LA HABANA.- Un pregón recorre ahora mi barrio a cualquier hora del día:
“¡La basura!”
Quienes lo lanzan caminan por las calles empujando carretillas sobre las que han colocado grandes cajones. Se detienen frente a las viviendas, reciben las bolsas que les entregan los vecinos y las trasladan hasta alguno de los vertederos improvisados de la zona.
Así ha nacido en La Habana un nuevo oficio: el de recogedor de basura a domicilio.
El negocio apareció después de que durante meses se acumularan por toda la ciudad montañas de desechos domésticos y desperdicios arrojados a la vía pública. Poco parecen importar los carteles que amenazan con multas de hasta 50.000 pesos para quienes incumplan las disposiciones sobre el depósito de residuos.
¿Cuánto cobran estos nuevos pregoneros? La cifra varía. Algunos aceptan lo que cada vecino pueda darles; otros piden entre 50 y 100 pesos por la recogida, aunque no siempre queda claro con qué frecuencia debe hacerse el pago.
Según se comenta, la iniciativa comenzó a extenderse por El Vedado y Centro Habana. También se habló de una tarifa mensual de 500 pesos por retirar diariamente los desperdicios. La suma quizá no parezca demasiado elevada en las circunstancias actuales, pero sigue fuera del alcance de muchos ancianos que sobreviven con pensiones exiguas.
La iniciativa resuelve una parte del problema: evita que las bolsas terminen dispersas por cualquier calle y concentra los desechos en una o dos esquinas del barrio. Sin embargo, para quienes viven junto a esos enormes basureros, la solución se convierte en una nueva desgracia. Las moscas, las cucarachas y el mal olor penetran en las viviendas, mientras aumenta el temor a contraer enfermedades.
La situación empeora cuando sopla el viento o cae un aguacero. Las bolsas se rompen, los desperdicios flotan en el agua y la suciedad vuelve a extenderse por las calles. Tampoco faltan quienes abandonan sus desechos en cualquier sitio para evitar caminar varias cuadras hasta el vertedero.
Hasta hace poco, cuando las montañas de basura alcanzaban dimensiones insoportables, aparecían camiones del Ejército para recogerlas. Durante unas horas, las calles parecían recuperar cierta normalidad. Pero a los pocos días todo volvía a estar igual, o peor.
Los vecinos también han intentado resolver el problema por su cuenta prendiendo fuego a los desperdicios. Así eliminan parte de la basura, pero provocan humo, gases tóxicos y el riesgo de que las llamas se propaguen.
Eso ocurrió hace unas semanas en el municipio Plaza de la Revolución, en la esquina de las calles Ermita y San Pedro, junto a un policlínico y una escuela secundaria básica. Los contenedores estaban desbordados de todo tipo de desperdicios y alguien decidió prenderles fuego. El incendio destruyó los depósitos plásticos, alcanzó varios árboles cercanos y obligó a movilizar a los bomberos.
El sonido de otro tiempo
A mis 79 años, todavía recuerdo cómo se recogía la basura cuando yo era niño y vivía en la barriada de El Pilar, en el Cerro.
Todas las noches, siempre a la misma hora, mi madre bajaba conmigo hasta la puerta del edificio. Llevábamos la basura de la casa dentro de una lata que originalmente había contenido aceite y la colocábamos en el borde de la acera.
Los camiones de entonces tenían la parte trasera abierta. Encima viajaban tres o cuatro hombres y, junto al vehículo, que avanzaba lentamente, caminaban varios más. Estos últimos recogían las latas colocadas frente a las casas y las lanzaban con una agilidad y una precisión asombrosas hacia quienes esperaban arriba.
Los trabajadores vaciaban los recipientes con rapidez y los devolvían a sus compañeros, que los colocaban cerca de la vivienda de cada propietario para que pudiera recuperarlos.
No hacía falta mirar el reloj para saber que el camión se acercaba. Los propios empleados anunciaban su llegada golpeando con una barra de hierro los laterales del vehículo. El sonido metálico atravesaba la cuadra y avisaba a los vecinos que era el momento de sacar las latas.
Por aquellos años, una orquesta interpretaba una canción cuyo estribillo, cargado de doble sentido, decía: “A esconderse, que viene la basura”.
Hoy ya no escuchamos aquel hierro golpeando puntualmente los camiones. En su lugar, a cualquier hora aparece otro aviso: el pregón de quienes cobran por realizar un trabajo que deberían garantizar los servicios públicos.
Una ciudad sitiada por sus desperdicios
El Estado no consigue resolver la recogida de basura. Buena parte de los 100 camiones donados por Japón para esa tarea se encuentra fuera de servicio por averías, falta de neumáticos o ausencia de piezas de repuesto. Algunos han terminado prácticamente desarmados. A ello se suma la escasez de contenedores para depositar los desperdicios domésticos.
Mientras las autoridades no encuentran una solución, los basureros crecen y la iniciativa privada ocupa el espacio abandonado por los servicios comunales. Ya se paga por conseguir agua, transportarse, cargar un teléfono o sortear cualquier otra carencia cotidiana. Ahora también hay que pagar para que alguien se lleve la basura de la puerta.
El pregón es, en realidad, la admisión de un fracaso. Quien empuja la carretilla no hace desaparecer los desperdicios: apenas los traslada desde una vivienda hasta una esquina donde continuarán acumulándose.
La falta de higiene favorece la proliferación de moscas, cucarachas, roedores y otros vectores de enfermedades, en una ciudad donde también escasean los medicamentos y los recursos para atender a los enfermos.
El problema continúa y no se vislumbra una solución. Para muchos cubanos, el peligro no procede solamente de la falta de alimentos o medicinas, sino también de la suciedad que se acumula alrededor de sus casas.
Mientras tanto, el nuevo pregón vuelve a escucharse en el barrio:
“¡La basura!”
Y quien tenga unos pesos paga para alejarla de su puerta, aunque apenas termine frente a la puerta de otro.
¡Que Dios nos coja confesados!








