La pachanga de los comunistas no puede ser eterna

La palabra significa fiesta animada, pero en Cuba simboliza alboroto, diversión y coincide con otro tipo de pachanga comenzada en el año 1959.
Fidel Castro, Raúl Castro y Miguel Díaz-Canel, dictadores cubanos
Fidel Castro, Raúl Castro y Miguel Díaz-Canel (Ilustración: Diario de Cuba)

En 1959, un cubano nacido en Baracoa, Claudio Eddy Cuza, escritor de guiones para la radio y compositor musical con el nombre artístico de Eduardo Davidson, dio a conocer una canción muy popular en ese tiempo: La Pachanga, melodía muy rítmica y bailable, con estructura de elementos africanos, brasileños y nacionales.

Su primer intérprete fue el cantante Rubén Ríos, acompañado por la Orquesta Sublime y con arreglo del destacado maestro flautista Richard Egués. El éxito alcanzado fue tal que figuras como Rolando Laserie, Luis Aguilé, la vedette Rosita Fornés, Celia Cruz, el grupo Los Llopis, Pacho Alonso y la orquesta Fajardo y sus Estrellas, que la llevó al Waldorf Astoria en Nueva York, la incluyeron en su repertorio.

Esta palabra significa fiesta animada, pero en Cuba simboliza alboroto, diversión, bullicio, jolgorio y otros sinónimos, y coincide con otro tipo de “pachanga”. Comenzada también en 1959, dura ya 67 años. Me refiero a la que tuvo como iniciadores a los hermanos Castro (no la orquesta del mismo nombre), sino a esas dos personas que tomaron el poder junto a un grupo de seguidores en Cuba.

La pachanga actual tiene características muy sui géneris: una alegría convertida en tristeza debido a la represión, la falta de libertad, la prisión, la miseria y las muertes. Empezada por dicho binomio, se ha mantenido hasta hoy contra quienes discrepan y aún disienten del sistema. Así, muchos cubanos han sido fusilados, encarcelados, deportados y humillados. Este alboroto forma parte del espectáculo trágico-luctuoso que aún padecemos, con todo tipo de atropellos.

Comenzada desde los primeros días del gobierno castrista, esta camarilla se instauró en el poder. Durante los primeros ocho días, al triunfar la barbarie contra la democracia, en un alarde triunfalista, los barbudos recorrieron todas las provincias del país, desde Santiago de Cuba hasta llegar a La Habana. El bullicio armado en carreteras y calles, con un espectáculo para ver y saludar a los ganadores, se ha repetido en los tiempos actuales cada año.

Una primera gran pachanga multitudinaria fue la concentración celebrada frente al entonces Palacio Presidencial. Allí, con palomas amaestradas, el Comandante consiguió realizar una de sus primeras actuaciones simbólicas, cuando una de esas aves se posó en sus hombros como señal de paz. De haber estudiado para mago, no habría existido jamás un mejor número circense.

Otra gran pachanga, organizada por la comparsa verde olivo, fue invitar a campesinos de toda la isla y reunirlos en la capital para celebrar la Ley de Reforma Agraria en la hoy Plaza de la Revolución.

Como no existían condiciones para alojar a tantas personas, se solicitó a los habitantes de la ciudad acoger en sus domicilios a cuantos visitantes pudieran albergar y, por supuesto, una parte de los gastos corrió a cargo de esas familias. Así empezó el programa “a costa”, es decir, a costa de la gente mantener al sistema y su propaganda.

Aquí no paró el asunto: un buen grupo de estos hombres, al ver el desarrollo de la capital, se negaba a regresar a su lugar de origen y hubo que obligarlos a hacerlo. Al cabo de poco tiempo, muchos volvieron a La Habana para asentarse definitivamente. Consecuencia de esta nueva pachanga: la pérdida de mano de obra agrícola, base de la economía y la alimentación, de la cual aún hoy se carece.

Poco tiempo después llegó la pachanga del plan de becas para jóvenes campesinos que desearan estudiar. Ubicados en grandes residencias de la burguesía, muchas de ellas fueron deterioradas. El gobierno, tras extraer sus valores, las comercializó como “bienes malversados”. De aquella generación de estudiantes becados que alcanzaron cierta calificación, casi ninguno ejerce hoy su profesión.

Con el tiempo, estas viviendas fueron restauradas y entregadas a la alta cúpula gubernamental y a la élite militar. Hoy son para su disfrute, mientras el pueblo continúa viviendo en casas que se derrumban, sin que se haya cumplido uno de los puntos del alegato La historia me absolverá: el derecho a un hogar digno.

Durante la crisis migratoria del Mariel, provocada tras los sucesos en la Embajada del Perú, las turbas alentadas por la dictadura castrista protagonizaron los llamados mítines de repudio. Quienes deseaban marcharse sufrieron insultos, humillaciones y agresiones físicas, en verdaderas “pachangas” de violencia, antes de poder emigrar.

También hay pachanga entre familiares de altos funcionarios, quienes viajan y disfrutan de privilegios, exhibiéndose en redes sociales con bebidas y abundante comida, mientras el pueblo enfrenta carencias. Como expresó Carlos Rafael Rodríguez, en Cuba hay un “socialismo con pachanga”.

En tiempos recientes, estas manifestaciones se trasladan a la Tribuna Antimperialista, al Malecón o a la Escalinata Universitaria, en intentos de mostrar respaldo popular ante la imposibilidad de llenar la Plaza. Allí se combinan discursos con conciertos de la Nueva Trova, con un Silvio Rodríguez que, según sus críticos, cambió la guitarra por un fusil AK-47.

Enumerar todas las “pachangas” requeriría varios volúmenes, pero lo esencial es preguntarse: ¿hasta cuándo va a durar esta? Sin precisar una fecha, todo indica que una transición hacia la libertad y la democracia podría acercarse. Reconstruir la sociedad y la economía será una tarea larga y compleja, pero, al final, quizá se pueda decir, como Colón: “Esta es la tierra más hermosa que ojos humanos hayan visto”.

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