LA HABANA.- Más jóvenes presos, más personas “reguladas” o forzadas al exilio, más condenas extendidas y más negativas a los cambios políticos indispensables para superar la crisis económica y los graves problemas sociales exacerbados por esta. En fin, más represión. Así ha sido la respuesta del régimen cubano a las presiones externas, más cuando no han estado debidamente acompañadas de las imprescindibles presiones internas, que no pueden reducirse a cacerolazos por electricidad y publicaciones en redes sociales, a “acompañamiento virtual” a las protestas en la calle, que han sido sofocadas más por nuestras apatías y miedos que por las golpizas de las fuerzas represoras.
En tal sentido, las apatías y miedos son, en buena medida, parte del arsenal que emplea la dictadura contra nosotros mismos. Son un componente esencial de su “estrategia defensiva”, junto con los chantajes y el teatro de marchas y firmas que, aunque muy chapucero, le proporciona la imagen necesaria para fingir apoyo popular, “unidad” frente a una comunidad internacional que, por lo general, se conforma con demasiado poco para determinar “consenso” y “legitimidad” donde son evidentes la manipulación mediática y el daño antropológico causado por décadas de abusos.
Así maquillan sus complicidades con el castrismo, y así justifican sus más profundos deseos de no involucrarse en algo que no está entre sus prioridades, o que sí lo está, aunque sea solo por una cuestión de continuar manteniendo a Cuba como esa “pieza única” del más puro fracaso, solo para mostrarla en sus democracias como el vivo ejemplo de por qué el comunismo es un peligro, sin necesidad de explicaciones, solo con la amarga experiencia de visitarla u observarla a distancia a través de las noticias.
Pero, más allá de complicidades externas, de apatías y miedos entre quienes apenas buscan sobrevivir al caos, han sido más dañinos el oportunismo y la indiferencia internos de una mayoría que, ya sea en beneficio propio o por estupidez, alimenta no solo el mito de la imposibilidad de derrocar al régimen, desde afuera o por nosotros mismos, sino que, por si fuera poco el favor que hacen al discurso del régimen, se oponen al uso de la fuerza para lograr la caída definitiva. A pesar de que la propia dictadura no deja más opción que la violencia, al emplearla contra una población indefensa, contra manifestantes pacíficos, y cuando no duda en reconocer que, bajo la “doctrina de la guerra de todo el pueblo”, usará a las personas como carne de cañón.
Eso no basta para desechar el recurso extremo que reclaman situaciones extremas como la cubana. Y es precisamente ese chantaje, esa criminal determinación de usarnos como escudo humano, lo que más debiera convencer al mundo y a los dialogueros a ultranza de la necesidad de una acción definitiva, de precisión. No es posible emprender sin apoyo exterior cuando hay toda una población condenada a la indefensión mediante los recursos “estratégicos” de la 1, del abuso sistemático, que son la raíz de la apatía y el miedo, y de buena parte del oportunismo y la indiferencia.
Hay mucho de hipocresía en las opiniones de quienes rechazan el uso de la fuerza en una situación como la nuestra, donde ni siquiera hay un mínimo de respeto por quienes durante años han insistido en la vía pacífica, en el diálogo e incluso en promover cambios desde el interior del propio régimen y sin exigir la justicia que debe acompañar todo proceso de cambio político.
No rechazan la violencia por convicción o porque cuenten de modo realista con otras opciones sino, en gran medida, con la conciencia de la complicidad o con la esperanza de que tal postura sea premiada, que los beneficie de algún modo en sus patéticos deseos de ser tenidos en cuenta. Lo demás son ñoñerías imperdonables frente a la indiscutible y triste realidad de que el cambio es ahora o no será nunca.
El régimen no solo ha demostrado que prefiere dialogar y alcanzar un acuerdo con interlocutores externos que con opositores y críticos internos, sino que insiste en criminalizar y castigar cualquier postura que los conmine a una conversación, a una negociación, incluso desde ese “respeto” que, en lenguaje del castrismo, significa evadir los temas más importantes e ineludibles de cualquier intercambio que persiga la democratización de la sociedad.
Una sociedad que, visto lo que estamos viviendo en cuanto a violencia y deshumanización, en cuanto a represión y tozudez política, la necesita con urgencia para salvarse de un caos que apunta a ser irreversible, porque lamentablemente la situación ha escalado al punto de que no podrá ser resuelta solo con palabras ni con las voluntades internas.
Si el único lenguaje que entendían era el de las presiones externas, y ya hemos visto que —confiados en que nada pasará— han respondido con más represión, entonces es momento de cambiar de “idioma” y de tono por algo más certero que las palabras, cuando la propia dictadura está diciéndonos a gritos que es sorda y que, en su resistencia al cambio, está dispuesta a todo.


