Sin luz, sin agua, sin comida: “Esto que llevamos no se puede llamar vida” 

En gran parte de Santa Clara se cocina, si se puede, tan solo una sola vez al día, casi siempre a las 3:00 o 4:00 de la madrugada.
Un anciano en una calle de Santa Clara, durante un apagón
Un anciano en una calle de Santa Clara, durante un apagón (Foto de la autora)

SANTA CLARA, Cuba ― A las 6:00 de la tarde, un grupo de muchachones anda rondando los pocos coches y locomotoras parqueadas cerca de la Estación de Ferrocarril de Santa Clara. Rebuscan con insistencia sobre los rieles o debajo de las moles de hierro, porque las pequeñas fugas de combustible de los trenes embeben los trozos de madera desperdigados sobre la línea férrea, que se convierten en un material aprovechable para prender la leña o el carbón. 

Un custodio los persigue con la vista y les advierte que no pueden llevarse las cuñas que sostienen los vagones. Como alternativa, los convida a cargar con unos pedruscos embarrados de un líquido negro y viscoso del sitio donde hacía media hora estuvo estacionado un cochemotor. A sus cortos años, su preocupación principal es llevar a casa con qué prender el fuego que los haga probar, quizá, el único bocado caliente del día.

La desaparición del queroseno y el alcohol ha llevado a las familias a una inventiva desafortunada: han intentado encender el carbón con bolsas de nailon, pedazos de poliespuma, cartones de huevo, corchos humedecidos con aceite comestible. Esta última opción dejó de ser viable desde que el litro de ese producto comenzó a rondar los 1.500 pesos. Justo en ese horario de la tarde, cuando la mayoría de las personas deberían cocinar sus alimentos, casi toda la ciudad permanecía apagada. Los cortes eléctricos en Villa Clara han superado las 12 horas continuas en buena parte de los circuitos de la cabecera y en muchos municipios y zonas rurales la luz se ha convertido prácticamente en un lujo de minutos. 

Los apagones coinciden por lo general con los llamados horarios pico, los momentos en que la demanda alcanza su punto máximo. En la mayoría de las casas se cocina, si se puede, tan solo una sola vez al día, casi siempre a las 3:00 o 4:00 de la madrugada. La precariedad y el sobresalto continuo con el que se (sobre)vive resultan en extremo desgastantes, sobre todo para quienes cargan el mayor peso de la economía familiar. En casa de Octavio Mendoza, un padre de dos menores que trabajaba como botero, casi todos los días la cena consiste en pan con tomate o mortadela y “refresco de paquetico con agua de la llave”. Desde que tuvo que entregar el auto que tenía arrendado por los altos precios de la gasolina, la entrada de dinero a su hogar es prácticamente nula, por lo que tiene que decidir entre comprar carbón o la comida para sus hijos. Su circuito, perteneciente al reparto Virginia, se encuentra entre los que sufren los apagones más extendidos de toda Santa Clara.

Hace un mes, la lata de carbón podía hallarse a un precio razonable; ahora la falta de combustible para trasladarlo de la periferia a la ciudad ha disparado el costo de un saco hasta los 2.500 pesos o más. Octavio dice haber acostumbrado a sus hijos a la misma rutina forzada de comer arroz con frijoles “al tiempo, como si fuera un pegote”. Asegura, no obstante, que se siente privilegiado: “En mi edificio hay familias pasando las de Caín, con niños que se van para la escuela sin desayunar y que vaya a saber si habrán comido el día anterior. Hay mucha gente pasando un hambre tremenda, no solo porque lo que ganan no les alcanza para comprar comida, es que tampoco tienen ni cómo cocinarla”.  

Postales de una cocina cubana (Fotos de la autora)

Las últimas publicaciones disponibles en el canal de Telegram de la UNE de la provincia pronostican afectaciones para los próximos días en todos los circuitos considerados como “apagables” de la ciudad. Muchas veces, en el poco tiempo de servicio eléctrico, el voltaje tiene altibajos que disparan los disyuntores automáticos, conocidos popularmente como “caballitos”, que dejan cuadras a oscuras a la espera de que la empresa eléctrica solucione la avería. 

Se necesitan muy pocas horas de apagón para que un refrigerador pierda la temperatura mínima necesaria para evitar la descomposición de los alimentos. El de Marisol Herrera, vecina de un reparto incluido en el circuito 27 —otra zona crítica—, es de la marca Haier, adquirido en la etapa de reemplazo de los equipos rusos a mediados de los 2000, y que la población bautizó con ironía como “Lloviznados”, por la rapidez con que se descongelan, incluso encendidos. Una de las últimas veces que le quitaron la corriente por 12 horas seguidas, sobrevino luego una avería por el disparo del “caballito”.

“Lo poco que tenía se me echó a perder porque tampoco tuve con qué cocinarlo”, asegura la mujer y describe que no hay nada más desagradable que el olor nauseabundo de un refrigerador apagado “con picadillo descongelándose”. Marisol tiene más de 60 años y dice haber crecido en una casa modesta a la que llegaba la luz eléctrica a través de una tendedera de otra vivienda colindante. Sin embargo, no recuerda haber experimentado tiempos peores que estos. “A veces uno no se siente ni como un ser humano. Ni en el Período Especial salí de mi casa sin tomarme, aunque sea, una taza de café”. 

En las tardes calurosas de este mes de mayo, la gente permanece sentada en las puertas hasta que empieza a oscurecer, pero debe encerrarse a cal y canto porque los robos y asaltos crecen por día a la par de la impunidad con la que operan los delincuentes. Mientras unas zonas disponen de mayor tiempo con servicio eléctrico, en otras los apagones han superado las 20 horas diarias. Cuando cortan la corriente y todo el sonido del ambiente se paraliza, se puede escuchar la sarta de maldiciones lanzadas al aire; cuando llega la luz, muy pocas personas emiten algún alarido de felicidad.

Una calle de Santa Clara (Foto de la autora)

“No hay nada de qué alegrarse”, razona Hany, residente en un cuarto múltiple del reparto Vigía. Es una madre divorciada de dos menores de cuatro y seis años. Uno de ellos padece asma crónica, por lo que entra en crisis cada vez que se enciende el carbón dentro de la pequeña cocina. La situación de quienes viven en cuarterías o pasajes es mucho menos llevadera por lo desatinado que resulta el hecho de prender fuego en interiores. Cuando no hay corriente y llega el agua del acueducto, Hany tampoco puede utilizar la turbina para elevarla al tanque.

“Sientes que tu casa es una cueva, sin agua para bañarte, con la comida pudriéndose, los niños llorando del calor y tú sin poder explicarles el porqué de que algunos de sus amiguitos pueden llevar agua fría a la escuela y ellos no. A veces me dan ganas de llorar de tanta impotencia”, agrega esta madre, que durante el día se gana la vida cuidando de una anciana. “La mayoría de las noches no duermo porque cuando llega la luz, a la hora que sea, me pongo a cocinar, a poner la turbina, a lavar… y repito lo mismo en la casa donde trabajo. Se me ha ido mi juventud esperando que esto cambie. Esto que llevamos no se puede llamar vida”. 

Biografía del autor:

Sigue nuestro canal de WhatsApp. Recibe la información de CubaNet en tu celular a través de Telegram.

ETIQUETAS:

NOTICIAS RELACIONADAS