El nacimiento de la ficción o las tres formas del regreso

¿Cómo surge en el imaginario occidental la historia puramente ficcional, inventada, no anclada ni en el mito ni en la experiencia?

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A la memoria de Melba de las Mercedes Manspons Ferrer, a quien le conté muchas historias ficticias llenas de esa verdad que solo regala el afecto

¿Cómo surge en el imaginario occidental la historia puramente ficcional, inventada, no anclada ni en el mito –al que se le daba el estatus de relato del origen– ni en la experiencia, la otra forma del relato? Tanto el mito como la experiencia eran formas de la memoria. El relato, por ende, era lo que conectaba al hombre con el origen, ya fuera el propio, el de su pueblo o el del cosmos.

En el Canto XIV de la Odisea, un Odiseo transformado por la vara mágica de Atenea en un anciano andrajoso, con el objetivo de regresar a Ítaca sin ser descubierto por sus enemigos y poner a prueba a sus seres queridos, le narra a su porquero una historia totalmente ficticia.

Hasta ese momento del poema, la ficción era un don divino. Solo los dioses contaban historias salidas de la nada para justificar su aparición ante un humano. Aquí, por primera vez, presenciamos a un humano –aunque no podía ser otro que el hijo de μτις (la astucia), aquel que siempre había sido πολύτροπος, un hombre de muchas vidas y de infinitos artificios– contando una historia que es pura invención. Pareciera que el don de la ficción solo les corresponde a aquellos seres que pueden transformarse en lo que quieran, que poseen la gracia de la metamorfosis. No se debe olvidar que Odiseo realiza este relato luego de haber sido metamorfoseado por Atenea. La invención radical solo le pertenece a aquel que puede cambiar de piel.

De máxima relevancia es el hecho de que quien escucha su historia, la primera historia puramente ficcional que conocemos, sea su porquero, quien vela por los bienes del amo ausente. Son estos hombres sencillos, algunos de ellos esclavos –el porquero, los labradores– los que protegen el gran patrimonio de Odiseo. Ni la ciudad ni los mejores de sus hombres se han erigido en los garantes de Ítaca en ausencia de su rey. Son los encargados del trabajo, de la producción, del oikos, quienes lo mantienen.

Lo público prácticamente ha desaparecido –en un canto anterior, cuando Telémaco convoca a la asamblea, se afirma que esta no se había reunido desde que Odiseo se marchó, veinte años atrás–. El único orden que existe es doméstico, y lo sostienen los más humildes del reino y la paciente Penélope. Penélope teje y desteje el tiempo para garantizar que no se cierre la puerta de la espera. El porquero y los labradores cuidan tanto de la memoria de su amo como de sus riquezas. Memoria y patrimonio están unidos. Si Odiseo regresara totalmente arruinado, sería como si todos lo hubieran olvidado.

La ficción surge ante aquel que sostiene con sus hombros, con el sudor de su frente, los pilares que hacen posible el regreso, y que no deja que se disuelva la memoria del origen. La ficción con la cual Odiseo se inventa una biografía ficticia –que lo dota de un mecanismo narrativo que lo alivia del peso del origen– se realiza ante uno de los que permiten que el regreso sea posible y que el origen no se desvanezca.

Una ficción totalmente de espaldas a los cimientos que arraigan la memoria sería simplemente un delirio. La ficción nace desafiando a la memoria, pero el desafío tiene que ser cara a cara, nunca de espaldas a ella. La ficción aparece además en el espacio de lo doméstico, a diferencia del canto de los aedos que ameniza los banquetes y que constituye una de las ceremonias centrales de lo público.

Eumeo, el porquero, luego de alimentar a ese viejo vagabundo vestido con harapos que ha llegado a su humilde casa, le pide que le cuente su historia y le revele quién es.

En un texto como la Odisea, en el que la trama en presente es mínima, todo lo realmente importante sucede en relato. Asistimos aquí, por primera vez, a una historia totalmente ficticia, totalmente inventada. Habíamos escuchado la historia mítica que contaban los aedos y el testimonio de Odiseo sobre las peripecias de su viaje, pero aquí tenemos otra modalidad narrativa: una historia que no tiene base ni en la biografía del héroe ni en la historia de los hechos legendarios. Creada solo por el ingenio de Odiseo para no revelar su identidad al porquero –no era la primera vez que lo intentaba: había empezado a contar este mismo relato a Atenea a su llegada a la isla, pero tuvo que interrumpirlo–. Resulta imposible engañar a quienes son los dueños de la ficción.

La ficción surge como simulacro, como máscara.

La historia que cuenta Odiseo no es un relato fundacional, como el que cuentan los aedos, ni uno lleno de maravillas y viajes a tierras remotas y extrañas, como el que relata a los feacios. Es una autobiografía ficticia, la invención de un origen apócrifo. Y este falso origen se cuenta como una historia de aventuras, las peripecias de un hombre que nace de un linaje dudoso, pues es hijo de una esclava, aunque querido por su padre.

Luego, con la muerte del padre, sale muy mal parado en el reparto de bienes, pero su hambre de aventura y su valor en la guerra hacen crecer su hacienda. Estamos, quizás, ante la primera historia de un hombre que se hace a sí mismo, que crece no por su linaje sino por su esfuerzo y que busca la guerra no por fama sino porque es de ánimo valiente, aventurero y necesita fortuna, porque prefiere las aventuras y la guerra al trabajo del hogar.

Esto se presenta, además, como una opción vital:

“No me gustaba el trabajo ni faenar en la casa, eso que produce espléndidos hijos. Pero siempre me agradaban las naves de remos, las guerras, las lanzas pulidas y las flechas, cosas terribles y espantosas para los demás. Pero para mí eran gratas, pues un dios sin duda las infundió en mi ánimo. Un hombre se deleita en unas cosas, y otro en otras.”

El heroísmo no es aquí un destino, sino un estilo de vida, tan válido como cualquier otro. Un heroísmo en el que se destaca el valor, pero también la pasión por la aventura, la riqueza y la huida del tedio de la vida cotidiana, de esa que supone trabajar y criar hijos.

Este buscador de fortuna no se libra de las redes de la más inestable de las diosas, y su destino cambia muchas veces: es acogido por reyes y protegido, pero también engañado y vendido como esclavo. El encuentro con el porquero sucede, según cuenta el relato, después del último avatar de la suerte de este héroe de muchos destinos.

Por la puerta de la ficción salimos de la épica y nos abrimos terreno en la novela de aventuras y en el tipo de peripecias marítimas que más tarde convertirá en género la novela bizantina.

Son muchos los tipos de historias que circulaban en la época de Homero, y la Odisea recopila muchas de ellas. Se entiende mejor la Odisea como una recopilación de formas narrativas que escuchaban sus contemporáneos que encasillándola únicamente dentro del género del poema épico.

Si el relato que Odiseo contó a los feacios es una versión de su vida elevada al registro de lo divino, pareciera que ahora, bajo la máscara de otro personaje, el fecundo en ardides y en historias cuenta su vida en versión mundana. Homero quiere que escuchemos las dos historias: la que se presenta como testimonial pero cuyo contenido es mítico-legendario, y la que es ficcional pero cuya trama es mundana y realista. Una vez como tragedia y la otra como farsa, para usar una de las citas apócrifas más famosas de la historia de la filosofía.

Cada una cuenta su forma de ir y regresar de la guerra. Unos van a la guerra por fama, otros por fortuna. Pero el regreso es parecido: para lograrlo hay que atravesar el dolor, las pérdidas, la muerte y el naufragio que guarda el mar.

La ficción, el mito y el relato personal difieren respecto al principio, pero coinciden en el punto final.

JORGE BRIOSO
JORGE BRIOSO
Jorge Brioso. Catedrático de literatura peninsular y latinoamericana en Carleton College. Ha publicado El privilegio de pensar (Casa Vacía, 2020). Ha traducido y editado la poesía y los ensayos de José Lezama Lima junto con James Irby en el volumen A Poetic Order of Excess (Green Integer, 2019).

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