LA HABANA.- En la década de 1990, durante el llamado Periodo Especial, Fidel Castro no llegó a decretar la Opción Cero que varias veces advirtió. Pero ahora, sus sucesores, para intentar capear las medidas del presidente Donald Trump que restringen la llegada de combustible a Cuba, han anunciado su intención de implementar una versión de la Opción Cero actualizada, aumentada y corregida —nunca tan bien empleada la palabra, si no queremos usar la más grosera “cagada”, que sería muy adecuada teniendo en cuenta las recomendaciones de Díaz-Canel sobre el uso del biogás para cocinar—.
Pero como los cubanos no acabamos de dar pie con bola con eso de la “resistencia creativa” que no se cansa de reiterar Díaz-Canel, para que no cunda el pánico ante la posibilidad del retorno a la comunidad primitiva, los mandamases quieren convencer a la población de que funcionarán el plan de contingencia y “la estrategia multisectorial” que han ideado para enfrentar la crisis. Es más, quieren convencer de que ya está funcionando.
“Ya empezamos a hacer magia”, dicen, en alusión a que, luego de varios días sin transporte público, ya hay guaguas, no importa si cada ruta solo da dos vueltas al día, entre seis de la mañana y cuatro de la tarde; a que vino a las bodegas, gratis, libreta de abastecimiento y carné de identidad mediante, libra y media por persona de arroz donado por China; y a que, luego de casi diez meses, empezaron a vender balitas de gas licuado a los que se dispongan a hacer varios días y noches de larga y tumultuosa cola.
Siempre prestos a administrar a buchitos nuestra miseria, quieren mostrarse triunfalistas, insinuando que guardan ases bajo la manga, que por algo el presidente y primer secretario del Partido Comunista aseguró que Cuba (el régimen) no está sola y seguirá recibiendo ayudas que no puede revelar de dónde ni cómo porque “el enemigo acecha”.
Pretenden hacer creer, mediante las explicaciones malamente formuladas por un puñado de ministros, que las soluciones están en camino y que, después de todo, la situación no va a ser tan mala como se imaginaron, luego de escuchar la comparecencia de Díaz-Canel del pasado 5 de febrero, “los derrotistas y confundidos”, que cada vez son más y siguen en aumento.
Hablan en nombre del pueblo, sin consultarlo, de su decisión de inmolarse por “la revolución y el socialismo”. Luego aseguran que van a vencer. Dicen estar dispuestos al diálogo con los Estados Unidos, pero lo condicionan de un modo que pareciera tener a los norteamericanos contra las cuerdas. Hablan de guerra y se pronuncian por la paz. Se declaran en guerra, en contingencia, y fingen normalidad. Dicen velar por el bienestar del pueblo, pero le siguen exigiendo cada vez más sacrificios. Asustan y tranquilizan, tiran y encojen, aprietan y aflojan…
Si no engañan y aturden más al pueblo es porque este, luego de 67 años, ya se acostumbró a no creer en sus mentiras, simulaciones y jugarretas. Todos sabemos que la versión castrista del socialismo fracasó, que se estaba hundiendo desde mucho antes de la orden ejecutiva de Trump. Solo que hoy, con su intransigencia absurda y su aferramiento al poder, los mandamases del tardo-castrismo pueden hacer que se repita en Cuba la Kampuchea de Pol Pot.
Las ayudas externas son improbables y siempre serán insuficientes. Lo que no faltarán serán camaradas solidarios de la más rancia y obnubilada izquierda que emitan comunicados y declaraciones justificando a la tiranía y romantizando nuestras penurias al presentarlas como un acto heroico de resistencia. Lástima que no sean ellos, tan progres, tan marxistas, tan dispuestos al sacrificio por la causa, quienes tengan que protagonizar, en sus respectivos países, las hazañas de resistir el hambre, la insalubridad y la miseria absoluta a costa de mantener los caprichos y privilegios de una camarilla.








