LA HABANA.- Aún no termina el castrismo, pero, presintiendo sus estertores, ya muchos se pronuncian por la proscripción, en la Cuba del futuro, del Partido Comunista; la inhabilitación, por un tiempo, de los derechos políticos de quienes hayan sido sus militantes; y la prohibición de los símbolos y todo tipo de propaganda o apología del comunismo.
Plantean que, si en Alemania, después de 1945, se prohibió el nazismo, por qué en Cuba tendríamos que tolerar la sobrevida del comunismo, una ideología tan criminal como la del nazi-fascismo.
Luego de 67 años de dictadura comunista, es comprensible que haya aprensión y prejuicios contra todo lo que huela a comunismo o izquierda. No obstante, en mi opinión suena feo —y reminiscente de lo que dejaríamos atrás— iniciar la construcción de una democracia con proscripciones por razones políticas.
Antes que prohibir nombres de partidos, símbolos, películas, libros o canciones, lo que habrá es que impedir que renazcan, con otras máscaras y disfraces, las ideas, mecanismos e invocaciones que puedan atentar contra las libertades y retrotraernos a la dictadura.
Sabemos, y sobran los ejemplos, que muchas izquierdas se disfrazan e, invocando utopías inalcanzables, destruyen las democracias e instauran regímenes dictatoriales. Hay que cuidarse de ello, pero sin exagerar. Porque resultaría un despropósito obcecado aspirar a que no existan partidos y movimientos de izquierda en una Cuba democrática.
Toda democracia, para que sea de verdad y funcione, precisa tanto de una derecha consistente y creíble como de una izquierda democrática y responsable en sus aspiraciones. Serían, para la política, algo así como el yin y el yang.
En Cuba, la izquierda estuvo bien arraigada, a través de diversas circunstancias políticas, desde la revolución que derrocó a la dictadura de Gerardo Machado hasta el triunfo de la insurgencia fidelista en 1959. Fue un período en el que faltó una derecha coherente y responsable —Mañach, Márquez Sterling y Cosme de la Torriente fueron notables por su excepcionalidad— y predominó un imaginario de izquierda.
Ramón Grau, Guiteras, Carlos Prío Socarrás y Eduardo Chibás, con mayor o menor inclinación a babor o estribor, fueron de izquierda. Hasta Fulgencio Batista —aunque a muchos les cueste aceptarlo— fue un hombre vinculado a la izquierda. Recordemos que, en 1940, a la cabeza de la Coalición Socialista Democrática, a la que pertenecía la Unión Revolucionaria Comunista, fue electo presidente y tuvo dos ministros comunistas en su gabinete: Carlos Rafael Rodríguez y Juan Marinello.
En Cuba, a diferencia de otros países latinoamericanos, los comunistas participaban activamente en la vida política. En la Asamblea Constituyente de la que emanó la Constitución de 1940, de marcado corte socialdemócrata, los comunistas tuvieron un destacado papel. Entre 1939 y 1952 tuvieron senadores y representantes —Juan Marinello llegó a ser vicepresidente del Senado— que desarrollaron un intenso trabajo legislativo, tanto desde el gobierno como desde la oposición, promoviendo leyes y mociones, siempre dentro de las reglas del juego democrático.
Es probable que el imaginario político de izquierda sobreviva al fin del castrismo. Durante 67 años, más de tres generaciones de cubanos han estado sometidas a un implacable bombardeo de adoctrinamiento y manipulación ideológica, y eso ha dejado marcas en la conciencia colectiva que costará mucho superar. Por ello, cuando termine el totalitarismo castrista, con todo lo negativa y traumática que ha sido la experiencia, una gran parte de los cubanos se sentirá identificada con un centrismo inclinado a la izquierda.
No olvidemos que algunos de los más prominentes líderes de la primera oposición al castrismo, como Elizardo Sánchez, Vladimiro Roca y Manuel Cuesta Morúa, se pronunciaron a favor de un socialismo democrático.
En la actualidad existe una novísima disidencia, compuesta principalmente por artistas e intelectuales jóvenes, que se opone al régimen de la continuidad postfidelista por considerarlo desfasado, inmovilista y fallido, pero que, en la mayoría de los casos, no logra romper con los esquemas ideológicos del socialismo; sigue atrapada en ellos, apropiada de su retórica y de su metarrelato.
Algo de razón tenía Rafael Hernández, director de la revista Temas —la de los debates del último jueves de cada mes—, cuando hace unos años, en una de sus ambiguas disquisiciones, se refirió a “esa mayoría ciudadana integradora de todas las minorías posibles, que ya no se conforma con la salud y la educación gratis, es discutidora, discrepante, se queja de todo, critica a las instituciones y reclama sus derechos”; personas que, según aseguró, “no se autoperciben como socialistas, aunque, de cierta manera, lo sean sin saberlo”.
Hoy por hoy, muchos cubanos —disidentes incluidos— recelan del libre mercado como panacea reguladora de la economía y la sociedad; son favorables a algún grado de participación estatal en la economía y desean preservar y mejorar las actuales políticas sociales. Inevitablemente, en el futuro habrá que contar con esas visiones y despojarnos de prejuicios y temores infundados, en un mundo donde cada vez más se difumina y relativiza la distancia entre la izquierda y la derecha.









