Regis Iglesias Ramírez se incorporó al Movimiento Cristiano Liberación (MCL) en 1989, organización en la que llegó a desempeñarse como portavoz, entre otras responsabilidades. Debido a su activismo cívico fue expulsado de su centro de trabajo en la Empresa de Promoción e Intercambio, en La Habana.
Durante la década de 1990 y los primeros años de los 2000 desarrolló una intensa labor dentro de la prensa independiente: colaboró con el Buró de Prensa Independiente Cubano en 1996, con la agencia independiente Nueva Prensa Cubana en 1998 y con la Sociedad de Periodistas Manuel Márquez Sterling en 2000.
Asimismo, como gestor del Proyecto Varela y miembro de su Comité Ciudadano Nacional, Iglesias Ramírez coordinó la recogida de más de 10.000 firmas ciudadanas, presentadas junto a Oswaldo Payá ante la Asamblea Nacional del Poder Popular.

En marzo de 2003 fue uno de los 75 activistas detenidos durante la Primavera Negra. Acusado de “actos contra la integridad territorial y la soberanía nacional”, el régimen castrista lo condenó a 18 años de privación de libertad.
En 2010, como parte de los acuerdos entre la Iglesia católica, el Gobierno español y el Estado cubano, fue excarcelado y desterrado a España.
Desde entonces, Iglesias Ramírez ha publicado artículos en medios digitales e impresos de España, Estados Unidos y América Latina, así como varios libros editados en Europa y Estados Unidos. En 2014 fue reelecto portavoz del Movimiento Cristiano Liberación y es miembro de su Comité Ejecutivo.
En conversación con el Centro de Documentación de Prisiones Cubanas (CDPC), Regis Iglesias Ramírez, a sus 56 años de edad, reconstruye su experiencia como prisionero político cubano (marcada por más de siete años de reclusión en distintas prisiones de la Isla), y reflexiona sobre la criminalización del ejercicio de los derechos civiles en Cuba.
¿Por qué fuiste encarcelado?
El motivo real fue haber formado parte de la organización de la campaña del referéndum del Proyecto Varela: la colecta de más de 20.000 firmas para presentarlas ante la Asamblea Nacional del Poder Popular, en dos etapas, en 2002 y 2003; y también la organización de más de 120 comités ciudadanos en más de 100 municipios del país.
Me secuestraron el 20 de marzo de 2003. Fui sometido a un juicio sumarísimo el 3 de abril y la acusación fue por “actos contra la integridad territorial y la soberanía nacional”. No tenía ningún fundamento, pero esas son las leyes con las que el régimen trata de impedir que el pueblo demande sus derechos.
Estuve en Villa Marista hasta el 21 o 22 de abril y, de ahí, fui trasladado a la prisión Kilo 8, en Camagüey, donde permanecí diez meses en el régimen especial incrementado de “La 26”, como le decían. Después me trasladaron a la prisión de Ariza, en Cienfuegos. Estuve unos días en La Pendiente, en Santa Clara; un día en Agüica, en Matanzas; y luego una semana en Guanajay, Artemisa.
El tiempo restante de la condena —de la que cumplí siete años y medio— lo pasé en el Combinado del Este, en La Habana. Aproximadamente un mes después del juicio, ya estando en un régimen de máxima seguridad en Kilo 8, fue cuando hicieron firme mi sentencia.
Lo peor de todo es el secuestro. El secuestro implica la separación de tu familia: de tus hijos, tus padres, tu pareja, tus compañeros; impedir que continúes haciendo un trabajo que buscaba cambiar la situación del país y promover nuevas leyes. Lo que hicieron fue reprimirnos.
¿Qué trato recibieron desde el momento en que llegaron a prisión?
El primer día, el jefe de Orden Interior, “Julio”, nos dijo que en nuestro caso el tratamiento iba a ser “de candela al jarro hasta que soltara el fondo”. Esa noche nos pusieron en un depósito donde la cama era una especie de banco de parque, muy estrecho e incómodo.
Al otro día nos pasaron a un pasillo de ocho celdas. Durante los primeros meses no había luz. Una vez al día ponían el agua, de muy mala calidad y en poca cantidad. La comida era muy mala; los insectos pululaban y las ratas entraban como si estuvieran en su casa. Esas fueron las condiciones a las que nos sometieron en ese primer tiempo.
El régimen de visitas, primero cada tres meses, sin derecho a la jaba —los alimentos y artículos de aseo que te trae la familia—, ni a libros o materiales para escribir y enviar cartas. Al cuarto mes te permitían la jaba sin visita; y al quinto mes, el pabellón conyugal con las parejas.
¿En algún momento te explicaron cuáles eran tus derechos como recluso?
No, de ninguna manera. De hecho, nos enteramos de que Felipe Pérez Roque, que entonces era el representante internacional del régimen, decía que nosotros cogíamos sol todos los días, una hora diaria. En realidad, cogíamos sol de lunes a viernes; los sábados y domingos no nos sacaban, al parecer porque ellos estaban de descanso. Eso lo reclamamos.
En ese tiempo instalaron teléfonos en las prisiones y solo nos daban cinco minutos de llamada.
Ninguna prisión de Cuba está acorde con las supuestas razones por las que nosotros estábamos presos. Nosotros no violamos ninguna ley. El régimen tuvo que violar su propia ley para encarcelarnos, y hacerlo implicaba ignorar una petición ciudadana, una iniciativa legislativa, tratar de aplastarla con nuestro secuestro y con sanciones draconianas.
Nosotros no debimos estar en ninguna prisión. No tendríamos que haber pasado ni un minuto presos. En Cuba, ninguna persona debe estar presa por reclamar sus derechos.
¿Cómo eran las condiciones de vida en prisión?
Por lo general, las prisiones están en las afueras de las ciudades, en zonas llanas y descampadas, donde el microclima es mucho más extremo. En todas las prisiones, cuando hay calor estás en un infierno; y cuando hay frío, se siente como si estuvieras en el Polo Norte.
Las celdas tenían distintas dimensiones. En Ariza (Cienfuegos), por ejemplo, estiraba los brazos y tocaba las dos paredes. En las celdas de aislamiento convivías con insectos y ratas, casi no tenías acceso a agua potable para beber o asearte, y la humedad te afectaba mucho el sistema respiratorio.
También estuve en celdas con reclusos comunes. Eran celdas superpobladas, diseñadas para 12 personas, donde convivían hasta 36 o más. Las camas eran literas de tres niveles y prácticamente había que vivir uno encima del otro. La higiene era un problema, sin apenas acceso al agua.
Lo que no se puede describir de una prisión es el olor a humedad. Estuve en una celda con unas aberturas en el fondo que, supuestamente, eran respiraderos. Por ahí debía entrar el aire y salir por la puerta, pero casi todos estaban sellados porque las tuberías de aguas negras estaban reventadas. Los excrementos bajaban por las paredes y se filtraban hacia la zona del baño. Tenías que bañarte con cuidado porque de las paredes salían unos gusanitos negros. Esas aguas albañales bajaban hasta el patio, donde salíamos a tomar el sol.
También estuve en compañías donde había solo tres duchas para más de 40 personas: un tubo que salía de la pared con un chorro de agua que solo ponían un rato al día. El excusado era un hueco en el piso. Las celdas tenías que limpiarlas tú mismo con lo que tuvieras.
La comida era de muy mala calidad. Daban un picadillo que era más agua que otra cosa, medido con una tacita, y sopa. Una vez cada quince días tocaba lo que llamaban la “comida especial”: medio muslito de pollo, muy pequeño, y hervido.
¿Te discriminaron por tus creencias y por tus ideas políticas?
Yo estaba preso por mi postura política y religiosa. Nos tenían en celdas de aislamiento y, cuando nos llevaban a los destacamentos, a los presos comunes les decían lo mismo que nos mataran, que nos hicieran “la vida un yogur” o que simplemente nos vigilaran.
Siempre hay un grupo de prisioneros que las autoridades usan para controlar al resto de la población penal. Tienen privilegios: pueden ir a otros destacamentos, reciben visitas conyugales de 12 horas o más, y les adelantan la libertad condicional o el cambio a un régimen menos severo. Les llaman los “disciplina” y mandan con la cuota de poder que les dan los militares.
Me empezaron a dar asistencia religiosa cuatro años antes del destierro, en el Combinado del Este, pero me la quitaron en una ocasión por negarme a usar el uniforme de preso.
¿Cómo era la atención médica en prisión?
Me tocó convivir con muchas personas afectadas psicológicamente por el encierro. Estas personas no reciben tratamiento médico real en prisión. Si vas al puesto médico, te dan una pastilla, que muchas veces se intercambia por cigarros o comida. Generalmente son barbitúricos y forman parte de los tráficos internos de la prisión.
Te hacen análisis de sangre, pero son poco fiables. Estando en Ariza me llevaron a un hospital para hacerme unas pruebas que no podían realizar en prisión, porque según ellos me habían detectado un enfisema pulmonar. Luego, en los análisis que me hicieron en España, se comprobó que no tenía nada. El problema era que no contaban con todos los recursos ni medicamentos necesarios.
Sé de presos comunes que fueron golpeados por llamar a los guardias para que los llevaran al dentista por un dolor de muelas. Como no les hacían caso, gritaban “abajo Fidel” para llamar la atención, y entonces sí enseguida iban a ver qué pasaba.
¿Sufriste malos tratos o algún tipo de tortura?
La tortura psicológica es condenar a 18 años a un inocente, a una persona que no ha violado la ley y que está defendiendo los derechos de todos. Eso ya es un maltrato psicológico. Ellos tratan de someterte, de inculcarte el terror y la obediencia.
En Villa Marista, en Camagüey, nos interrogaban a cualquier hora. Éramos cuatro en la celda, con la luz encendida todo el tiempo. Te sacaban de una celda con mucho calor y te llevaban a un cuarto helado, donde te interrogaban oficiales de la Seguridad del Estado. Me amenazaban constantemente con una condena más severa y me decían: “De aquí no vas a salir”.
En las prisiones el trato era hostil. En Camagüey regaron el rumor de que éramos terroristas. En Kilo 8, ocho activistas de la Primavera Negra estábamos aislados en el último pasillo de “La 26”, el área de celdas incrementadas. Siempre había alguien vigilando lo que hablábamos.
Cada vez que te trasladaban —a la enfermería, las visitas o los pabellones— ibas esposado. Estuve en varias celdas de castigo: eran celdas solitarias, más sucias, algunas tapiadas, como las de Villa Marista.
La visita era cada dos meses, y la correspondencia debías entregarla abierta. Ellos leían las cartas para humillarte. Por eso pasaba meses sin mandar una.
En una ocasión me llevaron a ver a mi abuela, que tenía cáncer. El reglamento penitenciario decía que, si un familiar estaba enfermo, podían llevarte a verlo. Me llevaron a su casa, en ropa de civil, y pude verla durante una hora. Luego, cuando murió, me ofrecieron lo mismo, pero con una condición: debía ponerme el uniforme de preso y, a cambio, me ofrecieron llevarme para un campamento. Me negué.
¿Tuviste conocimiento de alguna muerte ocurrida dentro de la prisión?
Sí. El asesinato de Orlando Zapata y el de un preso común en el Combinado del Este. Era un muchacho de Pinar del Río, con problemas mentales, que regresaba de una visita. Al llegar a la primera alambrada salió corriendo y, en lugar de hacer un disparo de advertencia, le dieron un tiro por la espalda y lo mataron.
Hubo otro caso de un joven que pedía atención médica en una celda de castigo. Como no le hacían caso, empezó a protestar para llamar la atención. El guardia que estaba se molestó y le dio un golpe en la cabeza con una cabilla. Lo mató. Y no pasó nada.
¿Cómo afectó tu encarcelamiento a tu familia y a las personas más cercanas a ti?
Una de las consecuencias fue el daño psicológico: tener una visita programada y que, después de tantos kilómetros recorridos, les dijeran que ya no había visita. Dos veces me negaron la visita familiar: una en Ariza, y otra en el Combinado del Este. Protesté con mucha fuerza. En una ocasión también me negaron una visita conyugal por negarme a usar el uniforme.
Mi padre había sido periodista de Prensa Latina y trabajaba en el Noticiero Nacional de la Televisión Cubana. Antes viajaba al extranjero por su trabajo, pero desde mi arresto hasta mi salida nunca más le dieron un viaje.
Incluso años después de mi destierro a España, amistades que iban a mi casa seguían bajo vigilancia de la Seguridad del Estado.
¿Cómo recuerdas el proceso de tu destierro?
Me llevaron a un hospital y me dijeron que, como había aceptado el destierro, no podría volver a entrar a Cuba. Me hicieron un pasaporte y me dieron una ropa que nunca usé. En el aeropuerto, funcionarios de la embajada española nos dieron a firmar un documento en el que nos comprometíamos a solicitar protección internacional subsidiaria al llegar a España, que no es para casos políticos. Me negué hasta que aceptaron que constara mi condición de refugiado político.
Actualmente, Regis Iglesias Ramírez reside en Miami. En 2020 intentó regresar a Cuba, pero las autoridades le negaron la entrada al país, un derecho que reclama desde 2012.








