LA HABANA,Cuba.- No puede decirse que sea un fenómeno generalizado, pero cada día crecen los enfrentamientos entre grupos de adolescentes, a veces con un despliegue tal de violencia verbal y física, que parecen broncas de adultos, de esas que trasuntan agobios y rencores poco probables a edades tempranas, y que transcurren sin temor a las peores consecuencias. Lo que hace un par de años se pensaba eran síntomas aislados del desgaste social, del malestar agudizado en los barrios marginales y de la disfuncionalidad familiar, hoy se ha vuelto una manifestación frecuente a lo largo y ancho del país.
La comentadísima pelea a machetazos en la finca de Los Monos en junio de 2024, que dejó un saldo de ocho heridos y dieciocho acusados de entre 16 y 20 años; el enfrentamiento a cuchilladas en el malecón habanero, ocurrido alrededor de esa misma fecha y también protagonizado por adolescentes; las pequeñas pandillas que han germinado en los barrios cercanos a la avenida del puerto, en la Habana Vieja, vinculadas a delitos de robo con violencia e intimidación con armas blancas; las reyertas en el parque San Juan de Dios del consejo popular Catedral, en el Centro Histórico, incluyendo una con arma de fuego que dejó a un muchacho en terapia intensiva por causa de una neumotórax; las fiestas quinceañeras de toda la vida, que se han convertido en pretexto para el roce hostil y la provocación, hasta el más reciente episodio de violencia callejera sucedido en Casa Blanca y denunciado por el sacerdote Kenny Fernández, tienen como denominador común la participación de menores de 20 años y la demorada respuesta de la policía, y como telón de fondo el constante hundimiento del país en estratos de una miseria cada vez más abyecta.
Mientras La Habana se sumerge en la calma tensa que impone la nueva fase de una crisis interminable; entre apagones, privaciones y montañas de basura en cada cuadra, los jóvenes se sienten abocados a la anarquía y la autodestrucción, mientras arramblan con lo que se les ponga a tiro. “Lo que no piensa uno, lo piensa otro”, sentencian los vecinos que cada noche se desvelan al escuchar los enfrentamientos a botellazos entre grupos de muchachitos que todavía cursan la secundaria. Pero a veces basta que sean dos, confabulados para darle una paliza mortal a un anciano y quitarle el dinero de la jubilación; o uno solo, cuya cabeza sea capaz de pergeñar crueldades inconcebibles, como quemar vivo a un indigente. Ambos sucesos tuvieron lugar en febrero pasado, en la provincia de Matanzas. El que prendió fuego a ese pobre desgraciado fue un joven de 18 años.
La violencia que se multiplica asolando barrios, vaciando la existencia de los cubanos de cualquier impulso que no sea autopreservarse, desmarcarse, sobrevivir, es alentada desde un poder enfermo que también busca sobrevivir a toda costa, un poder que desde hace mucho se desmarcó de la ciudadanía y que no ha hecho desde 1959 otra cosa que autopreservarse a expensas de la población. Ese poder hoy impone, con su inmovilismo, una rutina nociva a miles de adolescentes que se saben sin presente ni futuro, inmunes a los rigores de la educación, de espaldas a cualquier interés que no sea adentrarse, cuando tienen electricidad, en la mescolanza de contenidos que ofrecen las redes sociales. Apenas cae el apagón hembras y varones son atraídos como los bichitos de la luz hacia cierta mipyme que expende bebidas alcohólicas y cada noche planta un bafle del tamaño de un niño para que vomite canciones cargadas de mensajes obscenos, agresivos, depredadores, sobre un background monótono, machacón, capaz de reducir la actividad neuronal a un caos inconexo.
Si no basta con la música y el alcohol, que algunos ya traen de sus casas por si el dueño de la mipyme se pone pesao, al doblar, en donde tú sabes, venden “kímico”, que vale menos que una bebida energizante. Cuando todo eso se mezcla con el brío ingobernable y mal canalizado de una adolescencia sin modales ni pautas, sin alegría sana ni perspectivas alentadoras, el resultado no puede ser otro que una bronca a gritos donde se cruzan insultos, bofetones, pedradas, botellazos y, en no pocos casos, cuchilladas. La policía no llega, la cuadra no duerme y así hasta el amanecer, cuando los muchachos se recogen en sus guaridas a dormir el sueño sobresaltado de los que no tienen paz ni pan, y esperar otra velada furibunda, calcada de la de ayer. Ese escenario se repite cada noche en barrios de la capital y del país.
Decir que el futuro de Cuba peligra, lejos de ser una exageración, es un hecho constatable. No puede afirmarse que todos los adolescentes cubanos estén iguales o hagan lo mismo, pero teniendo en cuenta lo mucho que se ha reducido la población juvenil en la isla durante los últimos años, tampoco podemos darnos el lujo de permitir que tantos se pierdan por esos caminos.









