MIAMI, Estados Unidos ― Conocí a Claudio Castillo Guerrero hace unos cuantos años cuando asistía a programas de Radio y Televisión Martí. También tuve la oportunidad de asistir a algunas de sus exposiciones en Miami, pero la idea de que formara parte de esta serie de entrevistas se la debo a Grace Piney, amiga entrañable y editora de mi primera novela en Madrid, además de organizadora de los congresos del exilio “Con Cuba en la distancia” que tuvieron lugar a principios de este siglo en la ciudad andaluza de Cádiz, donde ella residía entonces.
La historia de Claudio se confunde con el periodo oscuro de la llegada del castrismo, el primer exilio, las consecuencias del desarraigo y el hecho de haber perdido asidero en la tierra en que sus antepasados habían construido un hogar sólido y contribuido a la historia y al desarrollo económico del país.
Después de haber vivido en Nueva York, Madrid, Málaga, Devon, Londres y Aix-en-Provence, Claudio Castillo se estableció en Miami, ciudad en la que fijó su residencia desde hace más de 30 años. Mejor que sea él mismo quien nos cuente sus peripecias, su obra y las más de seis décadas vividas fuera de su país natal.
―Cuéntanos de tus orígenes familiares.
―Mi padre, Demetrio Castillo Montalvo, nacido en Cuba, era alguien que tenía grandes aficiones por el arte, la fotografía y el cine. No se llevaba muy bien con su padre: este lo había enviado a ocuparse de una colonia agrícola que la familia tenía en Ciego de Ávila. El otro hermano, llamado Joaquín, se ocupaba de la administración del central Habana, cerca del poblado de Caimito. Este ingenio había sido propiedad del general de la guerra de independencia Rafael Montalvo Morales y su esposa María de los Dolores Lasa Río, quienes eran los padres de Dolores Montalvo Lasa, mi abuela paterna.
Mi abuelo paterno, Demetrio Castillo Pokorny, era hijo de una polaca-americana llamada Paulina Pokorny y de un santiaguero llamado Demetrio Castillo Duany. Fue el primer cubano que se graduó en la academia norteamericana de West Point (Nueva York) tras estudiar Ingeniería. Demetrio Castillo Duany, mi bisabuelo, había estudiado en Burdeos (Francia) y tenía negocios en Nueva York. Fue uno de los líderes independentistas que estuvo con Martí, Maceo y Gómez en una reunión, unos días antes de la muerte del Apóstol, en la que pretendían organizar el mando político y militar del levantamiento contra España. Aparece junto a Martí, Maceo y Gómez en un retrato que se encuentra en el Museo Nacional de Cuba. Fue ascendido por Maceo a general de brigada durante la guerra de independencia; coordinó por tierra el desembarco norteamericano en Santiago de Cuba, el bombardeo de la batalla de Santiago y estuvo presente en el traspaso de gobierno de España a Estados Unidos en 1898. Ese mismo año, se convirtió en el gobernador de Santiago de Cuba.

Demetrio Castillo Pokorny, mi abuelo, fue capitán ayudante del general Enoch Crowder. Ocupó el cargo de secretario de Obras Públicas bajo el gobierno del presidente Alfredo Zayas y estuvo muy vinculado con la política cubana de la época.
Todo esto tiene que ver con un hecho curioso relacionado con la familia y es que, por los méritos militares alcanzados en el momento de la guerra de independencia, le concedieron a mi bisabuelo (Castillo Duany) las tierras en las que estaba la finca Sabanilla en Birán, en la región holguinera. Como a él no le interesaba ocuparse de esto las dejó en arriendo, hacia 1915, a Ángel Castro, un gallego que había sido soldado del ejército español contra los mambises, y que había regresado a Cuba para instalarse en esa zona.
El caso es que, cuando Fidel Castro dijo, tras la Ley de Reforma Agraria, que iba a nacionalizar las tierras de su propio padre, a quien en realidad estaba nacionalizando era a mi bisabuelo y a sus hijos. Mi padre contaba que siendo él un adolescente, en el único encuentro que tuvieron, Fidel le había propuesto cortar la vía del tren que atravesaba la finca para hacer que los dueños de un central colindante, de propiedad americana, les pagaran por usar la propiedad. Mi padre se negó.

―¿Y por tu lado materno?
―Mi madre, María Luisa Guerrero Villalón, era hija de Fernando Guerrero Messias, un granadino establecido en Cuba, y de Gloria Villalón, hija de José Ramón Villalón, secretario de Obras Públicas durante el gobierno de Mario García Menocal. Es famoso por el cañón de dinamita que inventó y que se encuentra en el Museo Nacional de Cuba. Los conocí muy bien porque viví con ellos en Madrid, en donde se instalaron después del triunfo de la Revolución, porque mi madre falleció muy joven, en Nueva York, cuando yo tenía apenas tres años de edad.
Mi abuelo materno había conocido los estragos de los comunistas durante la Guerra Civil española. Entonces, cuando triunfó la Revolución en Cuba se dio cuenta inmediatamente de lo que iba a suceder. Por eso salieron enseguida para Madrid. Los conocí porque cuando nos mudamos a la capital española los veía todos los domingos.

―Naciste en 1958 y me imagino que, al salir muy pequeño de la Isla, no tengas ningún recuerdo. ¿Puedes hablarnos de esto?
―En efecto, nací el 15 de diciembre de 1958, en una clínica del Vedado. En ese entonces vivíamos en una finca llamada El Atrevido, que quedaba cerca de la localidad de El Cano, en los campos de La Habana, que era propiedad de mi madre. Y, aunque no tengo recuerdos de Cuba, en mis primeros cuadros pintaba paisajes tropicales muy cubanos.
La salida de Cuba, rumbo a Nueva York, ocurrió el 28 de agosto de 1960. Salí de dos años de edad con mis padres y mis tres hermanos. Como dije antes, mi madre falleció en enero de 1962. Cayó muerta al piso por un aneurisma, en el salón del apartamento, en un momento en que solo nos encontrábamos mi hermana mayor y yo. Mi hermana pensaba que nuestra madre se había quedado dormida en el suelo y cuenta que todo ese tiempo, hasta que regresó nuestro padre, estuvo impidiendo que yo saliera del cuarto para que no la viera “dormida” así.

―¿Tras el fallecimiento de tu madre se mudaron a Madrid?
―Así mismo. Lo curioso es que la esposa de mi tío Joaquín falleció también de lo mismo, en un lapso de tiempo breve, dejando también huérfanos a cuatro hijos menores. Siempre he pensado que el estrés de la salida de Cuba y las situaciones por las que pasaron nuestros padres con tantos hijos menores fue una de las razones de la muerte de ambas.
El caso es que mi padre decidió que nos mudáramos a Madrid. Tenía un poco de dinero de las últimas zafras, ya que era corriente tener cuentas en Estados Unidos, y eso nos permitió vivir durante los primeros tiempos.
Una vez en España nos puso una institutriz inglesa, que yo tuve hasta los nueve años, y se casó por segunda vez con una señora llamada Margarita de la Torriente. Por cierto, era la hija de José Elías de la Torriente Ajuria, asesinado por motivos políticos debido a su Plan Torriente, en Miami, en 1974; sin que se sepa hasta ahora quién le dio el tiro mientras comía en la mesa de su casa en Coral Gables, frente a su mujer.

―¿Cómo fue tu primera escolaridad?
―Mi primer colegio fue una escuela liberal en Madrid que se llamaba Estilo y en el que mis compañeros de clase fueron los hijos de Saura, Berlanga, Bardén y muchos de los intelectuales de izquierda españoles.
En cuanto mi padre se casó nos enviaron a colegios internos. A mis hermanos y a mí nos mandaron a uno que se encontraba en Málaga, el ACFI, luego llamado Calderón, administrado por unos curas que habían sido misioneros de Alaska. Allí estuve hasta los 15 años, cuando me enviaron a estudiar el final del bachillerato, también internado, a Inglaterra, a la Battisborough School, cerca de Plymouth, en Devon. Era una vieja casona victoriana en medio del campo. A mi hermana la enviaron a un colegio en Francia, a uno de mis hermanos a otro colegio en Inglaterra y al otro a uno en España.
Cuando terminé el bachillerato estuve un año viviendo en Francia, en Aix-en-Provence, ya que quería aprender francés. Como mis inclinaciones artísticas empezaron desde muy temprano, deseaba recorrer los lugares que habían inspirado la pintura de Cézanne.

―¿Llegaste a realizar estudios académicos?
―Sí, después del año en Aix-en-Provence volví a Londres e ingresé en la London International Films School y estudié dos años de pura técnica. Justo cuando terminé los estudios de técnicas del celuloide fue que comenzó todo lo digital. Vivía compartiendo piso con mi hermano Sergio que era baterista y formaba parte de bandas de rock.
En esa época, después de estudiar en este centro, me sumé a la revolución digital, pues había conocido a alguien que estaba muy metido en todo lo que tenía que ver con la animación por computación. Entonces abrí mi propia empresa de videos en la capital británica y filmábamos casas que estaban en venta. Aunque parezca inverosímil solo tenía el pasaporte cubano pues nunca quise hacerme ciudadano español para no tener que pasar el servicio militar que, entonces, era obligatorio y duraba 18 meses.
―¿Te quedaste en Londres?
―¡Imposible! Como dije, mis papeles no estaban en regla, España no pertenecía entonces a Europa y mi residencia española no me autorizaba a vivir en Inglaterra. De modo que un día la policía de inmigración tocó a mi puerta, les enseñé los papeles de mi próspera empresa, me dijeron que todo eso era maravilloso pero que estaba indocumentado y que, siendo mi única verdadera nacionalidad la cubana, debía ser deportado a Cuba. Imagínate lo que hubiera sido para alguien como yo salido de la Isla a los dos años y sin ninguna familia ni nada en aquel país.

―¿Qué pasó entonces?
―Salí huyendo de Londres en 1981 y regresé a Madrid. Mi hermano pudo quedarse porque sí tenía los papeles en regla. Llegué a la capital española justo en el momento de la Movida, la transición y también del famoso golpe de Estado que pude vivir casi en vivo porque el piso de mis abuelos quedaba cerca del Congreso de los Diputados y fue allí donde ocurrió el fallido golpe, el 23 de febrero del año de mi llegada.
En España intenté abrirme camino con todo el bagaje que había adquirido durante mis estudios y mis experiencias profesionales en Londres. Entonces traté de montar una empresa utilizando todo ese caudal de tecnología, pero me di cuenta de que España seguía en la Edad Media y no estaba ni remotamente preparada para dar el salto. En Televisión Española demoraron dos años en recibirme y, cuando lo hicieron y les presenté mi proyecto de animación a través de computadoras, me dijeron que eso era imposible y que parecía “brujería”.
Así y todo, pude hacer la animación para el Mundial de Fútbol de 1982 mediante computadoras que eran del tamaño de una nevera. El trabajo consistía en una mezcla de recursos manuales y electrónicos. Al final, después de mucho haber trabajado, ni siquiera me pagaron y fue, en ese momento, en que me dije que no podía seguir viviendo en ese país.
―¿Es ahí cuando te fuiste a Estados Unidos y pudiste alcanzar tus objetivos?
―Efectivamente, aunque no me acogí a ninguna de las leyes que daban asilo a los cubanos. Utilicé más bien el reagrupamiento familiar por mi padre y su esposa, que era norteamericana. Ya los dos vivían en Miami. Yo me instalé en Nueva York, a donde llegué en junio de 1983.
Con 25 años conseguí los inversionistas necesarios y monté una compañía con sede en Park Avenue. Me creía el rey del mundo. Todo funcionaba de maravillas hasta que ocurrió el desplome bursátil de 1987 y las cosas empezaron a desacelerarse. En ese momento, las computadoras gigantescas estaban cediendo paso a las primeras PC. Les propuse a mis asociados ir a Inglaterra, donde se encontraba la persona que las había inventado, para empezar a importarlas por un precio diez veces menor que las antiguas. Mis socios no quisieron implicarse en mi proyecto, de modo que me fui solo y, cuando regresé, ya había perdido mi participación en la empresa y hasta le habían cambiado el cerrojo a la puerta de la oficina.
―¿Cómo encauzaste entonces tu vida profesional?
―Estuve un tiempo sobreviviendo con pequeños trabajos, hasta que llegó el momento de la caída del Muro de Berlín y me dije que el próximo país comunista en caer sería Cuba. Me había mantenido toda la vida muy lejos de los temas cubanos, tal vez por mi juventud y por los tumbos que había dado en la vida. Fue entonces que vi el anuncio de que estaban buscando productores para TV Martí en Miami, una cadena de televisión federal que pretendía transmitir programas para la Isla. Apliqué inmediatamente, me investigaron durante año y medio, me mudé a Miami y en 1992 estaba ya trabajando en la emisora.
El puesto era inicialmente para productor, pero cuando llegué me dijeron que me olvidara de eso, que en realidad lo que necesitaban era un camarógrafo y editor. Acepté y empezó mi larga etapa profesional en esta cadena.

―¿Qué recuerdos tienes de TV Martí y de lo que aprendiste allí?
―Me reconecté con Cuba y, evidentemente, con el mundo cubano. Estuve 30 años trabajando, hasta que me retiré o me obligaron a retirarme.
Pude hacer varias cosas interesantes; por citar algunas: las filmaciones de casi todo el éxodo de los balseros en 1994, los campamentos de la Base Naval de Guantánamo, las incursiones en avionetas de la asociación de Hermanos al Rescate en las que viajábamos con los activistas para rescatar a los balseros. Recuerdo también cuando cubrí para TV Martí el viaje de Fidel Castro a Roma y su encuentro, el 19 de noviembre de 1996, con el papa Juan Pablo II y muchísimos trabajos más en cumbres, encuentros y eventos de todo tipo por el mundo.
Como se sabe, la señal de TV Martí nunca llegó a la Isla porque el Gobierno de Cuba gastó lo impensable para bloquearla. Fue hacia 2015 que se creó el proyecto de hacerla entrar a través de memorias USB, que se repartían por todo el país, y se empezó a proveer gratis internet sin censura. Se enviaban diariamente las memorias y se repartían clandestinamente. Lo importante es que logramos entrar la señal en Cuba, pero al final el Gobierno norteamericano se echó para atrás y paró el programa.
―¿Regresaste alguna vez a Cuba?
―Al territorio de la República de Cuba nunca, pero a la Isla sí, pues estuve unas cuatro veces en la Base Naval de Guantánamo. Me quise quedar allí porque la idea era transmitir desde esta, pero no me dejaron. Dijeron que había una ley que impedía transmitir desde una base militar. Íbamos en avión, dando la vuelta por Haití para no sobrevolar el territorio cubano. Allí vi por primera vez los zunzunes y las iguanas más grandes que he visto en mi vida.

―Ahora vamos a hablar de tu obra como artista. ¿En qué momento empezaste y cuáles fueron tus primeros pasos en este ámbito?
―Pinté desde pequeño; exhibí a los 16 años acuarelas que representaban paisajes cubanos. En 1979 tuve una gran exposición en solitario en la Galería Bacardí de Miami siendo estudiante en la escuela de cine de Londres. Me di cuenta de que, a pesar de haberlo vendido casi todo, no podía vivir de eso, de modo que seguí de lleno en el tema de la animación.
Luego, cuando me instalé en Miami, salió la herramienta Flash de Adobe que permitía separar una imagen en capas. Esto fue en 1995. Por primera vez se podía separar una imagen y controlarla. Entonces, cogí una acuarela antigua mía, la dividí en cuatro partes y animé cada una de manera independiente. Por cada capa hice 32 animaciones. Empecé a deconstruir la obra y a reconstruirla en programación. Y lo que se veía entonces eran combinaciones que nunca iban a repetirse porque las combinaciones resultaban infinitas.
Luego, empecé a incluir los ciclos naturales de la Luna y las mareas sincronizadas y la información del estado del clima, de las noticias y del mercado de valores en tiempo real.

―¿Cómo le llamas a este tipo de creación?
―Arte generativo, que es un arte autónomo que se genera a partir de unas instrucciones que da el artista al ordenador.
Yo apelo a un sentido metafórico de “generatividad”: la capacidad de la naturaleza de crear patrones infinitos que se repiten sin producir nunca resultados idénticos. En la naturaleza encontramos procesos que generan formas a partir de la interacción entre energía, materia y leyes como la gravedad o la dinámica de fluidos. De estas interacciones surgen estructuras ordenadas a partir de reglas simples: las olas, los remolinos de viento, las nubes.
Me interesa especialmente la teoría del caos, que describe cómo sistemas dinámicos pueden producir patrones aparentemente hipnóticos e impredecibles, como la llama de un fuego. La llama es un sistema dinámico en el que la interacción entre energía, materia y flujo genera patrones en constante transformación, donde el resultado nunca se repite exactamente.
Estas ideas están en la base de mi práctica artística: me interesa crear obras que puedan generarse a sí mismas. A partir de patrones que se repiten, introduzco variables externas que producen imágenes siempre cambiantes de ese mismo patrón. A partir de este enfoque, incorporé sensores a mis obras. La cámara, al captar movimiento, activa transformaciones visuales: efectos de humo, niebla, destellos o fluidos, así como la aparición de formas como flores o animales.
Con esa idea, hice una obra con la Virgen de la Caridad que ganó un premio en 2008 en el Museum of Latin American Art (MOLAA) en Long Beach, California. La obra se titula La aparición de la Virgen. En ella, la Virgen aparece cuando el sensor de la cámara detecta la presencia del espectador frente a la obra.
Y, como sucede con toda mi obra, solo se puede ver una imagen una sola vez en la vida porque cada visualización es única. Esta de la Virgen ha viajado mucho y ha estado en muchos sitios, entre ellos en la Ermita de la Caridad en Miami.
El ejemplo más conocido del arte generativo es una obra de Duchamp que pertenece a la colección del MoMA, de Nueva York, y que la hizo con tres cuerdas que caen y nunca lo hacen de la misma forma. La pieza se titula Three Standard Stoppages y funciona gracias a la ley de la gravedad. En mi caso la generación se produce gracias a programación informática.
Mi obra ha estado en exposiciones colectivas en el Museo de Arte Contemporáneo en Shanghái (China) y en Taipéi (Taiwán). En este último sitio traté de reflejar con la obra la situación climática real del lugar en donde se estaba exhibiendo. La obra refleja la temperatura, humedad, viento y demás en tiempo real.
Luego hice una obra que se conecta al mercado de valores y otra, en 2009, que mostré en el museo de Naples, Florida, que toma titulares y los primeros párrafos de noticias reales provenientes de la BBC y le añade fragmentos de diferentes discursos políticos. Esto fue una premonición de lo que luego hemos conocido como “fake news”. Este tipo de arte permanece conectado todo el tiempo a internet y se actualiza cada determinados minutos.
Hace unos diez años, reflexionando sobre la importancia del tiempo en mi obra, decidí incorporar un reloj generativo que nunca se repite. La obra refleja en tiempo real el tiempo y los ciclos de la marea, la Luna y el Sol. La gente cree que mi obra son videos, pero es todo lo contrario porque no hay ni principio ni final, todo cambia constantemente, sin repetirse y eternamente.
Ahora mismo tengo una obra, la más política que he hecho, titulada Bad Hombres VS The Real Thing, que son cientos de posters de la década de 1970 de Coca-Cola y cientos de posters de la Revolución Cubana, de dictadores de izquierda y narcotraficantes que van mezclándose sin repetirse nunca. El audio está compuesto por frases de discursos de Fidel Castro intercaladas con anuncios publicitarios de Coca-Cola. Esta obra se está generando constantemente a la vez que se transmite por internet, y cada vez que concluye una hora hay un baño de sangre. Me parece que es la única obra de este tipo en el mundo, y lleva ya tres años transmitiéndose.
En esta web voy cambiando las obras, pero ellas se van creando y transmitiendo en vivo; están en la hora de Miami. La pieza que se transmite hoy forma parte de una serie de relojes que se puede ver en la web general de mi trabajo.
Mi idea de crear un arte “generativo” parte de mi preocupación por la trascendencia humana y la permanencia de la obra del artista. Todos vamos a morir, pero el arte trasciende el ciclo vital humano, sobrevive al artista. Yo quería crear un tipo de obra que no solo pudiera conservarse invariablemente, sino que incluso pueda seguir produciendo originales cuando el artista, yo en este caso, desaparezca. Por eso que sea arte “generativo” tiene un matiz añadido, no se limita a la producción de una instantánea inamovible. Y no solo es cambiante desde la interpretación del espectador; la obra cambia real e instantánea y… eternamente. Esto nos conduce a la idea de una obra de arte que está viva y a la reflexión sobre la inmortalidad.
―¿Y con respecto al tema de la inteligencia artificial (IA)?
―La inteligencia artificial es una herramienta más de programación. He usado la IA en las últimas tres obras que he hecho. La utilizo para generar procesos técnicos que serían literalmente imposibles que pudiera hacer yo. No sustituye mi creación como artista, ni es la IA quien “crea” la obra.
Usé la IA para generar imágenes que me era imposible crear de otra manera. En los mosaicos, por ejemplo, la IA generó cientos de retratos al estilo de famosos artistas retratistas del siglo XVIII como Hayward, Goya y otros. Hizo en minutos lo que no hubiera podido hacer yo en años. En Celebreak produjo el efecto de sonrisas (un filtro) donde no las había. En Curriculum lunar generó cientos de animaciones a modo de lapsos de tiempo a partir de imágenes fijas que me hubiera resultado imposible realizar.
Hay una dicotomía entre el arte generativo y la producción de imágenes generadas por computadoras y aplicaciones. En el segundo caso, que no es el de mi obra, es la computadora (una IA) la que crea la obra o resultado final. Esta diferencia es algo que tiene que entenderse.
La IA es todavía un fenómeno reciente y limitado. Como herramienta y como técnica, podrá producir cosas maravillosas, pero el arte requiere la intervención, la intención y la emoción del artista.
―¿Qué piensas de lo que está pasando ahora con el tema cubano?
―Estoy seguro de que el cambio para Cuba puede estar cerca.
Según el US Southern Command, ahora mismo hay drones estadounidenses sobrevolando y recopilando información en la Isla, como hicieron en Venezuela. Eso es un indicador de que las acciones de EE.UU. con respecto a la dictadura castrista pueden ser inminentes. La guerra convencional ha cambiado para siempre, como vimos el 3 de enero en Caracas. De hecho, EE.UU. ha anunciado el establecimiento de un comando autónomo, o sea, están usando drones y guerra cibernética, todo controlado por remoto. No me extrañaría ver robots militares patrullando el Malecón este verano.

