mucho porque todo ha subido de precio”, relató.
De ese salario, una parte importante se destina al cuidado del niño mientras ella trabaja. Adiuska paga 4.000 pesos mensuales para que lo atiendan, pero ese gasto no incluye todo lo que necesita para alimentarse durante el día.
“Además tengo que llevarle sus panecitos, la comida, un jugo o yogurt, lo que sea para que él se alimente”, explicó.
La suma de esas obligaciones deja poco margen para afrontar el resto de los gastos domésticos. La compra de alimentos, los artículos de primera necesidad y las dificultades para conseguir recursos suficientes convierten cada jornada en una carrera para llegar a fin de mes.
“Estoy pasando cantidad de trabajo con los precios tan altos como están, es para volverse loca”, dijo.
Sobrevivir con ayuda de los vecinos
En Flora y Fauna, la solidaridad entre vecinos se ha convertido en uno de los recursos a los que Adiuska acude cuando el dinero no alcanza. Los residentes se ayudan entre sí con lo poco que tienen, una práctica que, en ocasiones, marca la diferencia entre poder preparar una comida o pasar el día sin nada que llevarse a la boca.
“A veces los vecinos me ayudan a mí y yo los ayudo a ellos. Hace dos días yo no tenía nada de comer y la vecina me dio un poquito de potaje de frijoles”, recordó.
“Esto tiene que cambiar un día porque no es fácil esto”, dijo refiriéndose a la situación del país.
Su caso no es único. Los asentamientos informales conocidos popularmente como “llega y pon” han crecido en distintos puntos de La Habana, entre otros factores, por las dificultades de acceso a una vivienda. En esos lugares, conseguir un espacio propio no siempre significa disponer de las condiciones necesarias para vivir con seguridad y dignidad. Las familias deben resolver por sus propios medios problemas de construcción, abastecimiento y servicios que en otros entornos dependen de redes e infraestructuras más estables.
Sin tanque para almacenar agua
En la casa de Adiuska una de las dificultades más urgentes es el acceso al agua. Ella no dispone de un tanque donde almacenarla y depende de la ayuda de algunos vecinos para conseguir el líquido que necesita para cocinar, limpiar y atender a su hijo.
“Aquí estamos pasando mucho trabajo con el agua. Tengo que buscar agua en casa de algunos vecinos y no tengo tanque, tengo que llenar las vasijas que encuentre para poder guardarla”, detalló en ese sentido.
La falta de almacenamiento obliga a improvisar con los recipientes disponibles y añade otra tarea a una jornada ya condicionada por el trabajo, el cuidado del niño y la búsqueda de alimentos.
La crisis del abastecimiento de agua afecta también a otros sectores de La Habana. En septiembre de 2025, EFE documentó las dificultades de residentes de Centro Habana y La Habana Vieja que llevaban semanas sin recibir agua corriente y tenían que recurrir a cubos y otros recipientes para almacenar la que conseguían. En julio de 2026, Human Rights Watch volvió a describir cómo los apagones y el deterioro de la infraestructura agravaban las dificultades de acceso al agua en distintos barrios de la capital.
En el caso de Adiuska las carencias no terminan con el abastecimiento. También sufrió daños materiales por las fluctuaciones del servicio eléctrico: el televisor que tenía dejó de funcionar debido a los problemas con el voltaje, según contó.
Para una familia con tan bajos ingresos, sustituir un equipo averiado representa un gasto difícil de asumir. Por ahora sus prioridades son otras: garantizar la alimentación del niño, pagar a quien lo cuida mientras ella trabaja y conseguir agua para las necesidades de la casa.
Después de dejar atrás una relación violenta y trasladarse desde Guantánamo para comenzar de nuevo, Adiuska ha conseguido un espacio al que llama suyo. Su aspiración inmediata es seguir trabajando y mejorar poco a poco las condiciones de la casa. Mientras tanto, depende de sus propios esfuerzos y de una red de vecinos que, en los momentos más difíciles, comparte con ella lo que tiene.
“Esto tiene que cambiar un día”, insiste. Para Adiuska, esa esperanza no es una consigna: es la posibilidad de que algún día el esfuerzo de trabajar cada jornada le alcance para alimentar a su hijo y vivir en una casa con agua y condiciones básicas garantizadas.










