SANTA CLARA, Cuba ― Cuando acaba de lavarla, mi madre luce una melena blanca y sedosa que da gusto acariciar, pero desde hace meses su pelo se ha vuelto áspero al tacto y huele a leña quemada, por más que intente mantenerlo limpio. Han pasado 26 horas desde la última vez que hubo corriente eléctrica en el circuito que abarca su reparto y otro colindante. Debe despertar y, entonces, agrupar cartones de huevo sobre su hornilla de carbón rescatada del Período Especial para poder probar el primer buche de café y no caer rendida tras una mala noche de sofocaciones y mosquitos.
A diario, mi madre repite la misma operación otras dos veces, siempre antes de comida. Abanica los pedazos de carbón hasta que alguno de los tizones logre prender al otro y así sucesivamente. La madrugada anterior, cuando intentaron poner la corriente, el circuito entró en disparos automáticos continuos y no se logró mantener el servicio estable ni siquiera durante tres horas consecutivas. “Gracias que tenemos carbón; hay gente que no tiene nada, que se queda sin comer”, se dice ella a modo de consuelo mientras intenta cepillarse las uñas ennegrecidas por una costra de hollín. Y luego vuelve a la misma rutina en la tarde.
Las manos de mi madre lucen tan ásperas como las de mi tía, como las de sus comadres jubiladas, o las de unas cuantas amigas que no han logrado emigrar y a las que se les esfuma la juventud aspirando el humo tóxico de las brasas encendidas con jabas de nailon. En medio de la calle, un par de vecinos improvisaron esta semana una hoguera para montar una caldosa y “sacrificar” las carnes ya descongeladas antes que terminaran descomponiéndose. “Esto es comida para hoy y hambre para mañana”, apuntó uno de los protagonistas de la desafortunada iniciativa. Las dos horas de servicio eléctrico inestable en ese circuito ―tras 30 de apagón― no bastan para conservar ningún alimento.

Villa Clara es una de las provincias con casi la totalidad de su territorio “apagable”. No obstante, unos circuitos son castigados con mayor tiempo de apagón que otros que albergan “objetivos priorizados” como suelen ser las tiendas por dólares. Se pueden recorrer repartos enteros y no hallar a la venta una simple barra de pan. Las míseras horas de electricidad que reciben la mayoría de las zonas en las que se hallan las panaderías particulares no son suficientes para producir nada que llevarse a la boca.
Apenas amanece y frente al único de estos establecimientos en el centro de la ciudad que logra de vez en cuando echar a andar sus hornos de madrugada, se extiende a diario una fila que sobrepasa una cuadra. Cada bola de pan cuesta 60 pesos y basta un leve apretón para que se reduzca al tamaño de un puño. La última hornada de esta mañana de junio se agota en cuestión de minutos entre los primeros tres compradores, que se alejan apurados con sus bolsas, sin apenas inmutarse ante la súplica de una madre que asegura no tener nada más para la merienda de sus hijos. El pan se ha vuelto tan escaso que no valen contemplaciones cuando se trata de apaciguar los estómagos vacíos. No parece existir solidaridad posible, cuando el hambre llega a pesar más que la compasión por el prójimo.

Al cabo de un día y medio sin electricidad, una amiga del reparto José Martí logra comunicarse por mensajes de texto para que le intente rastrear en las redes un saco de carbón. En la última semana ha tenido que echar mano de la leña, pero ha llovido y se quedó sin opciones para cocinar. “Tuve que desbaratar la silla del patio para ablandar los chícharos de la bodega”, cuenta contrariada. Apenas logra conseguir cobertura para saber de su madre en Remedios y su conexión a internet es nula. “Esto es mañana, tarde y noche. Nos están dando nada más dos horas de luz, y son por la madrugada”, dice. En el poco tiempo con servicio ni siquiera logra cargar el ventilador para su hijo de 10 años o llenar de agua los tanques elevados. “No se enfría ni un vaso de agua. ¡Ay, cómo extraño el agua fría!”, se lamenta como si saciar la sed fuera mucho pedir.
Desde mucho antes que los cortes eléctricos comenzaran a prolongarse hacia el centro de Santa Clara, en esta zona periférica de edificios multifamiliares los apagones ya se extendían por más de 20 horas diarias. El reparto José Martí semeja un pueblo independiente dentro de la propia ciudad. Buena parte de los apartamentos de este lugar fueron entregados a militares y sus familias. “Nos castigan porque saben que aquí, por muy asfixiados que estemos, nadie se va a atrever a sonar ni un caldero”, asegura mi amiga, que intenta sobrevivir con un salario de maestra de secundaria, aunque ni siquiera es graduada de Pedagogía.
Por el contrario, hacia el reparto Condado, asumido por años como una zona de vecinos “arrestados”, pocas veces hay apagones nocturnos. Casi todos los cacerolazos reportados en la ciudad en los últimos días han ocurrido hacia el interior de este barrio, que abarca desde la Carretera Central hasta la Circunvalante. “La gente aquí no está acostumbrada a los apagones y se pone caliente”, señala otro conocido que vive en pleno corazón del Condado. Mientras circuitos considerados “apacibles” pasan horas en penumbras, otros como este apenas son afectados.

Mientras tanto, hacia los municipios y zonas rurales de la provincia la gente ha debido resignarse a vivir sin electricidad. En Placetas, vecinos del reparto Los Chinos estallaron a plena luz del día tras más de 20 horas de apagón. En Zulueta, Vueltas, Corralillo, Caibarién o Manicaragua, el “milagro de la luz” a veces consiste en media hora cada 24.
“¿Qué dicen las redes?”, me pregunta mi madre mientras intenta picotear los trozos de carbón del último saco comprado a 3.000 pesos para secarlo al sol. Hace semanas que apenas logra activar los datos móviles, y que no puede ver su novela turca ni dormir cinco horas seguidas. En Facebook la rivalidad por la corriente roza lo risible: barrios enfrentados por minutos de electricidad, reproches contra quienes viven en zonas donde interrumpen el servicio durante menos tiempo, comparaciones que canalizan la rabia acumulada por noches enteras de insomnio hacia sus propios iguales.
“Aquí llevamos 26 horas y el Parque [Vidal] encendido, como si alguien se fuera a atrever a salir a pasear por la noche”; “En Virginia no sabemos lo que es la luz y el Condado encendido, ellos saben con quién se meten”; “¿Hasta cuándo el abuso con unos [a los que] sí y otros [a los] que no se la quitan nunca?”. Esos son algunos de los comentarios que “participantes anónimos” publican en el grupo de la Empresa Eléctrica en Villa Clara, como si fueran a ser tomados en cuenta por el Despacho de Carga.
El desahogo colectivo se está canalizando en una competencia virtual por la energía entre los mismos cubanos, mientras el verdadero responsable permanece fuera del foco de esas batallas digitales. No reclaman luz para todos, sino más equidad en el reparto de la desgracia colectiva, que las penumbras se repartan por igual, que si la condena es ser tuerto, entonces también le saquen los ojos al vecino.









