¡Cuidado, Trump! El régimen es un oportunista profesional

La máxima presión golpea al régimen, pero también le ofrece pretextos para abandonar sus obligaciones sociales y acelerar la transformación de la élite militar en una casta empresarial.
Collage: Cubanet

LA HABANA.- Quizás algunos ya tengan la respuesta pero hay otros, como yo, que aún continuamos preguntándonos si la política de máxima presión de la administración Trump realmente conducirá a la caída del régimen castrista. O si, por el contrario, le ha brindado varias oportunidades para reconstituirse como aquello a lo que aspiraba pero para lo cual necesitaba un pretexto.

En cuanto a aspiraciones, me refiero sobre todo a ese “ideal” de desentendimiento total de los problemas que encerraba la proclama raulista del “fin de las gratuidades” cuando al mismo tiempo se intensificó la transformación de la élite militar (y con esta sus familias) en un núcleo de poderosos empresarios inmunes al escrutinio de la Contraloría General. Cúpula con la capacidad de establecer prioridades, en beneficio propio, en cuanto a la ejecución del presupuesto del Estado y el uso de las reservas de divisas.

En resumen, que el llamado “reformismo raulista” no fue más que una falsa proyección de apertura cuyo verdadero objetivo era ocultar los verdaderos planes de mutación de una élite en el poder a la que no le importa el precio a pagar por continuar gobernando ni el precio que pagamos nosotros para hacerse ellos más ricos y poderosos.

El mejor ejemplo de esto lo tenemos en el gasto desproporcionado con destino a las inversiones hoteleras en detrimento de servicios básicos como la modernización del sistema eléctrico nacional y el abasto de agua. Pero hay muchísimos más, sobre todo relacionados con los llamados “planes de defensa” (que, como con la “Batalla de Ideas” en los años 90, justifican gastos excesivos y secretismos), y el mantenimiento de una “reserva estatal” (en realidad, la despensa particular de esa misma élite), a los que destinan buena parte de la producción nacional, las importaciones de bienes, incluso las ayudas externas.

Las aspiraciones a que me refiero fueron meticulosamente ocultadas en aquellos tristemente célebres “Lineamientos” que no solo iban a por los bolsillos de los empresarios extranjeros y emprendedores cubanos sino por los de todos nosotros, al traspasarnos la responsabilidad total de mantenernos con vida en medio de una ofensiva despiadada que tenía como finalidad expresa la eternización de un Partido Comunista en el poder “al precio que sea necesario”. Y eso pasaba por la profundización de la brecha entre cubanos de a pie en la absoluta miseria y una élite castrista enajenada y enriquecida, estableciéndose así definitivamente la pobreza inducida como principal herramienta de sometimiento.

Cuando uno revisa detenidamente y aún sin demasiada suspicacia los documentos redactados por el equipo de Marino Murillo, por orden de Raúl Castro, se hace evidente que hay una intención expresa de este último de sacarse de encima el segundo más grande problema heredado de su hermano Fidel (el principal era el equipo de trabajo de este), que era precisamente eso que él llamó “gratuidades”, pero que en realidad eran los principios de un “pacto social”. Un pacto impuesto por la fuerza pero con el tiempo asumido como tal) donde el ciudadano renunciaba a su libertad, a la determinación individual de escoger tanto su ideología como las vías para su sostenimiento económico y el de su familia, a cambio de un mínimo de garantías esenciales para continuar con vida, aunque estas se reducían exclusivamente a la atención médica, la educación ideologizada gratuita y una cartilla de racionamiento útil no para alimentarse sino para no morir de inanición.

Lo demás, como la vivienda, permisos de viaje (recordemos aquel “permiso de salida” otorgado por el MININT sin el cual el pasaporte no era válido) y acceso a la divisa y a los trabajos mejor remunerados siempre fueron “privilegios”, otorgados en virtud de la fidelidad demostrada.

Pero con la oleada de destituciones de 2009, luego de deshacerse del equipo de trabajo impuesto por su antecesor y de haberlo reemplazado por una camarilla proveniente del Ministerio de las Fuerzas Armadas, quedó intacta la mayor dificultad a superar por Raúl Castro: convencer a los fidelistas de que las gratuidades, subsidios y privilegios de los que “gozaban” millones de personas (y que consumían buena parte del presupuesto del Estado y las divisas) debían ser eliminados. El motivo era incrementar a su vez las gratuidades, subsidios y privilegios de la élite militar, pero encontró más resistencia de la prevista y así, asuntos que parecieran tan triviales como la eliminación de la “libreta de abastecimiento” no pudieron implementarse con el éxito esperado, a pesar de las campañas emprendidas en redes sociales por varios de los llamados “cibercombatientes”.

Lo de quitar la “libreta” no caminó. Tampoco nada de los “Lineamientos” tal como habían sido concebidos, debido a la presión de una, llamémosle, “ortodoxia fidelista” que sospechaba de o conocía muy bien los verdaderos objetivos de ese paquete de reformas que ahora, bajo el pretexto de una “situación de guerra” y de “asfixia económica”, de “bloqueo” arreciado, reaparece bajo el disfraz de las 176 “transformaciones”. De las cuales ha dicho el Primer Ministro Manuel Marrero Cruz —ex funcionario e inversionista de GAESA, porque nunca hay que pasar por alto ese detalle— que se han ejecutado en un 89 por ciento, lo que incluye la desaparición de las bodegas y, por carambola, de la “libreta” que años atrás quisieron desaparecer.

Parece algo insignificante pero las extinciones de libreta y bodegas significan no solo la verdadera declaración abierta de “sálvese el que pueda” sino la superación por parte de la élite militar de un obstáculo pendiente, lo que no solo los libera como Gobierno de la responsabilidad de alimentar y garantizar la alimentación de las personas —al traspasarla a terceros— sino que les otorga carta blanca para convertir en negocio una obligación y lucrar con algo que debiera ser un derecho, para más refrendado en la Constitución “socialista” redactada por ellos mismos.   

Ahora no solo han desaparecido libreta y bodegas de hecho, sin necesidad de un decreto ni una campaña en redes sociales, sino que han trasladado a los “actores económicos no estatales” la responsabilidad de alimentar a los más pobres y hasta de pagar las pensiones a los jubilados. Pero esto es solo un pequeño ejemplo de lo que están haciendo y un avance de lo que harán, con un paquetazo cuya finalidad no es “resolver los problemas” de la mayoría sino garantizar la supervivencia de esa minoría que no logró completar la metamorfosis (de militares a empresarios del capitalismo más salvaje) que comenzaron antes de las conversaciones con Barack Obama.

Pareciera que las condiciones actuales no son las propicias para concretar esas viejas “aspiraciones” —que no nacieron en el deshielo de 2016, ni en la crisis de los 90, sino en la mismísima creación de GAESA— pero todo indica que sí, que le han servido las oportunidades en bandeja de plata a una élite militar que necesitaba de esa “máxima presión” para justificar lo que en otro momento no aceptaron los más conservadores dentro del “fidelismo”. Ni tampoco esos que dentro de las propias fuerzas del régimen, sin los privilegios de la élite militar, se oponen a que esta continúe llevando las riendas del poder, en tanto eso ha significado más pobreza y ruina económica.

Es demasiado prematuro afirmar que la política de máxima presión ha debilitado o fortalecido al régimen, aunque lo que está sucediendo, por ejemplo, con la importación de combustibles (de la que sin dudas se beneficia directamente el régimen), de alimentos, de autos, o con la creación de empresas “privadas” y las “flexibilizaciones” a estas, es indiscutible que está sirviéndoles de oportunidad para acelerar esa transformación que quedó inconclusa posterior a Obama y que la ortodoxia comunista retrasó demasiado, al estar ayer muy temerosa de una situación como la actual.

En tal sentido, la máxima presión ha sido como un arma de doble filo. Ha venido para ponerlos contra las cuerdas, es cierto, pero también para, primero, fortalecer el discurso victimista y mendicante con el cual históricamente la dictadura ha facturado lo suficiente para mantenerse a flote en situaciones adversas. Y en segundo lugar para reforzar la tesis de un enemigo externo como principal obstáculo para la prosperidad colectiva; tercero, para callar la boca definitivamente a quienes se oponían a unas transformaciones económicas que tenían como único objetivo terminar de poner el país en manos de una camaleónica élite militar que se disfrazará de cuanto tenga que disfrazarse para sobrevivir, enriquecerse y gobernar.

No sé si Cuba ha caído ya o aún se tambalea. La gente de a pie, entre decepcionada y resignada, ha relegado en otros, de afuera, tanto el sustento diario (a golpe de remesas y emigración) como las esperanzas de un cambio político (a fuerza de máxima presión o de intervención militar). De lo que estoy bastante seguro, por el momento, es que Cuba no es el régimen, y es este quien tiene que caer, y aún no ha caído. Es preciso tener mucho cuidado en no confundir una cosa con la otra, porque el castrismo es un oportunista profesional que sabe sacar provecho de las peores circunstancias.

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