septiembre 16, 2026

Regreso a clases en Cuba: sin luz, sin maestros y con hambre

Sudados, trasnochados y hambreados enfrentan la jornada los escolares cubanos.
Cuba economía
Foto archivo

LA HABANA, Cuba.- Pese a los patéticos intentos de los medios desinformativos al servicio de la oficialidad por presentar el inicio del curso escolar como una animada fiesta nacional, por mostrar la “felicidad” de niños y padres por el regreso a las escuelas y su “entusiasmo” por el reencuentro con los profesores, y por resaltar los “enormes” esfuerzos del Estado para hacer posible el comienzo de un nuevo año lectivo “a pesar de las dificultades”, los cubanos no estamos ciegos a nuestra realidad, diametralmente opuesta.

No es de extrañar, pues, que aquel expectante regocijo que precedía al comienzo de las clases, esa ilusión con que los progenitores entusiasmaban a sus vástagos con los tradicionales preparativos para el nuevo curso escolar (probarse los uniformes, acompañarlos a comprar gomas de borrar, lápices, cartabones y demás insumos, forrar libretas y libros, etcétera) se haya ido apagando año tras año hasta sobrevivir únicamente en el recuerdo de los más viejos.

No es para menos: hoy las condiciones son más que adversas para los padres y madres trabajadores. Para empezar, conseguir uniformes nuevos se ha convertido en una imposibilidad para casi todos. Actualmente el Estado cubano apenas garantiza la adquisición del atuendo colegial a los alumnos de nuevo ingreso en preescolar. En el mejor de los casos hay quienes tienen la suerte de comprarlos de uso, pues aunque cuentapropistas y mipymes los venden nuevos, sus precios no están al alcance de todos. Es otra manifestación de la extrema pobreza en que el régimen ha sumido a la familia cubana.

Por otra parte, nuestras escuelas iniciaron el presente curso tal como terminaron el anterior: cayéndose a pedazos, sin pintura, sin higiene, sin agua, sin electricidad, sin servicios sanitarios funcionales, sin ventilación adecuada, con ventanas clausuradas, con el mobiliario escolar mermado y desvencijado, y sin otro mantenimiento que el que buenamente hayan podido proporcionar los propios padres. “Mi escuela está fea”, se me queja una vecinita mientras las pantallas de nuestros televisores muestran algún centro de estudios con una superficial capa de pintura fresca.

Y es que los niños perciben de manera casi intuitiva la precariedad que hoy nos asfixia. Más aún: nuestros infantes sufren tanto como los adultos la falta de agua, la escasez de alimentos y medicinas y la ausencia del servicio eléctrico. Al igual que los adultos, no pocos se están traumatizando. Me cuenta otra vecina que su niña amanece llorando de puro cansancio, y llorando la lleva a la escuela. Indiscutiblemente, después de pasar la noche en vela por el calor y los mosquitos, es casi imposible hallar la motivación —no digamos ya la energía física— para levantarse temprano y asistir a clases al día siguiente.

Máxime si se va a enfrentar la jornada escolar con el estómago vacío, dada la imposibilidad de tantos padres para prepararles un desayuno aceptable, una merienda o, al menos, leche, una tisana o alguna otra bebida caliente con la que engañar al estómago. Y no solo por falta de recursos para adquirir los alimentos, que también, sino por la falta de corriente que impide encender los fogones a primera hora.

Por si fuera poco, el año lectivo 2026-2027 inició con apenas un 73 % de cobertura de docentes titulados. Más de 24.000 plazas se mantienen vacantes debido a múltiples factores, otra consecuencia de la crisis actual. Para contrarrestar dicho déficit, el gobierno echa mano de medidas extremas de cuestionable eficacia: hacinar hasta sesenta alumnos en un aula, reducir el horario de clases, abreviar y simplificar los contenidos más allá de lo verosímil, contratar a alumnos de pregrado de otras carreras —es decir, sin formación pedagógica—, e incluso movilizar maestros de otras provincias, con lo cual cabría preguntarse quién sustituye a los sustitutos en el interior del país.

Así pues, el régimen que tanto pregonaba la educación como uno de sus logros hoy ha quedado descreditado. Sudados, trasnochados y hambreados terminaron nuestros escolares el curso 2025-2026. Sudados, trasnochados y hambreados pasaron sus vacaciones. Y sudados, trasnochados y hambreados se incorporaron a las aulas este septiembre.

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