Recientemente, la Editorial Betania, radicada en Madrid, lanzó para descarga digital gratuita la tercera reedición de No hablemos de la desesperación, de José Mario Rodríguez, el poeta que en la primera mitad de la década de 1960 fundó Ediciones El Puente, y que, tras sufrir prisión en Cuba, se vio forzado a marchar al exilio, donde murió en el año 2002.
No hablemos de la desesperación, que tuvo su primera edición en 1970 en España, contiene 22 poemas escritos entre 1965 y 1967, que fueron los únicos que José Mario logró llevarse de Cuba.
Con introducción de Lázaro Felipe, director de Betania; prólogo de Isel Rivero, quien fue compañera de José Mario en El Puente; y epílogo del crítico y ensayista Pío Serrano, esta reedición de No hablemos de la desesperación se propone honrar y posicionar en el lugar que merece a José Mario, borrado en Cuba por los decisores de la cultura oficial.
Figurones de la UNEAC que fueron contemporáneos de José Mario se han prestado para minimizar a José Mario, al calificarlo como “un poeta menor”. Quieren que José Mario sea olvidado, que no se hable más de él. En realidad, siempre lo envidiaron. No le perdonaban que, mientras ellos se deshacían en loas al régimen y se enfrascaban en mezquinas rencillas por ganarse los favores del poder, un chinito de Güira de Melena, lampiño, amanerado y casi siempre con unos tragos de más encima, fuera un iconoclasta que escribía poemas desgarradoramente conmovedores, costeaba de su bolsillo los libros de sus amigos y de los noveles talentos que descubría, y anunciara su disposición a velar por la verdad.
Por mucho que le pese al oficialismo, es innegable la importancia para la literatura cubana que tuvo El Puente, la editorial creada en 1961 por José Mario y la por entonces jovencísima escritora Ana María Simó, donde, sin que hubiera distingos de estilos literarios, ideología u orientación sexual, se iniciarían Nancy Morejón, Belkis Cuza Malé, Évora Tamayo, Ana Justina Cabrera, Georgina Herrera, Lina de Feria, Miguel Barnet, Manuel Granados, Nicolás Dorr, José Milián, Gerardo Fulleda, Manuel Ballagas, Joaquín G. Santana y otros autores que alcanzarían renombre con posterioridad.
En Ediciones El Puente, en los poco más de cuatro años que duró, se publicaron 38 libros. Fue una proeza: lo hicieron alejados de los cenáculos del poder y la institucionalidad (la editorial no se integró a la UNEAC hasta 1964), al margen de las pugnas por el control de “la cultura dentro de la revolución”, sin claudicar ante presiones ni zancadillas.
José Mario y los demás poetas y narradores de El Puente, llenos de sueños y bríos juveniles, enfrentados al elitismo y las exclusiones, intentaron llenar el vacío que se había creado entre el agotamiento origenista y el panfletismo conversacional de los poetas de la generación del 50. Pero pecaron de ingenuos al creer que podían escribir libres.
Los autores de El Puente, que expresaban sin tapujos sus dudas existenciales y escribían sobre la marginalidad, el feminismo, la negritud, la santería, la sexualidad y el homoerotismo, molestaron a los comisarios culturales del castrismo, siempre prestos a detectar desviaciones ideológicas y morales.
Una noche de junio de 1965, Fidel Castro, durante un discurso en la escalinata de la Universidad de La Habana, respondiendo a las instigaciones de los comisarios, afirmó: “Ese Puente lo vuelo yo”. Lo que muchos tomaron como una jocosidad del Máximo Líder constituyó la sentencia de muerte de Ediciones El Puente.
La editorial fue cerrada. El segundo volumen de la antología Novísima Poesía Cubana no pudo ser publicado, y tampoco las antologías que se preparaban de teatro y narrativa.
Los escritores de El Puente fueron condenados al ostracismo. Fueron acusados de disolutos, pervertidos y desviados, especialmente los homosexuales. Y a los negros los acusaron de alentar la formación en Cuba de “un Black Power para dividir las filas de los revolucionarios”.
Fue tal la atmósfera de intimidación que muchos años después, una de ellas, Nancy Morejón, ya rehabilitada y con el Premio Nacional de Literatura, confesaba todavía sentir miedo al oír hablar de “la gente de El Puente”.
Pero las peores represalias las sufrieron José Mario, Ana María Simó y Manuel Ballagas, que fueron a prisión.
Cuando el poeta beatnik norteamericano Allen Ginsberg, que había venido a La Habana a formar parte del jurado del premio de poesía de la Casa de las Américas, conoció a José Mario y Manuel Ballagas en los jardines de la UNEAC, se los llevó a su habitación del Hotel Riviera, y allí se emborracharon mientras leían poemas de Ezra Pound y William Carlos Williams y escuchaban canciones de Bob Dylan.
Días después, a Ginsberg, que se pronunciaba por la legalización de la marihuana y en contra de la pena de muerte y de la persecución a los homosexuales, cuando dijo que ver al Che Guevara lo erotizaba, inmediatamente lo expulsaron de Cuba montándolo en un avión de Aeroflot con destino a Praga.
A José Mario la reunión con Ginsberg le costó que lo acusaran de “andar con extranjeros” y lo tuvieran tres meses incomunicado en una celda tapiada, en la sede de la Seguridad del Estado. Luego, por homosexual, lo enviaron a un campamento de las UMAP en Camagüey, donde pasó nueve meses.
En febrero de 1968, José Mario se fue a España. Cuentan que su risa, lejos de Cuba, de sus amigos, con tanta soledad, ya nunca fue igual. No obstante, en Madrid creó la editorial La Gota de Agua, la revista Resumen Literario El Puente y escribió seis poemarios que, sumados a los siete que logró publicar en Cuba, totalizaron trece.
José Mario murió el 29 de octubre de 2002, a los 62 años. Cuatro décadas antes de que lo sepultaran en el cementerio madrileño de Carabanchel, cuando estaba en Cuba, continuamente acosado, en uno de sus poemas había anunciado que estaba “muerto de miedo / muerto de mugre, muerto de la mierda / o muerto del carajo en esta isla…”










